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Columna publicada el 26-11-2004
No creo casual que la película de Amenábar sobre el suicidado famoso repita de modo casi exacto el argumento de una película nazi de 1941, de W. Liebeneiner: una mujer víctima de una enfermedad que la paraliza progresiva e irreversiblemente pide a su marido que la ayude a suicidarse, y éste accede. También en la película nazi se ponía en solfa la actitud cristiana y otras contrarias a tal determinación. Y no menos carácter nazi ha tenido la exclusión, en los debates preprogramados, de la voz de quienes comparten la situación del protagonista de Amenábar y que de ningún modo tienen el deseo de que los "suiciden" ni les gusta en absoluto la propagación de un tipo de argumentos muy fáciles de usar contra ellos.
Hay una diferencia, con todo. En la película nazi se condena «una ley injusta que nos impide servir al bienestar del pueblo», pues obliga a una persona a una vida indigna de ser vivida. En la película socialista (podemos llamarla así, dada la implicación del PSOE en ella) el bienestar del pueblo obviamente no cuenta, menos todavía si se trata del pueblo español, despreciado por los socialistas, como ha dejado en claro el presidente Rodríguez en varias ocasiones. La cuestión se plantea aquí con un enfoque más individualista: el protagonista tiene buenas razones para desear la muerte, y eso debe bastar. Cualquier otro punto de vista es ridiculizado mediante una moralina torpe, que puede resultar siniestra, como con razón piensan muchos tetrapléjicos.
Deben distinguirse aquí dos planos: el de la decisión personal del protagonista, y el de las causas reales de esa decisión. Todo suicida actúa porque considera su vida indigna de ser vivida. Desde luego, esa consideración personal suele venir inducida por una errada desesperación ante una situación transitoria, o por depresión psíquica. Alguien podría sostener que en todo caso debe respetarse la decisión del individuo e incluso ayudarle a cumplirla, pero la actitud más común, y que parece más sana, será la de ayudarlo, no a morir, sino a vivir mediante reflexiones de esperanza. Ahora bien, si Amenábar escoge este caso es porque cree que en él la esperanza sobra. La decisión del suicidio-eutanasia está a su juicio plenamente justificada. Quien sufra una situación similar a la del protagonista debiera ser suicidado porque su vida, objetivamente, no vale la pena continuarla.
El problema del suicidio es más complejo, porque hay situaciones de dolor insufrible y sin perspectiva de alivio, por ejemplo, en las que no se vislumbra un argumento racional contra él. Los cristianos consideran la vida como algo que no es propiedad nuestra sino como un don –lo cual es muy cierto–, y rechazan el suicidio incluso en tales circunstancias. Naturalmente en esa actitud no entra la razón, sino la fe, y por ello la discusión se vuelve casi imposible. De todas formas no radica ahí la cuestión planteada por la película, la cual constituye, de hecho, una apología de la eutanasia y el suicidio.
Entonces, ¿por qué ha disfrutado Mar adentro de tanta simpatía entre la plana mayor del socialismo, que la ha hecho suya y la promueve con todos los poderosos medios a su alcance? Una causa, fácilmente perceptible, radica en la aversión a la moral cristiana, en el intenso deseo, casi reflejo condicionado en la izquierda, de socavar y destruir las raíces cristianas de nuestra sociedad.

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