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Las navidades son época de mortal aburrimiento; hora de tedio y hartazgo si cometemos la imprudencia de estar demasiado pendientes de los medios de comunicación. Los medios son la vía por la que nos inoculamos el malestar con nuestra civilización, con nuestra forma de vida. Es un desasosiego mortecino e inútil, pero con el que muchos quieren convertir nuestras conquistas contra la miseria en argumentos para sentirnos mal. Son las navidades progresistas, que convierten estos días, que debieran ser de celebración, en un motivo más para sentirnos culpables por ser como somos y vivir como lo hacemos. Curiosamente, si hay algo típicamente cristiano es el sentimiento de culpa existencial; los progres se han ido a quedar con lo peor del cristianismo, para rechazar todo lo que tiene de bueno.
Quizá lo más molesto de los progresistas es lo aburridos que resultan. Nos dicen permanentemente lo malos que somos y critican que tengamos en nuestros planes consumir más. ¿Pero qué más les dará? Y si les pica, que se amuelen. Consumir es de lo más moral y bueno que podemos hacer, porque consiste nada menos que en satisfacer directamente nuestras necesidades y nuestros deseos. Y, por fortuna para la gente, en lugar de hacerles caso, cada vez consumimos más, porque cada vez somos más ricos.
La consigna anticonsumista se repite más que cualquier anuncio de unos grandes almacenes y, como todo mantra progre, tiene ese tono de reproche de curilla antiguo que lo hace tan encantador. Es un mensaje negativo por todos los poros, porque... si no debemos consumir, ¿qué hacemos con el resto de nuestra renta? Ahorrar, se supone. ¿Por qué, entonces, no lanzan el mensaje positivo de fomentar el ahorro aunque sea en navidades? Porque esto de ahorrar e invertir, lo de crear riqueza, no les va. Una sociedad de propietarios es una sociedad compuesta por personas independientes, con los medios suficientes como para tomar sus propias decisiones y esa mera idea les produce horror. Así que tampoco transforman su anatema sobre el consumo en una llamada al ahorro.
Al final, quién lo diría, el ideal ciudadano de unas navidades progres es Scrooge, ese huraño personaje del Cuento de Navidad, de Dickens. Lo de comprar regalos (esa cosa de pensar en los demás y demostrárselo con un presente) es sucio consumismo capitalista, pero no gastarse un chavo y no contribuir así a la rueda consumista es virtud progre sin parangón. Scrooge sería un héroe del ecologismo, que adoptaba los comportamientos más miserables con tal de no gastar electricidad. Incluso renunciaba a la división del trabajo, al capitalismo, vaya, haciendo por sí mismo todo lo que pudiera. Todo un icono progresista que los fieles de esa religión, eso sí, no parecen imitar.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

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