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Columna publicada el 12-04-2004
Los intentos de asesinar a Jiménez Losantos, a Ansón y a Gloria Lomana responden a una larguísima tradición de ataques de la izquierda, en España, a la vida y a la libertad de expresión de las personas. No toda la izquierda ha sido así, cierto, pero en ella los Besteiro casi siempre han llevado las de perder. Ya recordé en otro artículo cómo desde principios del siglo XX el terrorismo había sido una parte esencial de la actuación de la izquierda en su vertiente ácrata, y con cobertura y apoyo moral en la restante. Con el anarquismo, mientras su acción se dirigiera contra la derecha, fueron muy comprensivos también el nacionalismo catalán (incluso Cambó llegó a una ocasional alianza de hecho con él), o cretinos del estilo de Romanones. Y durante la república, para qué hablar. No sólo los anarquistas insistieron en sus atentados, sino que se les sumaron los socialistas. Contra una imagen radicalmente falsa, pero difundida machaconamente por historiadores tan falsos a su vez como Preston, Juliá y compañía, no fue la Falange la que inició el duelo terrorista en 1934, sino justamente el PSOE. Y el terrorismo que ha ensombrecido nuestra democracia actual ha procedido en un noventa por ciento de la izquierda y del nacionalismo vasco.
Ahora, con la manchada victoria electoral socialista, toda esa izquierda está que baila. Su odio a la libertad de expresión ajena, manifiesta en la vulneración del derecho de réplica en sus periódicos, en sus llamamientos a la censura, en la liquidación, por medio de mil bellaquerías, de órganos de expresión desafectos, etc., adquiere su mayor calidad delictiva en atentados como este último. La reacción a él tendría que ser extremadamente viva, pero veremos que la izquierda procurará disimular. Hace años, unos nacionalistas catalanes secuestraron a Federico y le dieron un tiro en la rodilla “como advertencia”. Se trataba de nacionalistas “radicales”. ¿Qué hicieron entonces los que pasaban por moderados, los de Pujol y compañía? Procuraron la mejor cobertura posible a sus hermanos de ideas, restando importancia al crimen, e incluso celebrándolo con gracietas y bromas. Para su turbia mentalidad, la víctima lo tenía merecido, por haber desafiado las cutres y ruines concepciones de Cataluña que ellos quieren imponer. Por lo demás, varios periodistas han pagado con la vida su oposición al nacionalismo vasco.
Me parece muy importante que este nuevo atentado no pase como si nada anormal hubiera ocurrido. Dice Federico que se trata de “gajes del oficio”. Y lo son, en países donde van camino de hacerse habituales la violencia, la manipulación, la histeria y la hipocresía de los amigos del diálogo con los asesinos. Precisamente por eso, quienes no nos resignamos a tal destino para España debemos movilizarnos y denunciar sin tregua los hechos. Porque estos atentados nos atacan a todos en lo más profundo, en lo más vital. No debemos consentir que se vuelvan “normales” .

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