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Granada

Mi primer viaje a pie

En verano de 1980 vivía con mi compañera de entonces en una buhardilla de la calle Buenavista, cerca de Lavapiés. Tres años antes había tenido la suerte de que me echaran del PCE(r)-Grapo, pero seguía en la clandestinidad. Ella en cambio, no era perseguida y podía trabajar, no sé si todavía de asistenta o ya de profesora. Como su familia no conocía nuestra relación, ni convenía que la conociera, se había ido al pueblo con sus padres.
 
El calor en la buhardilla era tremendo, y para dormir salpicaba de agua las sábanas. Entre eso y un rato de lectura iba conciliando el sueño. Una de las cosas que leí fue el Viaje a la Alcarria, de Cela, una obra maestra me pareció, y se me ocurrió imitarle. Conservaba un carné de identidad bien falsificado por el aparato del partido en que había militado, y por ese lado no esperaba problemas. Pensé ir a Granada, cruzar la sierra a pie y subir luego a las Alpujarras.
 
Llegué a Granada y pasé dos días visitando la ciudad. Fue hacia el 1 de agosto, lo sé porque acabo de consultar en Internet la fecha del asesinato de los marqueses de Urquijo, y coincidió con él mi llegada a la ciudad andaluza. Si no, habría dudado no ya del día, sino el año de aquel viaje.
 
Cuando di por vista la bella ciudad, emprendí el camino a través de la vega, hacia las montañas del sur. Fue un paseo muy agradable, y en torno a mediodía llegué a una tabernilla tras la cual se extendía al monte, primero una bajada poco abrupta, en cuyo fondo había un cortijo, y después una subida a unas crestas razonablemente altas o bajas, según se prefiera. Tomé unas cervezas, comí algo, y me sentí tan contento y pletórico de fuerzas que pregunté al tabernero la dirección aproximada para atravesar la sierra. El sol caía con rudeza, y mi propósito pareció una chifladura al hombre y a otros parroquianos presentes. No había camino más allá del cortijo, o no me venía bien, pues tenía intención de cortar terreno en la línea más recta posible.
 
Al fondo del valle corría un riachuelo fácil de cruzar. Encontré en el agua, atascada en unas piedras, una rama que casi hacía un bastón, con puño en forma de tau. La recorté un poco con cuchillo y la guardo aún. Ante mí tenía una subida sin sombra, pues aunque el terreno estaba sembrado de pinos, éstos eran muy bajos. Tampoco llevaba sombrero, así que cubrí la cabeza con un pañuelo, haciendo nudos en los extremos, y lo humedecí con agua de la cantimplora. A la izquierda algo lejos, presidían unos montes de aspecto lunar, de desnuda piedra blanquecina reverberando al sol. No tenía que cruzarlos, pero sólo mirarlos daba agobio. Empecé a comprender que había cometido un error
 
Marché cuesta arriba por el terreno irregular, pedregoso, cubierto de matojos y pinos enanos. Procuraba fijarme en el suelo para no pisar alguna víbora o escorpión, que por aquellos andurriales no debían faltar. Siempre me había gustado andar fuera de los caminos, pero una cosa es hacerlo ocasionalmente por poco rato, y otra subir y subir, con pasos irregulares, dando pequeños rodeos por esquivar peñas y matrrales, bajo el peso de la mochila y el mucho más duro del sol. Dos kilómetros así fatigan más que diez por sendero. No llevaba brújula, y sólo un mapa de carreteras, pero resultaba fácil guiarse por las sombras y la orientación de los montes. Pronto acabé el agua de la cantimplora, pero, pensé, después de coronar el monte vendría la cómoda bajada hacia los cultivos y pueblos del otro lado, donde saciaría la sed.
 
¡Cuál no sería mi sorpresa cuando, al llegar a la cresta, sólo había una corta bajada con subida posterior hacia otra montaña más alta! Algo desalentado, me resigné a continuar, inevitablemente campo a través. Pero al rebasar la segunda altura vi otra más por delante ¡Y quién sabe cuántas seguirían! Me sentía exhausto, pero no podía permitirme el descanso porque ¿y si la noche me sorprendía en aquellos parajes solitarios? Portaba un endeble saco de dormir, pero pernoctar a la intemperie me desagradaba, y las pocas veces que lo había hecho amanecía muy picado de bichos. La sensación de soledad, de cansancio y de sed, me produjo curiosas fantasías: en una, marchaba con otros, como legionario, por las montañas de África, al borde del agotamiento, pero el sargento insistía en seguir, y seguir, y seguir, hasta que, no soportándolo, medio enloquecido, disparaba contra él. Pero no un sargento, sino yo mismo me había metido en el berenjenal.
 
Otra bajada y subida, y otra más, pero, ¡al fin!, una pista forestal entre bosques de verdad, de sombra tan grata. La pista iba más hacia el oeste que hacia el sur, pero seguramente permitiría cruzar la sierra, aunque más atrás de lo que yo tenía previsto. En todo caso caminar por ella con pasos rítmicos, regulares, era una delicia. La sed se hacía sentir de verdad, pero recobré ánimos. Y esos ánimos me incitaron a arriesgarme. Cerca de la pista, en dirección sur, descubrí el lecho seco de un torrente, arenoso y plano. Tras vacilar un momento, decidí seguirlo, por atajar. Por un trecho anduve cómodamente. Al cabo de unos cientos de metros había un desnivel, de medio metro, molesto para el cansado, pero fácil de superar. A cosa de un kilómetro, otro desnivel, más pronunciado, pero también superable. Luego la torrentera se hundía progresivamente en el suelo, que a ambos lados se mostraba abrupto y cubierto de árboles y matorral espeso.
 
Y, de pronto, un nuevo desnivel de cerca de cuatro metros, una caída de pared negra y lisa, de basalto, supongo, que en época de lluvias debía formar una bonita cascada. Con una cuerda fina y resistente bajé la mochila hasta el fondo y después me colgué del borde por las manos. Miré abajo y no me resolví a saltar: podría romperme una pierna, o torcerme un tobillo… El riesgo no era mucho para una persona ágil, pero en aquellas soledades un accidente habría resultado harto dramático, y opté por la prudencia. Me alcé a pulso, y con bastante trabajo me senté en el borde, considerando la situación casi desesperado. No tenía otra salida que rodear la seca cascada trepando entre los matorrales de una ladera para descender luego hasta el lecho del torrente. Sudoroso y sucio, me apliqué a la maniobra, pronunciando maldiciones y palabrotas casi a gritos, para desahogarme. Muy arañado por el ramaje, llegué hasta donde quería, recogí el macuto y seguí la marcha, con miedo de topar con otro salto parecido. Pero ya sólo hubo pequeños desniveles, mientras el monte se abría a ambos lados y aparecían al poco los llanos y los campos de naranjos.
 
Bastante derrengado, pero relativamente alegre por el fin de la travesía, buscando con la mirada alguna fuente que no hallé, arribé por fin a un pueblo, no recuerdo cuál. Entré en una tasca y tomé tres o cuatro cervezas seguidas, luego di con una fuente pública y bebí agua. Nunca había bebido tanto en tan poco tiempo, y temí que me dañara. Ya atardecía. Las pensiones del pueblo estaban llenas. Seguí hasta el pueblo siguiente, Dúrcal, creo, el único nombre que recuerdo, por asociación con la cantante famosa. Tampoco allí había posada para mí. Continué por la carretera y al cabo vi una fonda, a la izquierda. En el bajo había un bar, y tomé alguna bebida más. Mucha gente hablando y una televisión ruidosa. Dos críos como de once años me observaban con curiosidad, y uno me preguntó de dónde venía. Les dije que había atravesado la sierra a pie, y los dos abrieron ojos admirados. Bueno, pensé, una pequeña compensación moral. Me sentía mejor y seguí contestando a sus preguntas. Uno tiró de la camisa de su padre, que charlaba con otros en la barra, para que compartiera su admiración: “Mira, este señor ha venido desde Granada él solo por el monte, andando”. El papá me dirigió una mirada desdeñosa, como diciendo “Menudo gilipollas, pudiendo venir tan cómodamente en el coche por la carretera…”. Le devolví la mirada y él siguió con su charla. Le faltaba espíritu de aventura.
 
Pregunté a la señora que servía si tenían habitaciones libres. Tenían una, interior, junto al baño. Nada más apetecible que una ducha. Entré en la bañera y estuve largo rato dejando caer sobre mí el agua, caliente y fría. Luego, al intentar abrir la puerta, no hubo forma. ¡Lo que faltaba, quedar encerrado, tal vez durante horas, porque quién se enteraría, con el ruido del bar…! A los diez minutos de aporrear enérgicamente la puerta tuve suerte, y subió la señora. “¡Ay, perdone usted! Ya nos ha pasado otras veces, es que la cerradura está mal, sabe usted, tenemos que cambiarla… Es que está mal por dentro…”. Demasiado cansado para enfadarme, pude al fin echarme en la piltra y recuperarme de una jornada… ¿cómo calificarla? Desafortunada, creo.
 
No me recuperé tanto como deseaba. A la mañana siguiente desperté con agujetas feroces por todo el cuerpo y un atontamiento peor del habitual. Me puse en camino con andar pesado y ánimo un poco ensombrecido, y a los ocho o diez kilómetros me rendí. Nada de Alpujarras. Iría a Motril, a reposar en la playa. Intenté ir a dedo por ahorrar del poco dinero que llevaba, pero nadie paraba. Mi aspecto un tanto desastrado no debía de inspirar confianza ni compasión. Por fin tomé un autobús hasta la costa, y fui directamente hasta una playa pequeña, con poca gente. Era mediodía, nadé un poco, di cuenta de un generoso bocadillo, y me tumbé en la arena… con tan mala suerte que quedé dormido. No sé cuánto tiempo dormí, pero al despertar estaba colorado como un cangrejo. La ropa me hacía daño en la piel.
 
¿A quién no le aplastan tantas desdichas una detrás de otra? ¿Y si, para colmo, no encontraba fonda, por ser temporada alta, o tenía que pasar horas buscándola? Puse pies a la obra, con talante algo sombrío, pero, menos mal, al tercer intento la encontré. Reanimado por el éxito, salí a una tasca a cenarme un buen bocadillo con vino. Entraron unos moros que apenas hablaban español. El dueño del bar no paraba de murmurar: “¿Por qué no se irán a su tierra, estos tíos? ¿Qué coño vendrán a hacer aquí?”. Pero fue honrado con ellos. Le pidieron un bocadillo de jamón, y les advirtió: “No puede ser. Galufo, galufo. Cerdo”. Tal vez lo sabían, pero hubieron de pedir otra cosa. Salí a tomar café a una terraza. Un placer sentarse allí en calma, contemplando el ir y venir de la gente del pueblo y los turistas, mientras oscurecía y la brisa refrescaba el ambiente. Hasta que una pandilla de chavales pasó en motos, haciendo un ruido infernal. Los maldije de corazón, pero era inútil. Al poco pasaron otros, y otros más.
 
Estuve otro día en Motril. La piel perdió su excesiva sensibilidad y las agujetas cedieron. Conté el dinero que me quedaba y tomé un bus a Madrid. El conductor no paró de poner canciones andaluzas. Una de ellas dedicada al noble oficio del afilador, tan gallego.
 
Bien… Como para renunciar. Pero comprendí que había cometido errores de principiante. Uno debe evitar en lo posible andar fuera de los caminos, valerse de mapas militares, y empezar los primeros días con marchas suaves, de no más de veinte kilómetros. Además estaba contento de haber superado pasablemente la prueba. Viajar a pie y en solitario, mientras pude, se convertiría en una de mis aficiones preferidas. Una de las cosas más agradables que he hecho en la vida.

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