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Carta a sus Majestades los Reyes Magos de Oriente

Me atrevo a ponerme en contacto con ustedes porque creo que he sido bueno. Estar, ya sé que no.

Javier Ancín
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Queridos Reyes Magos, dos puntos (como en las victorias del añorado fútbol antiguo):

Me atrevo a ponerme en contacto con ustedes porque creo que he sido bueno. Estar, ya sé que no. Lo que yo quiero, Majestades, es pedir para los que nos rodean, que aunque estén dejando un futuro color mazapán torrefacto se merecen todos nuestros presentes.

Quiero solicitar, para el señor Montoro, incienso y mirra. Igual que al Mesías. No aceptará menos. Y síganle la corriente, se lo ruego, que como se ponga a buscar les puede encontrar alguna letra impagada de los camellos y se tienen que quedar aquí empeñando la corona y el turbante para pagar multas y recargos. Con Hacienda, bromas las justas. (Señor Ministro, no me tenga en cuenta esta advertencia a tan ilustres visitantes, se lo ruego. Aquí un siervo suyo, qué digo un siervo, un esclavo. A sus pies).

Al misterio (sic) de "Gallardón de la oportunidad", el mejor regalo puede ser un alambique de la marca Montesquieu. Se le han pegado tanto los jueces con sus puñetas serviciales al dobladillo del pantalón, que ya no hay quien los distinga de los políticos. Si pueden también, como debe de estar triste, porque algunos miembros de su partido discrepan de su proyecto de ley sobre el aborto, déjenle el teléfono de la Esperanza. Ella sabrá qué hacer con sus lloriqueos, que ya tiene experiencia.

Al presidente Rajoy, más que dejarle, lo que pueden hacer, queridos Reyes Magos de Oriente, es atarlo en corto para obligarle a cumplir su promesa de bajar los impuestos. Si además le ponen sobre el escritorio un Marca Leyenda como pisapapeles, a lo mejor al ver que ya ha pasado a la única historia que le importa, la deportiva, se crece y de la emoción deja de incumplir todos los puntos de su programa.

Para los diputados iba a solicitar, para la toma de decisiones, iluminación; pero al precio al que se están poniendo las bombillas que les pagamos los de la ciudadanía, casi mejor dejar la fiesta en penumbra. Para tomarse las copas en la cafetería a bajo coste no necesitan muchas luces, la verdad.

A Rubalcaba podrían regalarle una jubilación en forma de enlace sindical entre Zapatero y Solbes, que se han puesto a pelear como si fueran dos vendedores de enciclopedias optando al premio anual por el mayor número de ventas. Como buen sindicalista, sabrá solucionar el asunto en una de esas marisquerías de guarida (perdón por la errata) que la izquierda siempre tiene a mano, como farmacias repletas de bálsamo de Fierabrás. El ácido úrico une mucho al proletariado modelo siglo XXI. Que se lo digan a los compañeros y compañeras de la Ugeté y Ugetá.

A los políticos catalanes les pueden dejar una gran caja en la que guardar el inmenso Belén que han montado este año. Y ya puestos, al caganer un biombo, o un Fortasec, por favor, que a quienes no estamos acostumbrados al pesebre catalán no nos es agradable tanta escatología.

Y como me he dejado a muchos porque se me acaba el papel, ¡ya podían venir cada seis meses!, así podría seguir haciendo el bien en el mundo; pero que no se entere Beatriz Talegón, que le da mucha tirria que consumamos (de consumir, supongo) durante estas fechas tan entrañables y se le puede abrir una úlcera. Si le regalan un cargo o carga (público/pública, claro!) del que pueda cobrar, se le pasará el berrinche. Seguro.

Para mí, este año no os voy pedir que me echéis mucho, porque la última vez que me echaron fue de un trabajo, con un mensaje al móvil, "Le llegará un burofax", ponía, y comprenderán vuestras mercedes que ya le he cogido miedo a este tipo de peticiones. Yo sólo quiero salud y un millón de euros. Con eso me doy por satisfecho. O, si consideran que he sido malo, carbón; pero por favor, del subvencionado, que ya no tengo recurso alguno con el que seguir pagando déficits tarifarios ni moratorias nucleares.

Atentamente, su humilde paje y… nada más, señor Urkullu. Nada más.

Gracias por su infinita amabilidad, sus reales Majestades.

Javier Ancín, escritor.

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