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Consenso liberal-progresista

Se diría que Lassalle está echando de menos el famoso consenso progresista –en Estados Unidos, "liberal"– que triunfaba a mediados del siglo pasado, cuando los republicanos llevaban décadas sin tocar poder.

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A John Locke se le conoce bien por ser uno de los padres fundadores del liberalismo. Se sabe menos que se pasó los últimos años de su vida leyendo, pensando y escribiendo sobre las Epístolas de San Pablo. Dejó instrucciones para que el fruto de ese trabajo, la Paráfrasis y Notas sobre las Epístolas de San Pablo fueran la primera de sus obras que se publicara tras su fallecimiento. Ahora se puede leer en internet.

Viene esto a cuento del último artículo publicado por José María Lassalle en El País acerca de los fundamentos históricos e ideológicos del liberalismo que Lasalle preconiza, o parece estar preconizando para el actual Partido Popular. Quizás se le esté dando demasiada importancia, pero como las declaraciones ideológicas por parte del actual círculo dirigente del PP son tan contadas, las de Lassalle son acogidas casi con entusiasmo, incluso entre sus detractores, que son muchos.

Lassalle vuelve aquí a un asunto al que ya le ha dedicado alguna reflexión. Es la cuestión del origen ideológico de la derecha norteamericana, y la necesidad de superarlo.

Un primer problema es la valoración de la tradición conservadora norteamericana, en la que se combinan nombres estadounidenses, como Russell Kirk y otros de origen europeo, como Leo Strauss y Eric Voegelin. Estos últimos llegaron a Estados Unidos huyendo del totalitarismo nazi. Compararlos, como hace Lassalle, con los que habrían sido sus seguros verdugos de haberse quedado en Europa es una broma de pésimo gusto.

Además, el nacimiento del nuevo conservadurismo norteamericano supuso el inicio de una recuperación ideológica, luego cultural y al cabo política de la derecha en Estados Unidos. Acabará dando sus frutos en lo ocurrido desde 1968: una hegemonía política del republicanismo que se plasma, por ejemplo, en 28 años de presidencias republicanas frente a 12 años de presidencias demócratas. Lassalle es muy libre, claro está, de pensar que ese ciclo se ha agotado o incluso que ha sido catastrófico. Es un capricho, en cambio, negar que en su origen está la elaboración de un pensamiento conservador original y los esfuerzos por recrear una alianza entre conservadores y liberales de la que el gran William F. Buckley, en contra de lo que sugiere Lassalle, fue un gran ejemplo, como en otro plano lo fue Reagan. Más cerca en la geografía, aunque no en el tiempo, está Edmund Burke, ese paradigma de conservador que nunca quiso dejar el partido whig.

Se diría que Lassalle, al dar por acabado el ciclo liberal-conservador en Estados Unidos y preconizar como ejemplo "los iconos contractualistas, empíricos y hedonistas lockeanos" en los que, según él, se basa la democracia estadounidense, está echando de menos el famoso consenso progresista –en Estados Unidos, "liberal"– que triunfaba a mediados del siglo pasado, cuando los republicanos llevaban décadas sin tocar poder.

Trasladando el asunto a términos españoles, Lassalle parece estar proponiendo un consenso "liberal-progresista" que plantea muchas preguntas. Una de ellas es la consideración que merecen en la narrativa fundacional de este consenso "liberal-progresista" los ocho años de Aznar, los únicos en los que ha gobernado el centro derecha en España desde hace 26 años. Otra es el papel que se le otorga al pensamiento conservador, a los valores morales y –otra vez Locke– a la religión en este nuevo consenso. En vez de integrarlos, dialogar y reconocer su importancia creciente, se diría que Lasalle propone apartarlos y excluirlos. Pues bien, así no se funda la libertad. Sí se podría fundar en un debate sin mala fe, y con propósito de llegar a acuerdos, entre liberales y conservadores, es decir, no socialistas.

Tampoco Estados Unidos se fundó sólo en "iconos contractualistas y hedonistas", sino en una larga tradición cultural de autogobierno y gobierno de la ley, cuestiones las dos de índole moral y en buena medida religiosa. Y probablemente tampoco se fundará así el acceso al poder de estos nuevos liberales netos del PP, exentos de cualquier mácula conservadora o neoconservadora. Más bien se le facilitará al adversario, cuyos postulados ideológicos y morales se están aceptando como propios.

Por un poco más, la actual cúpula dirigente del PP se va a declarar no ya relativista, sino libertaria. Será muy digno de meditación ver a Federico Trillo, como representante de estos funcionarios neohedonistas, publicar una segunda tesis, esta vez sobre Ayn Rand. Si lo hace Rajoy, bueno, eso ya sería la bomba.

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