El Monumento al Disparate
El momento que nunca significó nada que tuviera que ver con el dictador para Tenerife.
Es desolador asistir al espectáculo de sumisión que ofrece hoy gran parte de la opinión pública, arrastrada por una inercia donde la verdad ha sido sustituida por el pánico al qué dirán. Sobran en nuestras tribunas periodistas y opinadores empapados de un buenismo paralizante, aterrorizados ante la sola idea de que defender el patrimonio de los tinerfeños, aquel que sufragaron más de 80 familias de la isla en su momento, pueda pasarles factura en su inmaculada imagen pública. Olvidan, en su tibieza, que el compromiso innegociable de un comunicador es contar la verdad y opinar con honestidad, caiga quien caiga.
Basta ya de ese progresismo de salón que no duda en arrollar el sentido común con tal de colgarse la medalla de la modernidad. La polémica artificial en torno al conjunto escultórico de la Avenida de Anaga es el ejemplo perfecto de esta enfermedad moral.
Para la ciudad, este espacio nunca ha significado nada relacionado con la dictadura, más allá de la etiqueta maliciosa y repetida de monumento a Franco. La realidad, testaruda y documentada, es que jamás en toda su historia se ha producido allí una concentración, una manifestación o una exaltación al dictador. Ni siquiera los grupos más nostálgicos han identificado jamás ese enclave con su ideología, razón por la cual no existe ni un solo apunte reseñable de estos colectivos en dicho emplazamiento.
Lo que sí guarda en su memoria el monumento de la Avenida de Anaga es el latido de la sociedad tinerfeña unida en libertad. Fue el punto de partida de dos de las manifestaciones populares más trascendentales de las últimas tres décadas. Por un lado, el clamor por Miguel Ángel Blanco, cuando decenas de miles de personas nos pintamos las manos de blanco y marchamos hacia el Cabildo con los brazos en alto, exigiendo a ETA que no asesinara al joven concejal. Fue, sin duda, el momento de mayor unidad, concordia y dignidad nacional de nuestra historia contemporánea. Por otro lado, la defensa del territorio, ya que desde allí también partimos los tinerfeños para frenar el atropello político de las cacareadas torres de Vilaflor. Una imposición que logramos revertir, aunque el capricho institucional terminara provocando el desastre paisajístico que hoy sufrimos en la autopista del sur, plagada de esas horrorosas y omnipresentes torres de alta tensión blancas y rojas.
Por más que los colectivos de la izquierda radical exuden un odio visceral, el Monumento del Arcángel no tiene absolutamente nada que ver con el franquismo ni con su represión. Resulta patético observar cómo los herederos ideológicos del bando republicano pretenden ganar en los despachos, 90 años después, una guerra trágica en la que nos matamos entre familias. Aquello ya pasó. Y lo sensato es no repetir los errores que nos arrastraron al abismo.
Sin embargo, el espíritu guerracivilista es hoy espoleado desde las más altas instancias por un Partido Socialista que, desde los oscuros días de Zapatero, entendió que reabrir esa grieta social le resultaba electoralmente rentable. Lo utilizan como patente de corso para hacer lo que les venga en gana, mientras nadie se detiene a fiscalizar los cientos de disparates y desmanes que cometen en el ejercicio del Gobierno.
Esa confesión de Zapatero a Iñaki Gabilondo a micrófono cerrado afirmando que hay que crear tensión y crispación porque les viene bien, es el manual de instrucciones del PSOE. Así orquestaron, con innegable éxito, el acoso a las sedes de su rival político al grito del recordado "pásalo", y así operan hoy con la Ley de Memoria Democrática.
Si de verdad se trata de limpiar el espacio público, cabe hacerse unas cuantas preguntas que el socialismo no sabe responder. ¿Por qué no está en el debate el Mercado de Nuestra Señora de África, construido aprovechando la conmemoración de pasajes históricos del régimen en aquel continente? ¿Por qué nadie exige la retirada de los Leones del Puente Serrador, también dedicados en su origen al régimen? ¿Por qué no se derriban todas las viviendas de protección oficial construidas como maquinaria de propaganda franquista? ¿Y por qué no se eliminan todos los elementos franquistas en la isla del ministro Ángel Víctor Torres en Gran Canaria, que son indiscutiblemente muchos más que los que quedan en Santa Cruz de Tenerife?
La respuesta es la prueba más inequívoca de que no hay justicia histórica, sino una programación estéril y estratégica para dividir a la sociedad.
Afortunadamente, Santa Cruz cuenta hoy con un alcalde valiente y sin complejos. Ha dado sobradas muestras de que no ocupa el sillón municipal para ejercer de buenista, de tibio, ni para posturear de un falso talante progresista. Gracias a esa firmeza, no cabe la menor duda de que el Monumento conmemorativo a los 25 años de paz se quedará en nuestra ciudad. No se moverá ni un centímetro, por más que los autoproclamados dueños de la moral en el PSOE se empeñen en su cruzada destructiva.
En este país ya nos conocemos todos. Y a estas alturas, si a alguno le engañan, es simplemente porque se deja, o porque le conviene.
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