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Se alzó con la presidencia machihembrando el socialismo catalán con un independentismo asambleario y rancio vestido de Armand Basi que vio en el mesianismo del ex alcalde una oportunidad y en su concepto de Cataluña y de España una asombrosa coincidencia. La formalización del pacto incluyó un acuerdo de exclusión política del Partido Popular -a cumplir en todas las instituciones del Estado- que reproducía el peor error de la Segunda República: la negación de legitimidad al adversario y la utilización de su rechazo como aglutinador de izquierdas y nacionalismos.
Desde su investidura empleó un lenguaje inconveniente y a veces amenazante que sólo sirvió para poner a muchos a la defensiva: si España no acepta lo que el Parlament se dispone elaborar, “el drama está servido”. Cuando su conseller en cap, ejerciendo de presidente en funciones, estrena cargo viéndose con la ETA, él lo cubre y lo defiende ante el PSOE. E, inevitablemente, queda contaminado.
Al hundirse el túnel del Carmelo, los suyos confirman alarmados la incontinencia verbal; el president menciona el Prestige y sus consecuencias. Aunque yerra en la previsión, la gestión del desastre hace aflorar lo peor –o lo definitorio– del gobierno tripartito: improvisación, falta de contacto con la realidad y disposición a un control autoritario sobre los medios y la información. Hubo graves síntomas de lo último antes y después: un sectario informe sobre medios, clasificados según su adscripción, con nombres y apellidos de periodistas, que condujo a la dimisión del secretario de Comunicación; el escándalo del CAC, el manejo político en las concesiones de licencias, la ley que concede a un órgano político el poder de establecer la veracidad y sancionar en consecuencia.
Le recuerda al jefe de la oposición, con luz y taquígrafos, el 3 %, merienda de negros que los medios de la capital aún no han entendido y los locales han mantenido oculta. El 3 % no era ninguna comisión; era la parte del presupuesto que cada conselleria apartaba, mediante diferentes mecanismos fraudulentos, para financiar a CDC y a UDC. Artur Mas comete el grave error de demostrar que entiende la alusión. ¿Se ha roto la omertá? Hay querellas, irritación y ultimatos. Pero, como siempre, todo queda en nada.
La maragallada que saldrá más cara al tripartito es una ofensa a los sentimientos religiosos, una broma con la corona de espinas a la puerta del Santo Sepulcro, en Jerusalén. Las mofas de Carod y Margarita Obiols, a la vista de todos, impiden que la burla se circunscriba a la arcana mente del jefe. La izquierda catalana queda retratada y sólo Castells, obligado a posar con la corona, mantiene una expresión severa y consternada. Lo dicho, la maragallada más cara de todas.
También hay una cosa llamada estatut, pero sólo es el McGuffin de una legislatura yerma. Adiós.

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