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El outing de Sebastián

Hay países en los que los vicios privados no cuentan en la vida pública. El mejor ejemplo es Francia. Los dos últimos candidatos a la presidencia de la República tienen vidas sentimentales complicadas. Se sabe, se publica y a todo el mundo le da igual. Habrá quien piense que es una inmoralidad, pero a los franceses les parece lo más natural, además de lo más entretenido.

No ocurre lo mismo en los países anglosajones. En general no se admiten tal alegremente los vicios privados. Ni Thatcher, ni Blair, ni Bush, ni Reagan, por ejemplo, se habrían podido permitir una vida privada demasiado... ligera. Sí se le admitió a Kennedy, pero eran tiempos más púdicos y el niño mimado de los medios se había convertido, a pesar de su anticomunismo y sus bajadas de impuestos, en un icono (vagamente) de izquierdas. Habrá quien diga que también se lo perdonaron a Clinton, pero está por ver el final de esa historia. Es posible que sea su mujer quien pague los platos rotos. Sobre ella recaerá la responsabilidad de haber mantenido una ficción con fines estrictamente personales. En su momento, la "feminista" Hillary Rodham Clinton debió pensar que un portazo a su marido terminaría con su propia carrera política. De ahí procede en parte su impopularidad.

En España vivimos una situación intermedia. Como es natural, la información sobre la vida privada de los políticos circula a raudales y a velocidades de vértigo desde siempre, más aún desde los SMS. Al mismo tiempo, esa información es tabú. No puede ser publicada por razones legales, dado que las normas protegen la intimidad de las personas, incluidas las personas públicas, como son los políticos, y por decoro, porque se consideraría de mal gusto sacar esa clase de información. El resultado –en mi opinión– es una de esas charcas bastante infectas en las que los españoles gustan de chapotear desde hace ya más de un siglo.

Como la información es imposible de contrastar, cobra carácter de rumor incontrolable. De creer lo que se dice, las hazañas amorosas de algún político español superarían las de Casanova, Don Juan y Kennedy juntos. Los hay de quienes circulan chistes y habladurías sobre lo que hoy se llama "orientación sexual", y los hay en los que todo se combina con el supuesto uso y abuso de lo que los norteamericanos, en uno de esos eufemismos a los que son tan aficionados, llaman "sustancias". En vista de la zona de nadie donde se sitúa la vida sentimental, por así decirlo, de los políticos, no se sabe si ese tipo de información puede llegar a influir o no en sus decisiones.

La intervención de Miguel Sebastián, hasta ahí Miguel ¿qué?, en el debate televisivo con Ruiz Gallardón resulta por todo esto sorprendente. Para hacerse un nombre, el candidato socialista ha tenido que romper una costumbre muy bien arraigada. Al parecer, se trata de una estrategia partidista consentida por la dirección del PSOE.

La respuesta de Ruiz Gallardón al negar cualquier "relación profesional" con la señora de la foto exhibida por Sebastián insinuó que el alcalde de Madrid vive peligrosamente, al amparo de las costumbres y los tabúes informativos de la sociedad española. Él mismo habrá valorado los riesgos, que son considerables.

Por su parte, la intervención de Sebastián conduce por pura lógica a una alternativa. O bien el candidato y su partido piden disculpas al alcalde y a la opinión pública por lo ocurrido, con lo que restablecen el consenso previo. O bien acaban de abrir la puerta a que la vida privada de los políticos empiece a ser de conocimiento público, con repercusiones para todos. Si el PSOE ha decidido que ha llegado la hora del outing para sus adversarios, no se extrañará que a partir de ahora alguien se ponga a practicar el outing con los candidatos socialistas.

Pero como vivimos en un país tan raro, no pasará ni una cosa ni la otra.

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