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Columna publicada el 06-01-2004
Ya es bastante negativo que la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Agencia para el Desarrollo International (AID) del gobierno de Estados Unidos, el Banco Mundial y casi todos los demás organismos de ayuda no permitan que se compre DDT con su dinero, para combatir los mosquitos del tipo zancudo que transmiten la malaria. Y ahora parece que no se trata sólo de "corrección política” por parte de esas organizaciones, sino que están instrumentando infames políticas de salud pública. La OMS y el Global Fund proveen a los países pobres de medicinas que no sirven.
Para contener la malaria hay que matar al zancudo que transmite la enfermedad o matar al parásito que la causa. Mosquiteros, DDT y otros insecticidas logran lo primero; medicamentos logran lo segundo. Pero mosquiteros con agujeros e insecticidas que no matan los zancudos –porque estos se han vuelto resistentes– no protegen la vida humana. Hay que utilizar mosquiteros nuevos e insecticidas efectivos. Paralelamente, los parásitos se vuelven resistentes a ciertas medicinas, que tienen que ser reemplazadas.
Hay dos maneras efectivas de lograr el objetivo deseado. La más fácil es rotar los insecticidas y medicamentos que ya tenemos. El DDT es un viejo insecticida que no ha sido utilizado en algunos sitios desde hace mucho tiempo y, por lo tanto, los zancudos son menos resistentes al DDT que a muchos otros insecticidas más nuevos. Como los zancudos y parásitos necesitan hacer un esfuerzo genético para lograr mantener su resistencia a un insecticida o medicamento, la pierden cuando dejan de ser amenazados sistemáticamente por un insecticida y una medicina específica. Por lo tanto, la simple rotación de insecticidas y medicinas ayuda.
Pero la verdadera solución es desarrollar nuevos insecticidas y nuevas medicinas, logrando así mantenernos por delante de los mosquitos y parásitos que nos producen tan graves enfermedades. Para controlar la malaria, esto implica tener nuevos medicamentos. Por ejemplo, las recién desarrolladas medicinas basadas en artemisinin encuentran una resistencia virtualmente cero en los parásitos. Por ser un medicamento nuevo es más caro que los viejos, ya que su patente permite cubrir los costos de investigaciones de los laboratorios farmacéuticos y lograr una utilidad.
Los investigadores médicos están enfurecidos al ver que el Global Fund contra el sida, la tuberculosis y la malaria, bajo recomendación de la OMS, compra anticuadas medicinas de cloroquina contra la malaria, que cuesta 10 centavos por dosis, pero que no es efectiva. La cloroquina fue un medicamento maravilloso, utilizado con éxito durante más de 50 años, pero la resistencia alcanza más del 80%. Las nuevas y efectivas medicinas, cuya producción cuesta 10 veces más, no están siendo utilizadas en los países pobres. Así, muchas personas están muriendo innecesariamente y es evidentemente preferible darles un adecuado tratamiento a pocos que un tratamiento inservible a muchos.
El profesor Nicholas White, el más destacado investigador sobre la resistencia a las medicinas contra la malaria mantiene que “es horrible el desperdicio de vidas y dinero al utilizar medicinas ineficaces”. La realidad es que la Organización Mundial de la Salud debiera enfáticamente recomendar la utilización de artemisinin y el Global Fund debiera proveer esas medicinas, pero los países pobres piden medicinas que ya no son efectivas.
En conclusión, las organizaciones internacionales de salud están incumpliendo sus compromisos y no aportan el liderazgo que de ellas se espera. Mientras tanto, en el tiempo que a usted le ha tomado leer esta columna han muerto de malaria cinco niños en Africa, una enfermedad evitable y curable. En ese continente, sólo Sudáfrica mantiene controlada la malaria utilizando DDT y medicinas basadas en artemisinin porque pueden financiar sus propios programas y no dependen de los organismos internacionales.
© AIPE

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