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Semblanza de Íñigo Arteaga

Borja Casans, conde de Ampudia, rememora en exclusiva para Chic a su primo Íñigo, fallecido el domingo en trágico accidente de avioneta. 

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Borja Casans, conde de Ampudia, rememora en exclusiva para Chic a su primo Íñigo, fallecido el domingo en trágico accidente de avioneta. 
Borja Casans e Íñigo de Arteaga

Cuando algo así ocurre, algo cambia; una generación se queda parada y para siempre se cierra el tiempo, como quien termina un largo capítulo de la Historia de España, de un portazo violento, trágico y de golpe.

He querido escribir esta nota sobre mi primo, Íñigo de Arteaga y del Alcázar, que falleció el pasado domingo, para hacer un poco más de luz sobre su persona y poder entender el legado que nos ha dejado a todos. Quería escribir unas líneas como testimonio de su gran ejemplo para mí y para tantos otros, y además lo he querido hacer de una manera personal.

Íñigo era Íñigo, una personalidad arrolladora, divertido, dispuesto a todo, terriblemente buena persona, siempre pendiente de todos y permanentemente entregado a los demás. Siempre le vi rodeado de amigos, amigos de todas las etapas de su vida, en los que su muerte sin duda deja un gran vacío. Era de esas personas con las que todo el mundo quiere estar, sin dejar a nadie indiferente, una roca donde apoyarse, una auténtica luz y guía para el resto.

Íñigo era muy familiar, se caracterizaba por ser un gran cabeza de familia, labor con la que siempre fue consecuente. Consciente del sacrificio de tantas generaciones y de la obligación y el peso que ello representa en una familia como la nuestra, supo conservar la identidad y el respeto que su situación conllevaba, adscribiéndose y vinculándose a ese concepto de dignidad que representa pertenecer a la Historia de España, además de convertirse en merecedor de ella. 

Siempre dio uso al lema de esta familia, "dar es señorío y recibir es servidumbre", divisa que lo caracterizó, o como decía aquel verso clásico:

"A todo buen español
le viene de herencia y casta
hacer las espaldas pechos
y no de pechos espaldas"
 

Nunca se resignó ante la indiferencia y se mostró fiel a sus valores, tendiendo siempre a la excelencia en todo. Así lo hizo como estudiante en una carrera que llenó de matriculas de honor, o en el Real Colegio de Bolonia donde se sacó el doctorado, cumpliendo con una tradición familiar.

Quitando el plano teórico, Íñigo comprendió que hoy en día el único mérito por el que se valora a la gente, la única vara de medir, es lamentablemente la profesional. Aunque intelectualmente lo había demostrado todo, decidió dar un paso más y obligarse a destacar en ese mundo, y lo hizo durante años como banquero de inversión en la City de Londres


"Tiempo se debe otorgar 
al aprehender
que no se adquiere saber
sin trabajar"
(Proverbio del marqués de Santillana)
 

Totalmente formado y tras muchos años viviendo en Londres, yo creo que ya cansado de una vida sin la profundidad que él necesitaba, decidió volver a España y centrarse en apoyar a su padre en la gestión del gran legado histórico y material de la casa del Infantado. Es en estos años cuando decide formar parte de la vida castrense y entrar como reservista en Infantería de Marina. Cuando le escuchabas hablar del tema, se notaba que la sangre le vibraba, primero por cumplir con la tradición militar de la casa de servir a España y, segundo, porque se lo pasaba en grande.

Entró, como corresponde, en multitud de órdenes de caballería, haciendo honor al bisabuelo Joaquín que fue presidente del consejo de las órdenes militares. Desde allí, ayudó y colaboró benéficamente con la maestranza de Zaragoza y otras muchas órdenes de las cuales también era caballero.

Como bien sabemos, la virtud no tiene por qué heredarse, pero en este caso lo hizo. Todos tenemos la sensación de que en estos trágicos accidentes que nadie prevé se van los mejores, situaciones que se repiten generación tras generación. El tío abuelo Jaime Serrallo en aviación despegando de Tablada, o el primo Fernando Moreno y Borbón este mismo año, incluso la de mi propio padre. Aunque a ellos no les dio tiempo a crear familia, no serán como los infantes de Aragón en las coplas de Jorge Manrique, y en este caso sé que seguirán en nosotros por la impronta que nos han dejado. Puede que fortaleza, generosidad, solidez y firmeza de convicción sean la huella que nos haga ser más auténticos y más fieles a los sacrificios con los que la vida nos reta, más sinceros a lo que somos.

Puede que tras cerrarse una puerta y pararse el tiempo, algo nos haga acordarnos siempre de Íñigo de Arteaga y del Alcázar, marqués de Tavara, conde de Saldaña y de Corres. A mí, como a tantos otros, me queda la sensación de tener una obligación, de tender a parecernos a
él imitando su ejemplo. Estando todos, familia, parientes y amigos de la casa, convencidos de querer estar donde estuvo él, siempre a la altura de su nombre -un auténtico modelo de vida-.

Sé que no será fácil y más en esta época que nos ha tocado vivir, pero como diría tío Borja en la carta que escribió a su madre antes de caer en el frente, "nos lo exigen y no podemos regateárselo".

En Chic

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