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A Xavier Vendrell, ex miembro de Terra Lliure, ex conseller de Governació, número tres de ERC y mano derecha del verdadero jefe del separatismo catalán, Joan Puigcercós, se le ocurrió subastar el Gobierno autonómico a cambio de un referéndum por la independencia. Todo lo que rodea a esta iniciativa es penoso.
De entrada, presenta el dudoso mérito de haber concitado las críticas de todos los partidos, en Barcelona y en Madrid... ¡incluyendo a la propia ERC! Así, Carod ha tenido que regañar públicamente a sus enemigos internos: "no tocaba"; "cada cosa tiene su tiempo"; "lo peor en política es confundir el hoy por el mañana" (?); etc. Estas vaguedades son interpretadas como muestras de verdadera indignación.
Lo que sí tocaba, por lo visto, era negarse a aprobar una declaración propuesta por el PP que contenía cierta afirmación intolerable: las sentencias del Tribunal Constitucional hay que acatarlas. ¡Qué montaraz está esa extrema derecha guerracivilista! Así no hay quien construya una nación, caramba. Con mucha más hombría, "el bombas" reconoció abiertamente que su referéndum era ilegal. Vuelve el hombre.
Sin embargo, a mis ojos, lo más lamentable de la falsa improvisación autodeterminista y referéndica de Vendrell fue el marco escogido. Tuvo que ser en medio de una calçotada, espeluznante ritual que, desde siempre, ejerce una atracción irresistible sobre los políticos catalanes; consiste en engullir con fruición largas cebollas tiernas que se cogen con los dedos, se alzan y se comen por abajo mientras se saca un poco la lengua. La procacidad gastronómica tiene lugar preferentemente al aire libre. Muchos de los que hoy alardean de pasado antifranquista sólo podrían alegar como pruebas los ochocientos calçots que se trajinaron, un par de excursiones a Montserrat y la posesión de un disco de Núria Feliu.
Dado el contexto, no es extraño que varios observadores hayan calificado de "eructo" la idea de Vendrell. Qué manía con apuntar hacia arriba, como si la metáfora del cuesco no fuera igualmente válida. Malos vientos soplan, en cualquier caso. Regresa la política a trompicones, estéril y paralegal, siempre, eso sí, bajo su capa virtual de modernidad. Matrix, ya saben. ¿Qué mal nos aqueja? Una mezcla de sentimentalismo y brutalidad llamada nacionalismo. En el País Vasco se caracteriza por que el presidente da patadas en los huevos, por gañán interpuesto, a quien molesta. En Cataluña, por la inagotable capacidad para crear problemas inexistentes.
De nuevo el tripartito es noticia (mala), tras cien días de una calma chicha a la que no es ajeno el hieratismo de Montilla, próximo a la parálisis facial. Pero el de Iznájar está maniatado y se ha de tragar las traiciones de sus socios como si fueran calçots: si hiciera con la Esquerra lo que debe, adiós poder y adiós presupuesto. Cataluña, mientras tanto, bien gracias. Es decir, como suele, perdiendo el tiempo y las energías.

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