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Latinoamérica e Hispanoamérica

Como Vigo era antaño un puerto de emigración hacia América, había mucha relación con aquellos países. Recuerdo, de cuando era adolescente, por los años 60, los comentarios de gente que había vivido en países suramericanos: “la política es un negocio, o mejor dicho, una forma de robar. Nada más. Mucha retórica de patria y de libertad, y todos van a lo mismo”. Los crudos sucesos que contaban para ilustrar su teoría me sorprendían muchísimo. Naturalmente, también en España existía corrupción, pero nada comparable, al menos, hasta la llegada de los socialistas al poder, a la descrita por aquellas personas.

La corrupción empieza en el plano intelectual. Una política basada en conceptos falsos, genera inevitablemente corrupción. El PSOE, por ejemplo, al abandonar oficialmente el marxismo, no tuvo nada con qué reemplazarlo, salvo ideas de un marxismo diluido, en especial sobre la guerra civil, la historia de España en general, o la economía. Su “liberalización” se tradujo en puro oportunismo, demagogia y habilidad palabrera para ganar votos: ¡aquellos imaginarios “cien años de honradez”! En más de un sentido, el PSOE significó la latinoamericanización de España, con el PRI mejicano –corrupción institucionalizada, sumisión del poder judicial al ejecutivo–, como horizonte programático. Algo que ahora pretende hacer olvidar Zapatero sin haber reformado, ni siquiera criticado, semejante legado.

Otro aspecto de la latinoamericanización felipista fue la práctica erradicación del término Hispanoamérica del lenguaje oficial y de los medios, tal como la misma palabra España se usaba lo menos posible, transformada en “Estado español”. En lo último se seguía la voluntad de los nacionalismos balcanizantes, alérgicos al concepto de España; en lo primero, la de las clases políticas americanas, en gran medida empeñadas, desde la independencia, en cortar las raíces hispanas: “La tarea de los nuevos países consiste en desespañolizarse”, vino a decir alguno de aquellos nobles próceres. Todos ellos prefieren llamarse latinoamericanos, término de origen francés y de intención evidente, pero aceptado por los políticos de ultramar con tanto entusiasmo como falta de respeto a sí mismos.

La realidad ha impuesto “Latinoamérica”, cosa no del todo injusta, pues esa palabra, conceptualmente corrupta, resume la realidad histórica de unos países desgraciadamente conocidos por fenómenos como el narcotráfico, las guerrillas mesiánicas, el golpismo, la retórica hueca y las manías de grandeza y mezcladas con una esencial falta de autorrespeto, la ineptitud y latrocinio políticos, etc.

Convendría, en cambio, volver a usar el término Hispanoamérica cuando nos refiriéramos a los aspectos positivos y esperanzadores que también surgen en esos países que, después de todo, son los nuestros.