
Mientras Basagoiti sigue reforzando la figura de López con su sobreactuado papel de poli malo, sería bueno recordar que hoy se cumplen catorce meses de uno de los espectáculos más bochornosos y humillantes que se recuerdan en el norte de España.
No es el presidente de la cosa ni el que va a cortar el bacalao en el País Vasco, pero sus intervenciones en los programas de la COPE ya casi superan en número a las del ciudadano Marhuenda. Basagoiti se lo ha creído o, al menos, pretende que nos lo creamos. Poco importa que perdiera un tercio de los votos que su partido logró en 2005, o que el PSE duplique en escaños a su formación. Uno cierra los ojos, escucha a Basagoiti y parece enteramente la versión 2.0 de Guerra. Porque López durará lo que exija la aritmética parlamentaria tras las próximas generales, pero, desde luego, ejercer el papel de bueno le va a facilitar enormemente las cosas. La boca de Basagoiti es una bendición para PSE y PNV.
Como en política la ingenuidad y la impresión son lo único descartable, entonces deberemos temernos lo peor. Porque, ¿para qué querría el ciudadano Basagoiti cargarse a sus espaldas las iras del nacionalismo si ni tan siquiera preside la cosa? ¿Es necesario ejercer de Guerra y presentar, por dualidad evidente, a López como un tipo tranquilo y conciliador, abierto al consenso? ¿Actúa Basagoiti de forma impulsiva o responde todo a una estrategia? ¿Acaso pretende Basagoiti seguir el modelo del tándem Carod-Montilla? ¿O quizá es sólo un cromo engordado para que, cuando llegue el momento, su sacrificio reporte pingües beneficios?