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Columna publicada el 25-09-2000
El FMI nació en Bretton Woods, al final de la II Guerra Mundial, como elemento esencial del nuevo sistema monetario internacional. Los principales responsables de su creación fueron, el por entonces secretario del Tesoro norteamericano, Harry Dexter White (un infiltrado comunista como se sabría después gracias a la confesión del arrepentido Whittaker Chambers), y el conocidísimo pseudo-economista neomercantilista, J.M. Keynes. Keynes, que representaba a Gran Bretaña, había alcanzado gran popularidad diez años antes, durante la Gran Depresión, al haber elaborado una reformulación actualizada de la vieja falacia del subconsumo. Sus propuestas de abolir el interés, nacionalizar la inversión y sustituir el oro por la deuda pública como medio de pago generalmente aceptado (es decir destruir el dinero) le convertían en el Carlos Marx del siglo XX.
Reflejo de sus ideas surge el Fondo –tras haber sido rechazado un proyecto original de moneda mundial única llamada fénix o bankor. El Fondo venía a ser el Banco Central Mundial, prestamista de última instancia. El mecanismo funcionaba así: cada país depositaba en el Fondo un porcentaje de sus reservas, principalmente de oro o divisas. Con dicho depósito, cada país multiplicaba automáticamente sus reservas por dos, ya que al hacerlo, obtenía un derecho acreedor contra el Fondo por el doble. De esta forma las reservas de los países más prudentes iban a acabar financiando a los más inflacionistas. Por supuesto, treinta años después, ninguna moneda conservaba siquiera la décima parte de su valor original. El mecanismo había dado sus resultados: se habían expropiado los ahorros de millones de familias, se había conseguido que los estados controlasen la mitad de la renta nacional (algo que se logró gastando mucho más de lo que se ingresaba por impuestos, creando clientes y grupos de presión y finalmente consiguiendo subidas de los impuestos imposibles de lograr de otra forma) y se había despojado al consumidor de la soberanía que el oro le otorgaba, pues ahora ya no podía dejar de comprar cuando no estuviese de acuerdo con el precio o la calidad de la producción. El Fondo, en la actualidad, dirige la guerra contra el oro, amenazando constantemente al mercado con hundir el precio a corto plazo del metal amarillo mediante masivas ventas de sus reservas.
Los principios del laissez faire exigirían el retorno al oro y la completa separación entre moneda y crédito por un lado y estado por otro. Sin embargo, debido a la traición friedmanita, las mayores críticas al FMI provienen curiosamente del campo socialista. Igual que Stalin acusaba a Bujarin de “derechista” por oponerse a la completa colectivización de la tierra, los más ignorantes de los destruccionistas atacan al Fondo por no entregar incondicionalmente sus recursos a los políticos que, habiendo destruido completamente la moneda de su país, acuden a él como prestamista de última instancia. Cuando el FMI exige ajustes presupuestarios en los estados destinatarios de su ayuda, es simplemente el instinto de supervivencia, y no una supuesta simpatía por el mercado, lo que le mueve. Los responsables del Fondo saben que de no hacerlo, se quedarían sin recursos en un santiamén, corriendo la misma suerte que los Bancos Centrales nacionales saqueados por los Allende, Perón, Alán García, Alfonsín y compañía.

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