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La Espanya gran

Nada se perdería si el resto de los españoles empezara reflexionar en serio si quiere seguir formando parte de una España sujeta a las fantasías de los nacionalistas catalanes. ¿Se comprende ahora para qué ha servido la ruina del patriotismo español?

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Todos los países federales, como Australia o Estados Unidos, tienen problemas periódicos para el reparto de los fondos. España, que es un país federal por mucho que el término federalismo sea tabú en nuestro país, no iba a ser menos. Lo que no ocurre en otros países como el nuestro es que la fuerza del gobierno federal (o central) dependa de la debilidad del conjunto de la nación, como ocurre aquí con los socialistas. Tampoco es corriente que existan partidos nacionalistas o secesionistas de implantación regional, y menos aún que el reparto de los fondos federales dependa exclusivamente de ellos, como también ocurre en España.

Quizás era eso a lo que refería Pi y Margall, el lunático republicano del siglo XIX, cuando hablaba de federalismo asimétrico. Aún más probablemente, ahí estaba ya el núcleo (eso sí, sin la construcción nacional) del futuro nacionalismo catalán, algo que ha acabado por modelar la realidad española actual.

Más que a la secesión o la independencia, reservadas a la franja más lunática y diferidos hasta que la situación esté muy madura, el nacionalismo catalán ha aspirado a construir una España –la "Espanya gran" de Cambó–, en la que Cataluña recobraría el puesto que le corresponde: el de potencia imperial a la que los demás españoles debemos prestar nuestros servicios, donar solidarios el fruto de nuestro trabajo y además estar agradecidos, pobre raza semita que somos, por su grado superior de cultura, su irradiación internacional, su cosmopolitismo, su progresismo y su madurez política (¡ah, el oasis!, y del seny, ¿qué me dice usted?).

Los nacionalistas catalanes, en los que se incluyen a los socialistas, ya sean del PSC o del PSOE, han conseguido ya que les financiemos su modo de vida superior. Antes habían logrado leyes propias, por encima de la legislación común; un Estatuto que es la Constitución de una nación con personalidad propia, y dentro de algún tiempo, una Constitución española bis y de rango superior a la primera, que no otra cosa será la famosa sentencia tantas veces diferida del Tribunal Constitucional que reestructurará el sistema institucional de España en función de los intereses de los nacionalistas catalanes.

El resto de españoles debemos mucho a Cataluña y al antiguo reino de Aragón. Así, a vuelapluma, le debemos la estructura propia de la antigua Monarquía española, heredera de la Corona aragonesa; el ejemplo de una sociedad civil que fue, antes de que el nacionalismo la ocupara, dechado de dinamismo; una lengua de extraordinaria expresividad; una literatura que fue en su tiempo de las más grandes del Occidente europeo; formas de vida que siguen siendo entrañables y atractivas...

Todo esto, y mucho más, forma parte irremediable de la identidad y la cultura españolas. Nada de todo ello se perdería si el resto de los españoles empezara a tomarse la molestia de reflexionar en serio si quiere seguir formando parte de una España sujeta a las fantasías de los nacionalistas catalanes. ¿Se comprende ahora para qué ha servido la ruina del patriotismo español?

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