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Columna publicada el 16-08-2002
De un tiempo a esta parte, las reacciones de los batasunos exteriorizan su nerviosismo y su desconcierto, así como su incapacidad para elaborar una estrategia mínimamente inteligente ante su posible ilegalización. Su actitud, basada en la provocación y en el insulto, les coloca fuera de la ley. Ellos mismos con sus amenazas, con sus declaraciones, con sus manifestaciones, con sus intenciones públicas, se están situando irreversiblemente fuera de la esfera de la legalidad. Sus actos, sus declaraciones y sus insultos les hacen un daño político y social mucho mayor del que ellos ahora mismo puedan calcular. Nadie se puede olvidar que la situación actual no es la de antes. La reciente reforma de la Ley de Partidos ha conseguido que cambien muchas cosas. Pero, especialmente, ha reforzado nuestro sistema democrático, evitando que sus propios enemigos intenten laminar, desde dentro, la esencia misma de la democracia.
Pero en fin, las reacciones de los terroristas y de su brazo político podían ser más o menos previsibles. Lo que no estaba escrito con tanta nitidez en ese guión es que el nacionalismo vasco siguiera al pie de la letra las indicaciones del mundo terrorista. Y lo cierto es que al nacionalismo vasco le ha faltado tiempo para lanzarse en los brazos de etarras y batasunos. Sin ningún disimulo, sin ninguna excusa, sin subterfugios, los nacionalistas han entrado de lleno y desde el primer minuto en esta dinámica radical e ilegal. El nacionalismo vasco se está dejando arrastrar, sin oposición alguna, por la estrategia alocada y perversa de ETA y de su entorno. El PNV y EA han caído en una trampa política, de la que sólo podrían salir merced a una grandísima dosis de humildad. Y, desde luego, si algo han demostrado los actuales dirigentes del nacionalismo es su absoluta incapacidad de rectificación. Son un ejemplo claro de la soberbia política llevada al extremo.
Con el nacionalismo vasco en el agüjero de la complicidad, han dejado que la ilegalización de Batasuna se convierta en una cuestión prioritaria en sus objetivos políticos, dando muestras de que les va la vida en ello. Hasta ahora han intentado tapar, lavar y ocultar una estrategia política común con Batasuna. Una estrategia que existe y existía, que ha sido denunciada desde distintos partidos políticos, que ha quedado demostrada con actitudes y posiciones comunes, pero que siempre pretendían diluir desde el propio nacionalismo. Al final desde el PNV, desde EA y desde el Gobierno vasco se repetía, una y otra vez, que mentían aquellos que denunciaban una unidad de criterios. En definitiva negaban una evidencia. Ahora, con la rotundidad con que han criticado la ilegalización de Batasuna, con el anuncio de su voto negativo en el Congreso de los Diputados, con sus ataques furibundos al Gobierno del PP por esta iniciativa, el nacionalismo vasco no ofrece ya dudas. Ha dejado claro del lado de quién está. Los nacionalistas han expresado con nitidez lo que piensan.
Ya no hay dudas. Los dirigentes del nacionalismo vasco han decidido emprender un camino fuera del marco reconocido por todos los demócratas. Esa decisión puede tener unas repercusiones difíciles de calcular en estos momentos. Ellos han decidido transitar por esa senda, pero deberían saber que conduce inexorablemente al precipicio. Aunque, por el momento, prefieran ignorarlo.

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