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Ya somos la pequeña nación. Qué claustrofobia. Eso sí, por muchas fiestas que dé, por más que agite su triunfalismo acartonado, Maragall se larga porque la participación del 18-J fue un fracaso personal sin paliativos. Y también el fracaso colectivo de una casta. Máscaras de comedia griega y antifaces de carnaval veneciano para celebrar el “rotundo sí”, caretas con una goma por detrás de las orejas para los periodistas del pesebre, atrezos y gráficas de estadísticos descuideros... apenas alcanzan a tapar las muecas de contrariedad.
Ha sido un ridículo espantoso. Se ha visto aparecer al gato de Matrix por donde se conoce el engaño, se ha colado en el encuadre un micro de jirafa, se le ha caído el peluquín al galán en la escena cumbre. Todo a la vez. Y tras la mofa, la befa. Como si no hubiera habido bastante con los años vanos y maragalianos, henos aquí en otra precampaña. Los meses que restan hasta las autonómicas catalanas de otoño conocerán navajazos y descalabros internos en PSC y ERC, pues todo aquel que confía en Rodríguez acaba burlado, corrido, deshecho y roto.
También asistiremos a la meta-farsa: mentiras al cuadrado sobre la identidad que indefectiblemente significan lo contrario de lo que afirman. Así, lo más terrible que se ha dicho nunca sobre Montilla es esa frase de Maragall según la cual el bachiller es tan catalán como sus abuelos (los de don Pasqual). Hay que estar dormido o ser un periodista de la claque del Parlament para no advertir el golpe bajo presidencial, para tomarlo como una excusa por ofensas anteriores. Toda una gentileza, poner al apparatchik al lado de Joan Maragall.
Pasarán cosas asombrosas. ERC, olla de grillos, no se perdonará a sí misma su incapacidad a la hora de movilizar al electorado independentista, una vez ha quedado patente que los noes –que los nones– fueron básicamente del PP. Los ecocomunistas se quedarán muy quietos, sin respirar, para pasar inadvertidos, a ver si se olvidan de retirarles el chófer. Los periódicos y las vanguardias darán palos de ciego que se podrían ahorrar si comenzaran desde ya a apostar por Artur Mas. Luego tendrán que hacerlo de forma precipitada, como aquel cambio en la línea editorial cuando las tropas de Franco (“¡No pasarán!”) liberaron Barcelona y la calle Pelayo se llenó de antifranquistas sobrios que, disimuladamente, derribaron al Caudillo tras su muerte, hazaña que les tomó 36 años. Y mucho disimulo.

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