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Historia y propaganda

Las palabras y los hechos

Mientras investigaba sobre la Guerra Civil me asombraba el cúmulo de falsedades que han pasado en estos años por historiografía seria. En casi cualquier tema que abordase, la mentira, a veces realmente grosera, estaba presente en un grado escandaloso. Con frecuencia era innecesario descender a los hechos para descubrirla, bastaba aplicar un poco de lógica para notar la imposibilidad de muchas afirmaciones. Así en casos como los de Reig Tapia o Blanco Escolá. ¿A qué obedecía esta constante mixtificación? No cabe pensar que tantos estudiosos fueran mentirosos compulsivos. Las causas son menos personales. En primer lugar, los historiadores marxistas, empezando por Tuñón de Lara, creen su deber tomar partido ante la lucha de clases que, en su irreflexiva opinión, ha marcado y explica la historia. Y ese “compromiso” con lo que ellos llaman el proletariado les conduce fatalmente a desvirtuar por sistema los hechos. Para ellos, la historiografía se reduce a propaganda.
 
Pero topamos con el mismo problema en estudiosos no marxistas, en Juliá o Tusell, por poner dos casos típicos. En parte ello obedece al enorme y aún persistente influjo del marxismo en las disciplinas académicas desde los años 60. Tusell, por ejemplo, siendo más bien democristiano, siente por Tuñón, padre del marxismo cañí, una admiración beata. E influye el prurito de pasar por progresista o antifranquista. Esto pesa mucho en el ánimo de bastantes funcionarios de la universidad, donde la presión “progre” en estos años se ha vuelto asfixiante, y peligroso desafiarla para la promoción profesional. Para los progres un libro de historia no es ante todo más o menos verídico o falaz, sino franquista o antifranquista, reaccionario o progresista. De ahí que autores clave como los hermanos Salas, Martínez Bande o Bolloten sean preteridos, no digamos ya Ricardo de la Cierva, atacado con saña por quienes tan inferiores le son. Con el enfoque progre, el arduo problema de la verdad histórica se esfuma, y todo se reduce a emplear las etiquetas adecuadas. He ahí una causa de la mediocridad intelectual de la universidad española, denunciada hace poco por Stanley Payne.
 
Falsear la historia de modo tan sistemático exige método. En gran medida éste consiste en sustituir los hechos por las palabras. Toda persona cae en contradicciones, y todo político sabe decir frases biensonantes (es parte de la profesión). El historiador debe distinguir qué palabras son relevantes, cosa a menudo difícil. Azaña, por ejemplo, tiene frases humanitarias y sectarias, liberales y antiliberales, a favor y en contra de la democracia. Basta, por tanto, seleccionar las de sentido humanitario y democrático para crear una leyenda; y, sus enemigos pueden realizar la operación contraria para crear una impresión desfavorable, pero igualmente falsa o incompleta. La cuestión sólo puede resolverse atendiendo a los hechos. La actitud de Azaña ante la quema de conventos y bibliotecas fue un hecho, acompañado de una frase célebre. Con la Ley de Defensa de la República cerró más periódicos que nunca antes, hizo detener sin acusación a cientos de personas y practicó una serie de arbitrariedades culminadas en la matanza de Casas Viejas. Relacionar palabras y hechos puede parecer una obviedad, debiera serlo, pero no lo es. Los panegiristas de Azaña no suelen hacerlo, u olvidan simplemente los hechos, o los minusvaloran. Naturalmente, la historia resultante no puede ser muy seria, y basta hundir el aguijón crítico para percibir la flojera de tantos y tantos estudios.
 
Estas reflexiones me vienen a la cabeza por una reciente entrevista a Paul Preston en El País, con motivo de un libro que prepara… ¡para el otoño del año próximo! Sirva de ejemplo de cómo hace la izquierda sus campañas, sin complejo alguno: un año y medio antes ya empieza a publicitar y poner en candelero un libro que le conviene. Yo estoy teniendo dificultades para convencer a mucha gente de prestar atención al 70 aniversario de la guerra civil, que se cumple este año. La derecha suele ser así de obtusa y pasiva.
 
El nuevo libro de Preston será… como todos los suyos, es decir, un cúmulo de desvirtuaciones. Podría parecer injusta o apresurada esta opinión, pero la entrevista no puede resultar más reveladora. Dice el autor: “el capitán Gonzalo de Aguilera, otro oficial del Ejército de Franco, que era el enlace entre las columnas y la prensa extranjera, afirmaba que en el siglo XIX la gente de bien había cometido el error de promover la higiene y las alcantarillas, alejando así el fantasma de la peste, que antes de eso, por voluntad de Dios, se ocupaba de diezmar los barrios obreros. Ésa era la razón, según él, por la cual los militares debían encargarse de esa depuración. Una anécdota así cuenta más que cualquier estadística”. ¿De veras? Para un propagandista tales palabras constituyen una verdadera joya, y le importará poco si fueron pronunciadas como una broma o una boutade. Pero un historiador sólo puede encontrarlas relevantes si se traducen en hechos: si el régimen de Franco hubiera destruido las alcantarillas y propiciado la suciedad pública. Sin embargo sabemos que hizo exactamente lo contrario. ¿Cómo lo sabemos? Por los índices de mortalidad. En la zona nacional, durante la guerra, la sobremortalidad por enfermedades fue incomparablemente menor que en la zona izquierdista. Y después de la guerra, a pesar de las difíciles condiciones materiales, la mortalidad continuó bajando, y muy señaladamente la infantil, con un descenso más rápido que en cualquier período anterior. Así pues, y contra la opinión del propagandista Preston, un historiador debe dar más valor a los hechos y a las estadísticas que a las frases, y relacionar unas con otros constantemente. Debiera ser obvio, ya lo he dicho, pero está claro que no lo es.
 
Otra idea de propagandista y no de historiador: “Sadam Husein admiraba muchísimo a Franco (…) La represión y la crueldad también los asemejan. Las fosas comunes halladas en Irak no difieren mucho de las que se están encontrando en España”. ¿Admiraba Sadam a Franco? Tal vez, pero en los hechos Sadam se relacionó especialmente con la URSS, lo cual jamás hizo ni habría hecho Franco. Y, a la inversa, quienes más sintieron el derrocamiento de Sadam y le apoyaron directa o indirectamente, o disimularon sus crímenes o dieron mayor énfasis a la supuesta mortandad causada por Usa, fueron países como Francia y, en general, la opinión internacional de izquierdas, cosa que nunca habrían hecho con Franco. Por otra parte, Sadam perpetró grandes matanzas hasta casi su último día, y Franco sólo fusiló a gran número de personas a raíz de una guerra en que sus enemigos habían hecho lo mismo, o en mayor escala. La afirmación de que las fosas comunes de Irak, con miles y miles de personas asesinadas, incluyendo niños y mujeres, se parecen a las de Franco, no pasa de pura palabrería. Los grupos dedicados a abrir fosas en España, en cuatro años de trabajo intenso sólo han encontrado 200 cadáveres en decenas de fosas, muchos de ellos víctimas, con toda probabilidad, no de fusilamientos, sino de combates (Los desenterradores no suelen distinguir, como no suelen hacerlo entre los inocentes y los culpables de graves crímenes fusilados después de la guerra).
 
Asegura Preston que las víctimas de la represión franquista ascienden a unas 100.000, e intenta desenterrar los odios, cultivando artificialmente el horror: “Si consideramos el horror mundial que hubo, por ejemplo, ante los crímenes de Pinochet, que ocasionaron entre 3.000 y 4.000 muertos, la diferencia es abismal”. Los estudios más solventes revelan que el número de fusilados por los franquistas está en torno a 60.000, contra otros tantos o algunos más por sus contrarios. Y, cierto, los 3.000 ó 4.000 muertos de Pinochet causaron más horror, seguramente, que los dos millones de Pol Pot o las decenas y decenas de miles de Sadam y de tantos otros tiranos “progresistas”. Lo cual sólo demuestra que la propaganda de los Preston y compañía ha sido mucho más eficaz que la contraria. Y que ha destruido y sigue destruyendo en buena parte la verdad histórica.

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