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En 1997, el Massachussets Institute of Technology (MIT) centró todas las miradas en un ambiente para él poco usual... una pasarela. Presentaban en el Brave New Unwired World lo que luego se ha llamado "ropa inteligente", y que consiste en adornar la vestimenta con micrófonos, cámaras, GPS y chips que nos recuerda información pertinente o que nos permiten conectarnos a internet permanentemente, convertir nuestro calor en electricidad, entre otras cosas. Yo soy más bien clasicote en esto del vestir, pero no descarto que alguna de estas locuras se acabe incorporando al uso general. ¿Quién puede estar en contra del progreso en la ropa, como en cualquier otro aspecto de la vida?
Pues los de siempre, claro está: los ecologistas. No hay avance que les parezca bien ni retroceso que les parezca suficiente. Lo último está en que recomiendan como lencería erótica bragas de esparto. Lo que quieren es poder compaginar el sexo y la sostenibilidad de nuestro planeta. Es decir, que no es ya que vayan contra todo lo que suene a inteligente y despotriquen contra la ocurrencia del MIT, es que quieren que hasta la ropa interior sea biodesagradable. ¿Qué no se lo cree? Lo cuenta este domingo el diario La Razón.
El interés ecologista por la sexualidad sostenible da con soluciones realmente eficaces. A las bragas de esparto como fino reclamo de lencería suma otra propuesta de lo más ecologista: en lugar de utilizar el látex, lo suyo es recurrir, nos dicen, a preservativos de tripa de cordero, que a diferencia de los otros se reintegran en el mundo natural que da gusto.
Que sean biodegradables no son las únicas ventajas que tienen. Cumplen su función de preservar al mundo de la venida de nuevos retoños, que ya sabe que para los verdes un nuevo hombre en la Tierra supone la llegada de un depredador más. Pero es que además no previenen la transmisión de enfermedades, lo que no deja de tener su aquél. Greenpeace cree que el hombre se ha extendido por el planeta como una plaga. Y ya sabe lo que hay que hacer con ellas...
Quizá propuestas como éstas quiera decir que los ecologistas están en ciertos aspectos en claro retroceso, porque tradicionalmente han sido más expeditivos. Paul Ehlich, entomólogo y santón del ecologismo, proponía "métodos coactivos" para el control de la población, si los voluntarios fallaban. Stewart M. Ogilvy, presidente de honor de Amigos de la Tierra, era incluso más claro: "Si los frenos menos estrictos sobre la procreación fallan, algún día quizá tener hijos merezca ser un crimen punible contra la sociedad, a no ser que los padres tengan una licencia del Gobierno. O quizás todos los padres potenciales deberán ser forzados a utilizar anticonceptivos químicos, con antídotos en manos del Gobierno para que elija quién puede tener hijos". Prefiero que se queden en propuestas como las bragas de esparto o los preservativos de tripa de cordero.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

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