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Con tufillo decimonónico, y aun más antiguo, reproducen los ateístas pulsiones de secta, un orgullo de iniciados recién dotados de cuatro términos y tres argumentos, un proselitismo ingenuo. Es decir, los rasgos que, según creen saber, decoran al adversario. Y claro, el único adversario que se ve en el retrato es una secta paralela, protestante y no menos naíf. Ambos grupos de cándidos se enzarzan en un debate de eslóganes publicitarios con el que pretenden avanzar en la difusión de su fe o de su fe inversa.
El candor no es excusa cuando se cae en errores tan flagrantes. Hay primero un error de etiqueta: sobre las cosas de Dios, y no digamos sobre su existencia, no se discute de cualquier manera. Y mucho menos en términos de cálculo de probabilidades. ¿Qué ciencia esgrimen quienes no han entendido todavía que hay hipótesis no falsables? ¡A Popper! Peor aún si se toman la fe, la redención, la vida ultraterrena como materias de cháchara, debate improvisado a los postres, charla indolente. Algo más estúpido y estéril que consagrar una reunión social con güisquis y estruendo de discoteca a dirimir la mayor o menor grandeza de Bach, de Haendel o de Scarlatti. Sin el lugar, la paz, el respeto, la sutileza y hasta el olor adecuados, ciertos temas se escurren de nuestras meninges y no hay modo de entreverlos.
La pugna ateísta-evangélica se ha reducido a los términos de una campaña de publicidad negativa de Don Simón contra Danone o de Pepsi contra Coca-Cola. La miseria del planteamiento ahuyenta a las almas sensibles. Instan los ateos a los creyentes a no preocuparse pues "probablemente Dios no existe". De quien no es capaz de intuir la estricta necesidad de un subjuntivo para ese verbo, ¿qué cabe esperar? (Conste que me advierte de este punto un ateo conspicuo, dolido por el indicativo de los suyos). Sorprende por fin que la gente más preocupada por la existencia/inexistencia de Dios (los ateos) inste a los tranquilos creyentes a no preocuparse. En vez de responder con un "Dios sí existe", los evangelistas debieron enfatizar ese punto, como hizo, más vieja y sabia, la Iglesia católica a través de un obispo de aquí. Me estoy planteando con un amigo pagar anuncios de autobús (a ser posible en la línea 1, que simbolizará el monoteísmo) con el lema "Algo tiene que haber". Que otros contesten luego "No te digo que no", y así sucesivamente.
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