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Columna publicada el 20-02-2001
El 26 de noviembre de 1869, aun reciente el derrocamiento de Isabel II, los diputados republicanos se dispusieron a probar en las Cortes la superioridad del ateísmo sobre el budismo, el islamismo y el cristianismo. Decían huir de “la fe, el cielo, Dios”, para afirmar “la ciencia, la tierra, el hombre”. Simplezas así siempre han colmado las ansias intelectuales de nuestros republicanos que, como es sabido, no han dejado en su dilatada historia una sola obra de pensamiento político medianamente seria. En fin, el presidente de las Cortes, tras oír una buena tanda de parrafadas de ese tenor, advirtió que demostrar la superioridad espiritual de una u otra doctrina estaba bien para una discusión académica, pero sobraba en el Parlamento. Los republicanos, por supuesto, lo tomaron muy a mal, y abandonaron la sala entre protestas e invocaciones a la libertad de expresión.
La anécdota trae a la memoria una célebre asamblea del Ateneo que votó si Dios existía, y salió una mayoría de noes, dejando la cuestión democráticamente, es decir, definitivamente zanjada. Estas cosas reflejan ese estilo delirante del jacobinismo español, al que se refería el buen y breve rey Amadeo cuando, poco antes de abandonar la empresa, clamaba: Io non capisco niente. Siamo in una gabbia de pazzi (“estamos en una jaula de locos”). Ya sabemos a qué abocó la experiencia: a la I Republica, que a punto estuvo de destruir a España como nación, hasta que el general Pavía, él mismo republicano, pero menos alucinado, cortó por lo sano.
La II Republica, basta consultar las memorias y testimonios de los republicanos, repitió la primera, y terminó mucho peor. Creo que la define aquel discurso, aplaudido con frenesí, en que Azaña proclamó, en nombre del “realismo político”, la no catolicidad de España, y, en nombre de “la libertad”, cercenó las libertades de asociación, expresión y enseñanza.
Parecía que las retóricas violentas y vacuas propias de esa tradición estaban superadas. Así lo expresa Tierno Galván en sus memorias: “El español que yo apenas había encontrado en España, lo veía repetido en la mayor parte de los exiliados. Tendían a dárselas de broncos, de amigos del chiste obsceno, propicios, no a los excesos eróticos, sino a la lujuria. El falso español dado a la agresión, la batalla, la palabrota, el desaire y la autoafirmación continua”.
Pero Tierno se equivocaba. Desde hace años asistimos a una beata exaltación de la II República, en que la desvirtuazación histórica llega a la obscenidad, compitiendo la mala fe con la ignorancia. Creo que si alguna vez vuelve una república y vuelve para bien, tendrá que ser sobre la exclusión, por no decir la abierta condena, de las experiencias anteriores.

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