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La ilusión del control absoluto

Cuanto más separemos la información –que en este caso es extremadamente local– de la toma de decisiones –que según Cebrián debiera darse a escala planetaria– más disfuncionalidades introducirán los burócratas en nuestras vidas.

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Dice Cebrián que la Tercera Gran Depresión –¿y por qué no cuarta? ¿qué pasa con la depresión postnapoleónica?–, esta que ahora vivimos, se debe a que los neoliberales, neoconservadores, laissez-fairistas, reaganianos, peperos y demás villanos de película impulsaron un proceso de masiva desregulación de los mercados que potenció los excesos de la economía financiera. Tal es el popurrí ideológico que compone este Eje del Mal ideológico de Cebrián que, en coherencia, también abarcará al demócrata Bill Clinton, célebre sepulturero de la Ley Glass-Steagall que impedía la fusión entre banca comercial y banca de inversión, o a Lyndon Johnson, privatizador del gigantesco vertedero hipotecario de Fannie Mae allá por 1968.

Por las mismas, uno podría seguir desvariando y alinear la antipatía de Cebrián hacia "los excesos de lo financiero" con anarquistas como Proudhon o con nazis como Gottfried Feder –el del Manifiesto contra la usura, esa secular herramienta de explotación de las finanzas judías–, pues al cabo tan excesivo ha sido lo financiero –el codicioso Wall Street– como lo real –el humilde Main Street–. ¿O acaso las barbaridades de los especulativos bancos no han sido parangonables a las del muy palpable y tradicional ladrillo? Ni los cementerios de burbujeantes viviendas hubiesen sido posibles en ausencia del exceso de las finanzas, ni los activos de los bancos se hubieran vuelto tóxicos en ausencia de excesos de malas inversiones reales. Pero, pese a todo, el sesgo y las servidumbres ideológicas parecen determinar que se carguen las tintas contra una sola de las dos caras de esa misma moneda que son los artificiales auges o booms económicos.

Mas lo relevante del artículo de Cebrián no son las torpes culpabilidades que traza cuanto las malas y contraproducentes soluciones que propone. Siguiendo su razonamiento, si quienes han fallado han sido los reguladores por no regular lo suficiente, resultará necesario transitar hacia una nueva gobernanza global, hacia un control universal al que no se le escape nada.

El problema de semejante recetario es que resulta más fácil de enunciar que de ejecutar. Sobre el papel puede sonarles bien a algunos, pero al tocar la melodía deviene sólo un cúmulo de estridencias. A nadie se le escapa que para terminar con el hambre en el mundo no basta con desearlo por Navidad o que para alcanzar la paz mundial de nada sirve prohibir la guerra como se hiciera en el Pacto Briand-Kellogg; y por idéntico motivo, tampoco lograremos erradicar las depresiones económicas creando megaorganismos globales con la misión de censurarlas.

Primero, porque cuanto más alejemos al burócrata de la realidad más desorientado se hallará. A menos que sigamos creyendo en la hiperracionalidad del ser humano, no resulta demasiado verosímil que la persona más capacitada para saber si Caja Castilla-La Mancha está extendiendo buenos préstamos a los promotores locales sea un funcionario neoyorkino procedente de Shanghai. Cuanto más separemos la información –que en este caso es extremadamente local– de la toma de decisiones –que según Cebrián debiera darse a escala planetaria– más disfuncionalidades introducirán los burócratas en nuestras vidas.

Y segundo, porque ese espejismo de control que los mandarines del estatismo promueven genera a su vez la falsa ilusión de seguridad. Si la solución a mis problemas pasa por que otro se ocupe de ellos, lo natural es que yo me despreocupe y me vuelva irresponsable. Como dice Nassim Taleb, en ocasiones es preferible no orientarse con ningún mapa antes que seguir las indicaciones de un mal mapa. Y, en este caso, el vademécum de la intelectualidad ingenieril sólo logra que la población viva en la misma falsa burbuja de seguridad que la ha llevado a pensar que el precio de la vivienda nunca caería, que los bancos nunca podían quebrar o que los Estados nunca suspenderían pagos.

Y si la solución a los problemas locales de información no reside en el control galáctico ni en timar a la población diciéndole que no corre ningún riesgo, ¿dónde cabe buscarlo? Pues en descentralizar el control, pero no en unos organismos nacionales o regionales que no sólo fracasaron estrepitosamente durante los últimos años, sino que se sumaron entusiastas al proceso de expansión del crédito.

La descentralización debe ser completa: liberalizar de verdad, ligar la toma de decisiones con el cambiante foco de una información –la económica, empresarial y financiera– que es muy dinámica, concreta y especializada. Los efectos de la superchería de que diez mentes son más hábiles que la inteligencia coordinada de 6.000 millones ya los padecimos con el gnosticismo marxista, el cual también juraba corregir la anarquía productiva del capitalismo sin entender que allá donde veía anarquía imperaba un orden que no era fruto del diseño de ninguna omnisciente cabeza pensante, sino del interactuar pedestre de millones de individuos.

Dicho de otra manera, para terminar con las crisis hay que restaurar el libre mercado, tanto en el ámbito financiero como en el real. Nada de eso hemos tenido en el último siglo, por cuanto gobiernos y bancos centrales han controlado el negocio de la creación de dinero, han refinanciado a los bancos ilíquidos y recapitalizado a los insolventes y han redistribuido la riqueza de manera nada estimulante desde los sectores productivos hacia los improductivos.

Si se parte de la base de que quien comete errores no puede suspender pagos o quebrar, lo natural es que éste cometa excesos. Si asumimos que esos excesos son el subproducto natural del libre mercado, y no de la intervención estatal previa, lo natural será pedir que se regulen y supervisen sus decisiones. Y si se acusa del fiasco de la regulación y de la supervisión, no a la imposibilidad cognitiva de controlarlo todo, sino al insuficiente tamaño de los órganos reguladores y supervisores, entonces lo natural será exigir todavía más poder para los sóviets. Antes de enterrar a Hayek deberíamos comenzar por entenderlo.

Que la fatal arrogancia de los intervencionistas no nos arrastre a la Cuarta –o Quinta– Gran Depresión.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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