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Columna publicada el 31-10-2003
En su desvarío, los candidatos nacionalistas a la presidencia de la Generalitat, que son cuatro de cinco, han dejado un arsenal en manos de Josep Piqué, como se pudo comprobar en la última edición de El tercer grado de La 2. Pronto se lo van a encontrar de frente en un plató de TV3, en un debate que podría acabar en “todos contra el PP”, lo cual sería excelente para el tercer partido del Principado, ampliamente ignorado por los medios de comunicación catalanes. El ex ministro portavoz, de Industria, de Asuntos Exteriores, y de Ciencia y Tecnología es el único líder en liza que no practica el victimismo ni quiere cambiar el estatuto, el único que propugna rebajas fiscales y el que ha tenido más altas responsabilidades. Y precisamente como miembro de un equipo aureolado por el éxito.
Muchos votantes tradicionales del PP entregaron su voto a Maragall en 1999; no entendieron la salida de Vidal-Quadras y querían al menos la caída de Pujol. Esa transferencia no va a repetirse. Piqué, que obviamente no compite con Iniciativa per Catalunya ni con Esquerra Republicana, se va a batir el cobre con los singulares M&M, un par de genios de las ocurrencias, el más serio de los cuales no ha gestionado nada en su vida más allá de una empresita de cuyo nombre no quiero acordarme. Ni él tampoco.
Piqué ha echando sus redes en un gran caladero electoral, y sólo puede mejorar los resultados de su antecesor, Alberto Fernández, que mantuvo el tipo con dignidad para los tiempos que corrían y el papelón que le tocó. Aun creciendo, el PP descenderá seguramente a la condición de cuarto partido de Cataluña debido al fuerte impulso de los independentistas, imprudentemente amamantados por socialistas y convergentes durante años. Pero el orden final no es lo importante. Lo que va a condicionar el futuro es la necesidad de alianzas tras las elecciones, que parece casi segura. Y aquí es donde la cosa se va a poner divertida.
Si Maragall puede formar gobierno con los comunistas pintados de verde y con los herederos de Companys, lo hará con toda seguridad, reeditando el pacto de Barcelona. Contra toda lógica, el PSC está muy orgulloso de haber hecho de las huestes de Carod unos hombrecitos. Pero succiones aparte, ¿qué será de CiU sin el poder? ¿Qué quedará de esta máquina de negocios e influencias en 2007, tras cuatro años de ayuno?
Si es Mas quien puede formar gobierno mediante alianzas, tendrá que optar entre la esquerra y los populares. En el primer caso, el día menos pensado volveremos a asistir a la proclamación del estat català desde un balcón de la Plaça de Sant Jaume, setenta años después del primer ridículo. Y si no, al tiempo. Pero aquí la succión va a ser de antología, porque la iniciativa y el protagonismo público ya nunca más será del socio mayoritario, como sabe cualquiera que conozca mínimamente el percal independentista. La otra posibilidad sería el pacto con el PP. Pero Piqué ya ha advertido que esta vez no será gratis; quiere entrar en el govern. Si esto ocurriera, se habría roto el prejuicio que siempre impidió a CiU atender a las generosas invitaciones de Aznar, repetidas el jueves por Rajoy, para entrar en el gobierno central. Se acuerdan de cómo respondió Pujol la última vez: “¿Quién se han creído que somos?”
Cualquiera de estas opciones supone un giro radical en la política catalana que tendrá consecuencias en la española. La única forma de evitarlo sería una mayoría absoluta de Mas o de Maragall, pero eso no parece nada fácil con dos fuerzas políticas antagónicas, independentistas y populares, creciéndose y arrebatándoles votantes a la vez. En Cataluña ya nada será igual. Impedir mayorías absolutas y exigir reconocimiento institucional a cambio de sus votos de investidura; ése puede ser el efecto Piqué.

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