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Ética y ciencia

Una base del pensamiento científico es la sustitución del finalismo por la causalidad: cuando llueve, el bosque crece, pero no llueve “para” que crezca el bosque. Si creyéramos esto último estaríamos concediendo a las nubes algo así como una voluntad o designio. A menudo se ha identificado el finalismo como un rasgo del pensamiento religioso, contraponiéndolo al científico.

La ciencia ha demostrado tal capacidad explicativa y utilitaria respecto de la naturaleza, que parece destinada a dejar en anticuada e innecesaria cualquier otra forma de explicar el mundo, como la religiosa. Así, se habla de la necesidad de fundar una ética científica, y por tanto no finalista. Sin embargo, el finalismo parece connatural a la ética y, en general, a la actividad humana. A nadie se le ocurre que las cucharas son producidas porque sí, como una forma de gastar energía, y que luego la gente las usa para comer, tal como los árboles utilizan el agua que, sin ninguna intención, dejó caer la nube. O bien: la diferencia entre un asesinato y un homicidio involuntario radica en que el primero responde a un designio del homicida, y el segundo no. Y es precisamente ese finalismo el que le da su dimensión ética. Resulta difícil en extremo concebir la ética sin finalismo.

La idea de un finalismo general del mundo se forma, probablemente, por analogía con la propia experiencia humana. Nuestros actos, desde los más triviales hasta los más decisivos, están ordenados con diversos fines, sin los cuales carecerían de sentido, se volverían absurdos y no nos permitirían sobrevivir: de igual modo, el mundo, y dentro de él el conjunto de nuestra vida, debe tener una finalidad, aunque esa finalidad no pueda ser la nuestra, sino la de una voluntad o designio que nos sobrepasaría de modo completo y abrumador, y que por eso mismo es objeto de fe. Aunque muchos afirman no creer en esa voluntad, asimilable a Dios, es fácil comprobar cómo en sustitución de ella colocan enseguida algún otro objeto de fe: el progreso, la ciencia, una clase social, el destino de un pueblo, y tantos más. Objetos claramente inferiores al concepto de Dios, y, en el caso de la ciencia, contradictorio con su propia naturaleza. Al parecer, nuestra psique necesita creer que el mundo tiene un sentido, es decir, una finalidad, atribuible a uno u otro ente superior, pues sin ella la vida humana se vuelve un erial insoportablemente angustioso.

Esto plantea un problema: el de si esa necesidad psíquica da lugar a una verdad o a una ilusión. Si fuera lo último, nuestra psique necesitaría, para sobrevivir, engañarse sobre su propia realidad y la del mundo. Según he leído –disto mucho de ser un experto– nuestro cerebro segrega sustancias parecidas a la morfina u otras drogas, necesarias, aunque en cantidades mínimas, para mantener su funcionamiento “sano”. Si la producción es demasiado baja, sobrevienen las depresiones, con esa sensación de “angustia vital”, de absurdo del mundo. La cuestión sería: ¿dónde está la verdad, en la imagen inducida de algún modo por esas sustancias suavemente alucinógenas, o en la que percibimos en condiciones profundamente depresivas? La ciencia, tal como es concebida a menudo, nos llevaría a la convicción de que la verdad está en la segunda, y por ello nos abocaría a la autodestrucción. Ya lo sospechaba J. Monod, empeñado en buscar una ética no “animista”, es decir, no finalista. Esa concepción de la ciencia tiene que ser falsa, pero no parece fácil demostrarlo.