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Editorial: SÍNDROME DE ESTOCOLMO

El pánico que produce la excelencia en el reino de los mediocres.

El pánico que produce la excelencia en el reino de los mediocres.
EFE

La salud democrática de una sociedad no se mide por la finura de sus leyes, sino por el nivel de exigencia de sus votantes. A tenor de las últimas encuestas publicadas en Canarias, el diagnóstico es desolador: sufrimos una preocupante metástasis moral. Solo el síndrome de Estocolmo colectivo, una suerte de hipnosis partidista ciega y asimilada, permite explicar que el PSOE canario apenas sufra un leve rasguño de entre uno y tres escaños en la última demoscopia.

Hablamos de un electorado que, lejos de castigar la inmundicia, parece anestesiado ante el mayor lodazal de corrupción institucional de la historia reciente del archipiélago.

Hagamos memoria, por mucho que el aparato de propaganda oficial intente enterrar los hechos bajo toneladas de ruido mediático. Asistimos impasibles a la lectura de los mensajes de WhatsApp entre el ministro Ángel Víctor Torres, entonces presidente canario, y el infame Koldo García. Hemos visto el desvío de millones de euros públicos perdidos en mascarillas defectuosas e inservibles en el peor momento de la pandemia. Un dinero que se evaporaba mientras el propio Torres compartía mesa, mantel y confidencias con el asesor áulico del tal Rayco y el cuñado del empresario hoy investigado por la trama.

El baile de la mediocridad institucional

A esto hay que sumarle el esperpento del caso Mediador, inmortalizado en el imaginario colectivo como la trama del "Tito Berni", un festival de extorsiones a ganaderos, "putas y coca" financiado con el dinero del chantaje, aderezado con el escándalo del Cine Royal y los contratos de las mascarillas del caso Koldo. Si a cualquier ciudadano con un mínimo de decoro le dieran a elegir entre este catálogo de degradación y el castigo en las urnas, la respuesta sería obvia.

Pero no en la Canarias actual. La fragmentación, el sesgo cognitivo y una polarización salvaje han triturado el pensamiento crítico. Hoy, una parte sustancial de la población sería capaz de votar a las siglas de su franquicia favorita aunque el candidato fuera un asesino confeso. No importa la gestión, no importa la decencia, no importa el robo, todo vale con tal de mantener el muro de la crispación frente al que piensa diferente. El sectarismo ha sustituido a la ética, el votante prefiere ser cómplice de su verdugo antes que dar la razón al adversario político.

Quizás por eso, en mitad de este erial de mediocridad, la noticia política de la semana ha provocado un auténtico terremoto y un nerviosismo histórico en los cuarteles generales del sistema. Hablamos de la posible incursión en la arena política del empresario Alexis Amaya.

El dueño de Dormitorum representa todo lo que la partidocracia detesta y teme:

Solvencia acréditada en la gestión privada, prestigio social indiscutible, independencia económica, lo que se traduce en tener el expediente inmaculado, limpio de chanchullos, deudas orgánicas o cadáveres en el armario.

Es fascinante observar cómo las formaciones que sostienen el régimen actual, la casta en su máxima expresión, incapaces de ponerse de acuerdo para salvar los servicios públicos, se han unido de inmediato en un frente común. El objetivo es monolítico: desincentivar la entrada de aire fresco y cerrar filas ante cualquiera que demuestre capacidad real. Alexis Amaya no está invitado al baile de incompetencia e intereses que nada tienen que ver con trabajar para crecer como sociedad. El revuelo y las maniobras de pasillo para desacreditar la mera posibilidad de su candidatura son el síntoma inequívoco del pánico que produce la excelencia en el reino de los mediocres.

Veremos si finalmente el empresario da el paso adelante o prefiere mantenerse a resguardo de la jauría. Pero, mientras se decide, su mera predisposición nos deja una lectura reconfortante. Comprobar que aún existen personas a las que la vida les sonríe en lo individual, y que a pesar de ello son capaces de levantar la vista, mirar a lo colectivo y comprometerse a aportar su experiencia para mejorar la sociedad, es un soplo de aire puro. Entre tanto síndrome de Estocolmo y tanta complicidad electoral con la corrupción, figuras así nos demuestran que no todo está irremediablemente perdido. Aún quedan motivos para la esperanza.

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