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Moncloa

La táctica del señor Rajoy

El señor Rajoy ha tenido la amabilidad de aclararnos reiteradamente que a él lo que le apetece es ir a la Moncloa, y no como visitante, sino como inquilino. Noble apetencia a la que, sin duda, tiene pleno derecho, como cualquier ciudadano, hasta el más chiflado. El mismo señor Rodríguez, sin ir más lejos, le preguntó a su madre, en el lecho de muerte: "Mamá, ¿crees que voy a ser presidente?". Y la madre, "con la parte más íntima de su cariño", debemos suponer que le dijo que sí, aunque no he llegado a leer la respuesta, si la hubo en trance tan extremo (entiendo que con estas cosas no caben bromas, pero es el señor Rodríguez, con su peculiar idiosincrasia, quien les da un toque no menos peculiar). Como fuere, el señor Rodríguez parece convencido de que la respuesta a su pregunta fue positiva, por lo que se consideró obligado, en lo sucesivo, a cumplir fiel y abnegadamente la creencia materna, y ya ven lo que hace la fe: observadores superficiales dirán que el señor Rodríguez es un bobo solemne, pero, lo sea o no, ahí lo tienen en la Moncloa, como quien no quiere la cosa. Que ya les gustaría a muchos envidiosos.

El señor Rajoy, pues, también quiere ser presidente, por las razones que sea y que él presumiblemente conoce bien y no tiene por qué andar por ahí contándolas al primero que pase. Y, como es lógico y no cabía esperar menos de una persona inteligente, ha estudiado a conciencia la táctica para alcanzar su admirable objetivo, porque en ese terreno no se puede ni se debe obrar a tontas y a locas, máxime cuando él sabe, por experiencia, que tiene enfrente un duro competidor que ya lo ha derrotado dos veces, la primera a pesar de partir el señor Rajoy con un margen de ventaja muy grande. No hay enemigo pequeño, dice con toda razón la sabiduría popular.

Y es que, con todo su derecho ciudadano a cuestas, un aspirante a la Moncloa tiene ante sí una ardua tarea necesitada de hondas reflexiones y de una energía fuera de lo común, razón por la que la Moncloa no está superpoblada de ciudadanos con muchos derechos, sí, pero sin aquellas otras cualidades precisas. Dicho de otro modo, la cosa exige una táctica bien elaborada y una firmeza de carácter que, por doloroso que sea reconocerlo, no están al alcance de cualquiera. Si el aspirante es un hombre burdo y poco cultivado, de esos que llaman de principios o de ideas, ejercerá una oposición digamos robusta denunciando, por ejemplo, que Rodríguez ha colaborado con la ETA, que ha hecho polvo la Constitución, que amenaza la integridad de la nación, corroe la independencia judicial, financia la recuperación de los odios de la guerra civil, impone leyes totalitarias o una enseñanza del mismo estilo, etc. Eso es seguramente lo que haría cualquier aspirante de mente primaria y sin dos dedos de frente. Pero el aspirante Rajoy está muy por encima de esas fruslerías: "¿Qué ganamos con denuncias semejantes? Crispar a la gente, angustiarla, inquietarla, y eso es lo último que debe hacer un profesional de la política. Por ahí no vas a ningún lado". Efectivamente. Un táctico de su categoría se percata al primer golpe de vista de que, si el señor Rodríguez ha hecho lo que ha hecho y ha ganado dos elecciones y sigue en el poder, sólo puede deberse a que ha obrado con acierto, a que lo que ha hecho está muy bien hecho. Y así el señor Rajoy, con sutileza taoísta, imita concienzudamente los logros del señor Rodríguez en todo lo que le permite su momentánea permanencia en la oposición y el poder de que dispone en las regiones donde gobierna el PP.

Una persona poco perspicaz y lega en las sofisticaciones de la política objetará: "Pero si hace lo mismo que Rodríguez, nunca conseguirá desplazarlo, porque la ciudadanía ya tiene a Rodríguez haciendo esas cosas, ¿para qué necesita entonces a Rajoy?". Este modo de razonar sonará convincente a hombres y mujeres de mentalidad simple, pero no, desde luego, al señor Rajoy, que las caza al vuelo. La objeción antedicha presupone que los ciudadanos son en alguna medida inteligentes, y el señor Rajoy sabe muy bien que distan mucho de ser lumbreras, pues si no, ¿cómo han podido dar sus votos a un bobo solemne, como ha definido, no entramos si con acierto o no, al actual inquilino de la Moncloa? No, la táctica de un aspirante inteligente de verdad tiene que ser doble: hacer como el bobo –solemne pero exitoso–, y esperar pacientemente a que éste se desgaste. Porque una ley de la política es que el poder termina desgastando al más pintado. Y entonces será la gran ocasión del señor Rajoy: entrará en la Moncloa para quedarse allí unos añitos, los españoles nos sentiremos orgullosos de su hazaña, él será feliz y los demás no menos. Porque la felicidad es lo que tiene, que se contagia.
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