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He oído a Rajoy defendiendo su gestión. Lo he notado un poco más vanidoso que soberbio y más inseguro que doctrinal, pero eso es sólo una percepción subjetiva. Es un asunto secundario, aunque tengo que reconocer que algunos tonos de su comparecencia después del Comité Ejecutivo no me han convencido, especialmente ese pasar de largo sobre el acontecimiento de la derrota para fijarse únicamente en las conquistas del 9-M. En cualquier caso, está bien que Rajoy haya fijado su posición con rapidez y contundencia. Su posición, en efecto, es clara. Pero sólo hasta cierto punto. Ciertamente, ha dicho de modo transparente que intentará por tercera vez alcanzar el poder. Vale. Es loable en un político el "instinto de poder". El problema es que ese paso, en realidad, esa aspiración de poder pudiera dejar de estar al servicio de una causa profunda para convertirse en una pura pretensión de un grupo dirigente de su partido, o peor, de su mera embriaguez personal.
Ningún dirigente, y menos Rajoy después de una derrota de su partido, está exento de ese peligro. Por eso, de aquí a junio, fecha del Congreso del PP, ese problema será el asunto fundamental que tendrá que dilucidar Rajoy y su partido. No se trata de aguantar de aquí a junio los ataques que, sin duda alguna, le vendrán de sus propias filas y de medios periodísticos afines, sino de cómo encarará la forma de hacer oposición en estos meses. Si ésta no se ejerce con inteligencia y nuevos mensajes, quizá la mayor fortaleza que en estos momentos tiene Rajoy, a saber, tener en sus manos el aparato de poder del partido, no le sirva para el Congreso del PP. Por lo tanto, no es absurdo plantearse sobre cuáles serán los registros preferentes que utilizará Rajoy para enfrentarse a Zapatero. Pues que estos registros serán argumentos decisivos de su candidatura de junio. Sin duda alguna, serán una prueba de fuego para que triunfe la candidatura de Rajoy en su Congreso.
Sin embargo, nadie piense que esa oposición será fácil a tenor de los resultados electorales. Al contrario, Zapatero ha obtenido los mejores resultados que podían esperarse. Sí, sí, mejor que una mayoría absoluta. Ésta siempre crea recelos en los observadores y, fácilmente, los electores tienden a tratar de prepotentes a los que la ejercen. Por cierto, observen que la porra entre Zapatero y Pedro J. Ramírez sobre el número de diputados que obtendría el PSOE la ha ganado el primero. Zapatero prefería antes una mayoría amplia que absoluta. En efecto, los resultados son espectaculares para Zapatero, porque puede pactar tranquilamente con quien le apetezca y dar sensación de ser un político dialogante y negociador.
En fin, la posición de Rajoy es clara, pero la de Zapatero es, por desgracia para los españoles, seductora. "Ninguneará" a Rajoy por todas partes al tiempo que se dedicará a seducir a todo el que se le ponga a su paso. O sea, difícil y duro lo tiene Rajoy. Romper con ese poder de seducción que le dan a Zapatero los once millones de votos será la primera tarea a la que tendrá que entregarse Rajoy, si quiere llegar con vida política, primero, a su Congreso y, después, a las próximas elecciones generales.
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