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Columna publicada el 01-02-2001
Nadie en sus cabales puede negar que la cultura española ha sido, y en lo fundamental sigue siendo, latina y cristiana: el idioma común, el derecho, las costumbres y actitudes corrientes, la religión vastamente mayoritaria –y hasta hace pocos decenios prácticamente unánime–, etcétera. Que esa cultura quedó asentada en la Edad Media, mediante un largo combate con la cultura islámica, también salta a la vista; los restos islámicos en España son arqueología, lo mismo que los latinos y cristianos en Marruecos. También está de sobra claro, aunque algunos no quieran verlo, que esa lucha de siglos fue posible porque antes de la invasión islámica España había sido latina y cristiana, y tenido un estado propio. Gracias a ello, existió la Reconquista. Si los árabes hubieran encontrado la península en las condiciones de división cultural, política e idiomática que la encontraron los romanos, hoy seguramente seríamos un país como los del Magreb, sin valorar ahora lo fausto o infausto del hecho. Sería la realidad, sin posible comparación con otra alternativa.
Estos hechos, que constituyen nuestra identidad más básica, son sentidos como un peso o una carga insufrible por Goytisolo o Fuentes. Les parecen opresivos, los niegan o los desacreditan. Lo importante, dicen, no fue la lucha, sino el “mestizaje” cultural, que ensalzan, haya existido o no. Todos los pueblos son mestizos, aunque unos muchos y otros muy poco. Ello no constituye un mérito, ni mucho menos una obligación. Es simplemente una realidad histórica no valorable, excepto para los racistas (la manía mestizadora de Goytisolo y compañía resulta tan absurda como la contraria de los hitlerianos). Pero, si por algo sorprende el mestizaje cultural español con el Islam es por su escasez, teniendo en cuenta el prolongadísimo contacto entre ambas partes. Naturalmente en esos siglos hubo intercambios de todo tipo entre España y Al Andalus, pero en un contexto histórico de hostilidad, en que uno de los contendientes venció (en el Magreb ganaron los que en España perdieron). No debe extrañarnos. Difícilmente ocurriría en la Edad Media algo distinto de lo que ocurre ahora en Palestina, entre árabes y judíos.
La incapacidad de aceptarse a uno mismo suele ser un rasgo neurótico. ¿Puede extenderse ese rasgo a grupos sociales? Da la impresión de que sí, de que esa tara afecta a muchos españoles desde el siglo pasado. Goytisolo y sus amigos no soportan la España real –ellos la llaman, osadamente, “oficial”–, la encuentran poco progresista, poco tolerante, poco libre. No como el Marruecos de Hassan o el Méjico del PRI, insistamos en ello porque nos da una clave para interpretarlos.
Puede leer los artículos anteriores de la serie:
El pensamiento simplón, 1
El pensamiento simplón, 2

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