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El derecho al asesinato

Por supuesto, la Iglesia tiene pleno derecho, en una sociedad democrática, a beatificar a sus mártires de la guerra civil, tanto más cuanto que lo hace sin espíritu revanchista. Pero, cada vez que se produce una beatificación de éstas, se levanta la protesta en sectores jacobinos y progres. Para ellos, si la Iglesia reconoce y ensalza a los suyos, reaviva el espíritu de guerra civil y va contra la reconciliación. En cambio, los que protestan pueden ensalzar y exaltar ad nauseam a las víctimas que consideran de su bando, y fomentar un espíritu sectario, falsario y desde luego nada reconciliatorio. Estoy pensando en panfletajos como el de Santos Juliá y compañía titulado Víctimas de la guerra, diseñado para instilar odio, sobre todo en la mente de los jóvenes que no tienen casi idea de lo que realmente ocurrió. Como acertó a decir una vez Anguita sobre la hipocresía de Pujol: "siembra el odio con palabras suaves". Juliá y compañía sustituyen las palabras suaves por lucubraciones seudoimparciales y aun más seudohistóricas.

En el fondo de estas actitudes hay una concepción rara vez expuesta con claridad, pero no menos evidente: los jacobinos –ya quedan pocos marxistas, al menos abiertos– tienen derecho a aplastar a quienes se opongan a sus designios, cuya sublimidad justifica todo: nunca se han conformado con menos de la emancipación del proletariado o del ser humano, y cosas así. Por contra, sus adversarios no tienen derecho a defenderse, y si lo hacen cometen un crimen. En definitiva, los clérigos y cristianos asesinados están bien asesinados, en el fondo se lo merecían y su mejor destino es el olvido, por oponerse al progreso o al "pueblo", de quienes se proclaman representantes los que ahora protestan,.

Afortunadamente, esa actitud está en regresión en la izquierda, aunque sigue presente subliminalmente en actitudes como la vista. Donde se manifiesta de lleno es en el País Vasco. Recientemente, en una cena homenaje a Raúl Guerra Garrido, éste citó algunas frases que se oyen por allá, y que resumen la situación. Un locuelo de Jarrai con la mente envenenada decía que, naturalmente, ellos tienen derecho a matar. Se supone que si a ellos les pagasen con la misma moneda, sería un crimen inexpiable. ¿Por qué? Porque ellos tienen un sublime objetivo, la "construcción nacional" –transformado en la práctica en pesadilla miserable–, que justifica todo. La izquierda jaleó ese objetivo durante largos años: un asesino era "un patriota", y los que provocaban un incremento de la represión resultaban "luchadores por la libertad". Ahora, a esos mismos les llama fascistas y nazis (como llamaba "conservadores" a los comunistas cuando la caída del muro de Berlín). ¡Ah, esa mala y retorcida conciencia de la que no acaba de librarse la izquierda!