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El ‘allure’ de Natalia Millán

El papel de Natalia Millán como Menchu en 'Cinco horas con Mario' es uno de esos regalos que no sabíamos que necesitáramos.

Rosa Belmonte
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Hay espectáculos más allá de Lo imposible. Aunque si te quedas un rato en Telecinco parece que no se haya hecho otra película en la historia del cine. A la hora de prescribir carezco de la fuerza de Mediaset, pero si alguien no ha visto todavía a Natalia Millán en Cinco horas con Mario, y por si acaso de verdad son las últimas semanas, debería ir. Tanto si ha visto a Lola Herrera como si no. De adolescente gafapasta disfruté a Lola Herrera como Menchu Sotillo en el Teatro Romea de Murcia con mis compañeras de clase, un teatro abarrotado hasta el gallinero día tras día para aplaudir una obra en la que parece que no pasa nada. Pero entonces pasaba Lola Herrera y ahora lo que sucede es Natalia Millán. Y las dos son tan grandes que hacen del teatro un objeto de deseo. Cuando, en 2009, Pepe Sámano y Josefina Molina iban a volver a poner en marcha la obra, Miguel Delibes todavía vivía. Descartada ya Lola Herrera, el autor no quería para Carmen Sotillo una artista de relumbrón pero sí una lo más mona posible. Dejaremos aparcado el concepto de artista de relumbrón, pero cuando Natalia Millán aparece vestida de negro en el escenario lo último que da es pena, por muy viuda que se haya quedado. Un tipazo, una facha, una belleza, una estampa, una clase, un garbo... Allure, por decirlo en francés. Aunque se trate de Valladolid en 1966 y se arranque a cantar El novio de la muerte.

Y solo falta que se quede en viso y enseñe los brazos. Sus estilizados brazos de bailarina, no de señora moderna que hace pesas (en lugar de ganchillo o pádel) y se pone brazacos. Véase a Cameron Díaz, Holly Hunter, Sarah Jessica Parker o la princesa Letizia. Los brazos son las nuevas piernas y Natalia es la nueva Menchu, esa Menchu con la que Miguel Delibes hizo chick lit antes de que lo hicieran las mujeres. Menchu Sotillo es una Bridget Jones entre visillos. Una reaccionaria que hace reír porque no nos parece amenazadora. "El trabajo que tiene que ser lavar la ropa de un negro", dice. Por menos a Mark Twain le han retraducido Huckleberry Finn. Pero España sigue siendo un país civilizado en los negociados del racismo familiar (por eso nos hace gracia que dos gitanos aterroricen a los presos de ETA).

El papel de Natalia como Menchu es uno de esos regalos que no sabíamos que necesitáramos. Porque sí sabíamos que Natalia Millán es una artista de relumbrón, aunque no lo sea al pie de la letra. Después de Cabaret y de Chicago (y sí, también de El súper, Un paso adelante o El internado), después de esos musicales, digo, donde demostró que es una artista total que canta y baila, le cayó el regalo de Delibes. Dejó Chicago y se tiró de cabeza a un monólogo donde Lola Herrera era como la madre de Woody Allen en Historias de Nueva York, esa mamá dominante que se le aparecía en el cielo de Manhattan a la vista de todo el mundo. Pero Natalia ha matado a la madre.

Según la maquinaria publicitaria de Telecinco, la gente se desmaya viendo Lo imposible (en mi vida he visto publicidad más negativa que decir que alguien vomita en el cine). Según la realidad vista en el Teatro Arlequín de Madrid, tan pequeño que parece que de verdad estemos en el velatorio, la gente se pone en pie para aplaudir a Natalia Millán. Yo casi me arrodillo.

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