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La actriz Hillary Swank, protagonista de Million Dollar Baby, nos instruye desde La Vanguardia de este modo tan original: “Siempre se tienen dos opciones: decir que el mundo no tiene remedio y no hacer nada, o luchar por mejorarlo”. Inmediatamente formulo un colofón: paradójicamente, los que acaban mejorando el mundo son los que optan por lo primero.
Podría añadir que los segundos son una peste; que lo mejor que nos puede pasar es que su lucha quede en nada; que, de no ser así, su logro consiste en agravar los problemas. ¡Cuánto solidario acompaña, sostiene y ensalza los proyectos siniestros y/o estúpidos de Castro, Chávez, Morales, Menchú!
Cualquier sujeto adulto y cuerdo que afirme estar luchando por mejorar el mundo es un farsante. Un timador que vive de estimular el sentimiento de culpa ajeno y que, a base de mentir y de ponerse de ejemplo, obtiene los recursos y la permanente admiración de los timados, gentes de a pie que sí mejoran el mundo a base de mejorar su propia situación y la de los suyos: la de sus familias, la de sus amigos, la de sus compañeros de trabajo, la de sus vecinos, la de los necesitados con los que llegan a cruzarse.
Exaspera tanto solidario. Podrían hacer lo mismo que hacen (nada), podrían parasitarnos honradamente, vivir de los excedentes de nuestras prósperas sociedades, subsistir con lo que otros producen sin sermonear a nadie. Pero no. Además de nuestro dinero y de nuestro malestar, quieren nuestra atención, nuestro respeto, nuestro aplauso, nuestra embobada admiración.
Pues conmigo lo tienen claro. Obtendrán mi dinero porque no puedo evitarlo; me lo quita el Estado para subvencionarlos. Pero nada más. Ante la proliferación de solidarios profesionales, ante el griterío de actores ignorantes (algunos son buenos actores; no está reñido) que además de vivir como dios se sienten dioses o héroes llamados a moralizarnos, ante la barahúnda desatada por centenares de oenegés que difunden una filosofía contraria a los mecanismos de creación de riqueza y no dan explicaciones sobre el paradero de los donativos que reciben, ante la agenda antiliberal y anticapitalista que esconde la industria de la solidaridad, ha llegado la hora de pedirles cuentas a ellos.
Chuleen al Estado si éste se deja, pero, por favor, no nos aleccionen. ¿Qué títulos tienen para hacer tal cosa? ¿Qué resultados reales presentan, al margen del efecto deletéreo de su discurso equivocado? ¿Quién vive mejor gracias a sus jeremiadas, aparte de ustedes mismos? Desconcierte el lector al próximo solidario que se le ponga delante pidiéndole explicaciones. Para repartir riqueza hay que crear riqueza. Para obtener admiración hay que merecerla.
Los verdaderos benefactores de los desfavorecidos no hablan de “cambiar el mundo” ni tienen una agenda política oculta. A ellos les han robado los parásitos grandilocuentes el término “solidaridad”, que ha quedado inservible.

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