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Un problema de enseñanza, acaso

Comentando la aparente dificultad del profesor Peces-Barba y otros para percibir problemas o, dicho de otro modo, su tendencia a sermonear sin reparar en los aspectos quebradizos de sus bases doctrinales, un amigo me hacía observar la inmensa masa de escritos que el marxismo generó en España: desde artículos y colecciones de revistas a tratados más o menos filosóficos, desde interpretaciones psicológicas hasta historias de España, de Alemania, explicaciones de la Reconquista de lo que fuera, incluyendo alguna minuciosa historia del mundo en bastantes volúmenes, devotamente histórico-materialista.

El rasgo central de esta tremenda producción fue, aparte su seguridad de alumbrar y poseer el porvenir, su incapacidad para someter a crítica las tesis de las que partían, para percibir el menor elemento problemático en ellas. Todo estaba clarísimo, y bastaba aplicar el método de Marx para que florecieran inagotables plantaciones de saber productivo y proletario. Hoy ese material –bibliotecas enteras–, yace en el polvo de un olvido no por merecido menos melancólico, que daría tema abundante al autor del Eclesiastés, con tal intensidad sugiere la futilidad del esfuerzo humano.

El caso está extendidísimo. Por ejemplo, señalaba mi interlocutor, en nuestro país existe un buen número de economistas equiparables, en conocimientos y capacidad técnica, a los de cualquier país desarrollado. Sin embargo no hay un solo economista teórico importante, es decir, alguien capaz de plantearse problemas de fondo e intentar darles solución razonable.

Lo mismo ocurre con los ingenieros y científicos, muchos de ellos magníficos en su oficio, pero de quienes han salido tan pocas invenciones, teorías o descubrimientos. Más peligroso es ese defecto en las ciencias humanas, donde, como indica el caso del marxismo, unos principios generales aceptados sin crítica tienden a generar estudios y libros en serie, ciegos ante una realidad por lo común insumisa a dichos principios.

Una causa de ello debe de estar en la enseñanza, demasiado orientada a lo profesional o a la erudición, cosas ambas muy recomendables, salvo si asfixian el espíritu investigador. Ya Menéndez Pelayo encontró en ese pragmatismo chato, esa incapacidad para salirse del camino trillado, para el esfuerzo desinteresado y la audacia especulativa, la raíz de nuestra debilidad científica y filosófica. Aunque España produjo el Quijote, no es el nuestro, desde hace varios siglos un país de quijotes, sino de sanchos con poca gracia. La Royal Society inglesa, una de las sociedades científicas más importantes del mundo, fue recibida como un grupo de chiflados por las gentes cultas y semicultas. En España la minoría de ese tipo de chiflados ha solido sucumbir a la burla y al mal ambiente. Quizá un pequeño cambio en la orientación de la enseñanza cambiaría el panorama.