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Columna publicada el 10-05-2004
El principal generador de ideología en esta estólida España de principios de siglo es un programa de televisión. Ha hecho más que ningún partido, organización o grupo intelectual por derrocar al PP. Los inadvertidos creen que se trata de un espacio de entretenimiento, y algunos opinadores denuncian su responsabilidad en la degradación del sentido crítico, del lenguaje y de la estética. Pero en estos terrenos no se quedan atrás, sino más bien delante, los aquelarres de Moreno en la televisión pública, felizmente finiquitados.
Tanto el conductor como los principales colaboradores son más cultos que sus competidores de otras cadenas. Es esta ventaja sobre el resto de la profesión, y no el share, la que hace más perversa la firme decisión de sumergirse varias veces por semana en las aguas fecales sin otra intención que la de retener la desarmada atención de la audiencia, que, ojo, se constituye en tal por su propia voluntad. La noche de la España insomne y reacia a la lectura se puebla de fugaces monstruitos deslenguados, producidos, proyectados, exprimidos y arrojados a la nada tras servir de combustible a la máquina de generar publicidad en una franja horaria difícil.
Pobres diablos que se creen gente importante desfilan en una sucesión hipnótica de insultos, solecismos y bajezas sin que el alma del programa se contamine; con simples gestos de ironía, de complicidad con el televidente, de exagerada consternación, consigue quedar por encima de la mierda que nos sirve. La España coprófaga se delecta en un discurrir del minutaje que no soporta un análisis. Los puntos de inflexión de un relato demencial e inconexo los marcará un histrión, exhibicionista compulsivo y no mal escritor. Otras veces lo hará el mejor imitador de un país lleno de imitadores. Y luego están los momentos excelsos, los que para la izquierda ilustrada justifican todo lo demás: el jefe se pone serio y dice cosas como que “George W. Bush es un hijo de puta” o que Condolezza Rizze es una facha asquerosa, y el público enloquece.
Hace tiempo que dos de sus colaboradores vienen vejando a desconocidos. Es evidente que algunos de ellos son enfermos, personas con trastornos mentales graves. ¿Nunca se han preguntado por las consecuencias de escarnecer en pantalla a seres humanos indefensos? Gracias a su familia, acabamos de saber que un disminuido psíquico ha sufrido una larga depresión tras pasar por las manos, cámaras, montaje y comentarios del programa. Algunos acaso sospechen que habían sido seducidos por el rostro del mal, que deja en suspenso los valores. ¿No cree usted, lector, en el mal? Bien, pero si creyera, ¿qué cara, que estilo, qué medio cree que adoptaría hoy y aquí?

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