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Columna publicada el 25-11-2002
La evidencia de que la democracia actual procede del franquismo y no de la oposición antifranquista, da lugar a una cuestión clave: ¿cómo pudo ser posible? Sabemos que el antifranquismo, en general, tenía muy poco de democrático, y que insistía demasiado en los viejos fantasmas que llevaron a la guerra civil: balcanismos, violencia terrorista, simpatía (por lo menos) con el totalitario “socialismo real”, pretensión de que la democracia sólo vale si mandan las izquierdas, etc. Para quien no se deje aturdir por la propaganda, está claro que de ahí no podía salir una democracia estable, y sí, por el contrario, las mayores amenazas a su estabilidad. Pero el franquismo fue, en definitiva, una dictadura, y parece imposible que de ella naciera un régimen de libertades.
Sin embargo, el contrasentido desaparece una vez olvidamos un tópico muy repetido en estos años: el de que todas las dictaduras son iguales. Tópico absolutamente falso. Franco dejó un país próspero y modernizado, mientras que Fidel Castro o los otros dictadores marxistas, tan loados, envidiados o al menos disculpados por el antifranquismo profesional, han dejado, o dejarán, países en la ruina, donde la planta democrática sólo puede crecer con gran dificultad.
Y hay otra diferencia de más calado: la dictadura franquista era autoritaria, mientras que las comunistas eran y son totalitarias. Diferencia no sólo de grado, sino de sustancia. El autoritarismo restringe más o menos fuertemente las libertades políticas, pero en general no pretende que la política “lo es todo”, y por tanto no se mete, o lo hace sólo en pequeña medida, en el ámbito de la libertad personal, aquella de la que Solyenitsin se sorprendía al visitar España. El totalitarismo, en cambio, encuentra en la política la clave de la felicidad y la “desalienación” del ser humano, y aspira a extender sus dogmas hasta las manifestaciones más íntimas de la personalidad. Buscaba crear “el hombre nuevo”, nada menos. Tal cosa no ocurrió en España ni siquiera en los años más duros de la posguerra. La propaganda machacona y omnipresente, o el control sobre la expresión de ideas incluso entre amigos, a partir de un aparato policial extendido manzana por manzana de casas, que convierte a los ciudadanos en chivatos unos de otros, eso nunca existió aquí. Y en la etapa final del franquismo, baste recordar que varios de los órganos de prensa más conocidos, como Triunfo o Cuadernos para el diálogo, eran en muy alta medida medios de difusión marxistas.
La dictadura de Franco nació de una guerra provocada por las izquierdas, que por desgracia conservan demasiados ramalazos de aquella época. Pretendió al principio ser una alternativa, no sólo a la revolución, sino a la democracia liberal, pero, a pesar de sus éxitos económicos y otros, su receta se fue agotando ella sola, y al final, en el seno mismo del régimen, se impuso la salida democrática. Muchos izquierdistas pretenden que, en definitiva, la II República es el referente de la democracia actual, reduciendo el franquismo a un paréntesis penoso. Nada de eso. El referente del régimen actual es la Restauración liberal, de la que viene a ser una versión democratizada y mejorada. Inspirarse en la catastrófica II República, hundida por las propias izquierdas, es querer volver a la catástrofe.

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