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Las pasas de California

Me están dejando turulata los ditirambos a propósito de su muerte.

Rosa Belmonte
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Mickey Rooney en Desayuno con diamantes

Es difícil encontrar un actor (o una estrella) menos interesante que Mickey Rooney entre las leyendas de Hollywood (quizá Van Johnson). Y no solo porque tuviera el atractivo sexual de un puercoespín. Una vez dijo que comparaba zapatos a las mujeres y que ellas los usaban para alejarse de él. Pero independientemente de esta cosa menor (otros más feos hay), me están dejando turulata los ditirambos a propósito de su muerte. Jamás he conocido a nadie que me dijera "voy a ver una película de Mickey Rooney". O "qué grande tal película de Mickey Rooney" (otra cosa es que saliera en una buena). De hecho, lo único de su carrera que me hace gracia es ‘El mundo está loco, loco, loco’ de Stanley Kramer y esa vez que hizo de chino en ‘Desayuno con diamantes’, donde estaba mucho más ridículo que Shirley McLaine, pelirroja y pecosa, haciendo de japonesa en ‘Mi dulce geisha’. Creo que Bruce Lee hasta se molestó con lo del chino, siendo en ese caso un vanguardista en la bobalicona corrección política que ahora impide estirarse la piel alrededor de los ojos para dejarse cara de chino. Que hoy (al menos en EE UU) Enrique y Ana no habrían podido cantar lo de "Chinito de amol”.


En el fondo, lo más importante de Mickey Rooney es haber compartido cartel, baile y pantalla con Judy Garland (y toda esa explotación infantil en la Metro). También ha sido pareja cinematográfica de Elizabeth Taylor (‘National Velvet’, cuando Velvet era otra cosa). Y, por supuesto, no hay que olvidar lo de haber compartido cama con Ava Gardner, de la que dijo que tenía los pezones como ciruelas pasas de California (no sé si de Borges). Pero eso parece una descripción de pezones duros en general, no de los de una diosa en particular. Ni un menosprecio de los mismos. Me gustaría saber qué habría dicho de los pezones de Charlotte Gainsbourg en ‘Nymphomaniac’, que esos sí los hemos podido ver todos. Son como lápices con mucha punta sacada. Si fuera atleta, con eso enhiesto ahí delante llegaría antes que nadie en la foto finish.
Aunque volviendo a Rooney, esa Ava Gardner a la que se benefició (y puteó) por lo menos un año (lo que duró su matrimonio) no es la Ava Gardner de ‘Pandora y el holandés errante’, por citar una de esas películas donde una duda si Ava y servidora somos de la misma especie animal. Me consuela que cuando fui al Teatro Chino de Los Ángeles y vi sus huellas en el asfalto me dio toda la impresión de que su envergadura debía de ser como la de Pilar Urbano (con perdón). Sólo tenía manos pequeñas, medía 1,68.
Pero, vaya, haber compartido aunque sea un minuto con Ava Gardner y Judy Garland hacen algo grande a Mickey Rooney.

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