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Crisis del PP

La traición y la sandez

Dice Rajoy que "no se puede reprochar nada a la política antiterrorista del Gobierno desde el 9-M". Por supuesto, él no está en posición de reprocharle nada: Zapo organizó la colaboración con la ETA y la legalización y premio a los asesinos y él nunca lo denunció en sus verdaderos términos; para sus tratos con los terroristas, el Gobierno comenzó el desmantelamiento de la Constitución y la balcanización de España, y Rajoy no hizo otra cosa que seguir por la misma vía: ¿qué reproche podía hacer nuestro futurista? Pero los negocios salieron a medias, la ETA no se conformó y ahora los socios andan a tortas entre ellos... con la perspectiva de volver a los acuerdos, como sabe perfectamente el político de la nena angloparlante, que por ello tampoco se siente obligado a reprochar nada al Gobierno, cuya política ha seguido desde hace ya cuatro años, como mínimo desde la constitución de Giscard.

¿De dónde viene todo esto? De una ausencia radical de honradez, que permite a Rajoy, como a Zapo, todas las traiciones, y de un ansia de poder tan irreprimible como torpe. Hace unos días participé en una tertulia por la que han pasado diversos personajes de la política, entre ellos Arriola. Este les explicó, según me contaron: "Yo soy un técnico en ganar elecciones, no entro en cuestiones de valores o de principios. Y en España, para gobernar es preciso sacar más de diez millones de votos. ¿De dónde van a salir? Solo pueden salir de los votantes socialistas o nacionalistas. No hay más historias. Por consiguiente, se trata de conseguir esos votos para poder gobernar."

En parte es verdad, y en parte no, pues hay una masa de abstención, en principio movilizable, que no se siente hoy representada en ningún partido político. Y en cuanto a atraerse a esos votantes ¿cómo hacerlo? Arriola cree que debe hacerse entrando a competir en el terreno de la demagogia socialista y separatista, en lugar de desafiarla. Por tanto, y contra sus pretensiones tecnocráticas, él sí defiende unos principios y unos valores: los mismos, aproximadamente, que socialistas y separatistas: ese oportunismo desvergonzado es también un valor, a su modo. Y propone, en consecuencia, privar a la derecha de sus propios valores, invertirlos dolosamente desde la cumbre del partido. Gallardón, el hombre de El País en el PP, muy en sintonía con Rajoy y empleando un lenguaje tipo Prisa, proclama triunfalmente esa traición: "El PP no es de derechas ni de los radicales de la derecha." De este modo España sería el único país de Europa sin derecha. Vieja tónica arrastrada desde tiempos de Alfonso XIII: "Podemos traicionar impunemente a nuestros votantes, pues, por la cuenta que les trae, siempre nos votarán como mal menor." Y no dejan de tener algo de razón, solo necesitamos mirar el desconcierto y la flojera casi inverosímil con que la derecha se está dejando birlar el partido en sus propias narices.

Claro que esa política futurista es muy arriesgada para su propio objetivo, en el fondo muy sandia: probablemente ganará muy pocos votos donde lo desea, y perderá muchos más en su propio campo, y así pueden ver alejarse las poltronas. Los arriolas, rajoyes y gallardones se están permitiendo despreciar demasiado abiertamente los principios por los que mucha gente, engañada, les ha votado, y la estafa está quedando demasiado patente. Su única fuerza, su única esperanza, radica en la torpeza todavía mayor, la inanidad y ausencia de liderazgo de la derecha en el partido. ¡Qué situación!