Que la visita de León XIV ha sido un éxito de crítica y público, como decían los clásicos, es algo incontestable… a toro pasado. Pero no crean que a priori las tenían todas consigo, antes de que el Papa llegase a España, en sus distintas etapas de Madrid, Barcelona y Canarias, para contagiarnos a todos con su mensaje de cercanía, de profunda humanidad, de riqueza intelectual y de verdad, de mucha verdad.
Personalmente, tengo que confesar que a mí me ha ganado en todos los sentidos. En la emoción y en la razón, porque sus palabras desnudan su alma y nuestros corazones, pero también porque lo hace con un rigor y profundidad que conectan matemáticamente -él es matemático, además de canonista y agustino- con la parte más racional en un mundo cada vez más asfixiado por la polarización, por el odio y por lo irracional.
Lo que sí me llama la atención no es tanto la capacidad de transmitir que hay un Papa para todos, sino la paradoja del 'cada uno tiene su Papa'. Es decir, la tremenda capacidad que parece haber aflorado en este país para construirnos cada uno un Papa a la medida, poniendo el foco exclusivamente en la parte que nos interesa, la que nos conviene, y convirtiéndonos en sordos y ciegos allí donde nos aprieta, donde nos contradice, donde preferimos no escuchar. El ejemplo más palpable fue el histórico discurso en el Congreso de los Diputados y ante todos los representantes de la soberanía popular, con un interminable y estruendoso aplauso de sus señorías durante más de 7 minutos. Apenas instantes después de tan profunda emoción ante una durísima crítica a la polarización y el enfrentamiento, salieron los portavoces de todos los partidos a echarse a la cara, unos a otros sin excepción, el propio discurso del santo padre, sin el menor resquicio a la autocrítica, y mucho menos al arrepentimiento.
El Gobierno y sus socios aplauden con las orejas lo que interpretan como un apoyo explícito y total a sus políticas migratorias, sin ser del todo cierto: recogen el mensaje de acogida y olvidan la obligación de integrarse al que llega. La otra mitad del hemiciclo parece extasiada y asombrada al escuchar aquello que ni ellos mismos se atreven ya: la defensa cerrada de la vida, desde el mismo momento de la concepción y hasta la muerte natural, y lo que ello supone de doctrina moral de la Iglesia respecto al aborto y a la eutanasia.
La progresía más recalcitrantemente anticatólica parece haber descubierto repentinamente, cual san Pablo cayendo del caballo, la Doctrina Social de la Iglesia: el profundo humanismo que da sentido a la práctica de la fe desde la caridad al prójimo. Aunque llegan con algo más de un siglo de retraso respecto a la encíclica Rerum Novarum que ya en 1891 daba forma a esta idea de manos de León XIII (la elección del nombre por parte del cardenal Robert Prevost ya daba claras pistas del signo de su pontificado), y mucho más reciente, la Populorum Progressio de Pablo VI en 1967, y la Sollicitudo Rei Socialis por parte de Juan Pablo II en 1987. Todo ello se ratifica en la Magnifica Humanitas, recientemente publicada por León XIV. Pero es más fácil opinar sin leer, claro.
Mención aparte merecen actitudes y declaraciones que llegan al ridículo, especialmente la de unos extremos políticos que, una vez más, se tocan y coinciden. Por ejemplo, ese portento intelectual de Ione Belarra que pretende dar lecciones al mismísimo Papa (y por supuesto a todos los demás) sobre el auténtico sentido y lo que significa 'de verdad' el mensaje de Jesús. O en el extremo opuesto, una muy extrema derecha, decepcionada porque el santo padre no bendice sus barbaridades racistas, y usan el pueril y peregrino argumento de las leyes de Vaticano contra la inmigración ilegal, cuando se trata de un Estado que tiene 0,44 km² de extensión y menos de 900 habitantes (solo la plaza de San Pedro ocupa una quinta parte de su territorio). 'En lugar de las políticas de puertas abiertas que irresponsablemente predica'. Unos y otros no entienden (no quieren entender ni aceptar) que el mensaje del Papa es un referente moral, no una imposición legal, nada más… pero nada menos. Y lo es no solo para cientos de millones de católicos, sino para mucha más gente, cada vez más, que buscan algo de sentido en este mundo cada vez más deshumanizado.
Y para qué hablar de los repugnantes intentos de utilización partidista en clave de política interna, con matrícula cum laude para el ministro bocachanclas Óscar Puente, intentando enfrentar a Madrid y Barcelona al comparar sus respectivos programas de actos, cuando son complementarios y no competidores. Y el artista equilibrista de Pedro Sánchez, que lo mismo se va en Falcon a un festival de música en Barcelona, mientras el Papa celebra su principal celebración litúrgica en Madrid, que impone su presencia en el acto del muelle de Arguineguín, que su mismo Gobierno convirtió en 'muelle de la vergüenza' hace unos años y que el pueblo canario y León XIV han rescatado como símbolo de 'puerto de la esperanza'.
Imposible resumir ni lejanamente en unas pocas líneas el contenido de esta visita y de este mensaje. Desde la genuina explosión de fe y de espiritualidad experimentada en Madrid hasta la belleza serena y moderna de los actos organizados en Barcelona. Pero yo, por supuesto, me quedo con lo sucedido en Canarias. No solo por la emoción que pude sentir personalmente, tan de cerca, transmitiendo en cada palabra, en cada mirada la verdad serena y trascendente de lo que vino a decir en esas jornadas para la historia, sino la profunda verdad —sin exhibirse, pero sin esconderse— que transmitió en este rincón alejado y fragmentado del Atlántico, frontera sur de Europa, que no se resigna a ser ni muro ni cárcel, y que sigue dando lecciones de humanidad al mundo entero.

