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Columna publicada el 13-12-2003
Acertaba Ignacio Villa al señalar en estas páginas que el acuerdo PSC-ERC-IC convierte a estas formaciones en un grupo parlamentario separado en el Congreso de los Diputados, un grupo que votará al dictado de ERC. Todo este asunto es entre siniestro y jocoso, y así ha debido de vivirse en el Consejo de Ministros a juzgar por las palabras de Zaplana, que sugerían un estado entre la chanza y el desasosiego.
Los pactos de la nueva mayoría catalana recogen la exclusión de cualquier acuerdo con el PP y el compromiso de evitar que este partido forme gobierno. A pesar de ciertas declaraciones contemporizadoras, se les ha visto pronto el plumero sectario. Cabe preguntarse si la repulsión que sienten hacia los populares, y que les lleva a conjurarse para su postergación, se la provoca el partido sin más (algo así como una reacción a lo Recuerda de Hitchcock ante las dos pes y el albatros) o más bien se trata de elaborar, con gran dominio del márketing, un aislamiento simétrico al que experimenta el PNV por su Plan Ibarreche.
Si es una simple aversión, una especie de alergia, que se tomen unos antihistamínicos. No se imaginan la alergia que nos produce a algunos ver al partido donde se aloja la extinta Terra Lliure dispuesto a tomar el control de la policía autonómica. Pero creo que no va de alergias. Tiendo a pensar que se sienten obligados a aplicar algún correctivo al PP en nombre del nacionalismo vasco. La cuestión es, ¿por qué? ¿Qué les debe Maragall, qué les debe Carod, a los socios de los terroristas? Y el burlado Mas, ¿por qué fue a rendirle pleitesía al lehendakari días después de ganar las elecciones que ha perdido? ¿Qué oscuras alianzas ha establecido la clase política catalana con los amigos del crimen? ¿Y a cambio de qué?
A la vista de los acuerdos que se disponen a perpetrar los próximos ocupantes del Palacio de la Generalidad, podemos hablar ya de un Plan Maragall, un ataque orquestrado contra la Constitución y contra la integridad de España. Con un cuerno en Vitoria y otro en Barcelona, un astado ancho y engatillado se dispone a embestirnos.
Que nadie se equivoque, esta locura no hace buena a CiU. La hace peor: todo esto es culpa suya; ha trabajado con ahinco durante un cuarto de siglo para borrar la memoria común de las escuelas, ha manipulado los medios, falsificado los museos y cargado los libros de pólvora. En la oposición, el hambre y el rencor la volverán más radical. En los próximos años, el PP de Cataluña asistirá atónito y a solas a la escalada de irracionalidad de una clase política que no sabe quién era Cambó, que se ha olvidado de Tarradellas y que ha decidido bailar la danza macabra de los hijos de Sabino Arana.

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