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Cuando Peret era predicador evangelista

Terminó semi arruinado y tuvo que empezar de cero.

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Terminó semi arruinado y tuvo que empezar de cero.
Peret en su actuación de Eurovision | Youtube

Pedro Pubill Calaf, conocido popularmente como Peret, anunciaba hace apenas de un mes que se retiraba, enfermo de cáncer. Mostrándose esperanzando, confiaba en volver pronto a cantar, aludiendo a la letra de una de sus más conocidas rumbas: "Es preferible reír que llorar / y así la vida se debe tomar…". Ha dejado dos trabajos a medias: la preparación de un álbum en castellano y el lanzamiento de otro, enteramente en catalán.

Cumplidos sus setenta y nueve años Peret ha sido una figura indiscutible de la canción popular española (al margen de que hace algo más de un año declarara su adscripción nacionalista) y en concreto del ritmo de la rumba aflamencada que, en su caso, lleva adosada la denominación de su tierra. Él mismo dijo ser el verdadero creador de la rumba catalana, lo que no es del todo cierto, pues no ha de ignorarse que antes que Peret hubo en Barcelona gitanos que la cultivaban a través del cante, el toque o el baile. Pionero de ellos fue "El Pescaílla", padre de Antonio González (el marido de Lola Flores), que transmitió a éste el sentimiento de la rumba, expresado como es sabido con la guitarra, instrumento que dominaba a la perfección, pues cantando ya no reunía la misma calidad. Se habla de un gitanillo apodado "El Orejas". De un pianista llamado Chacho. Y de algunos otros que practicaron la misma música.

Lo que nadie puede discutirle a Peret es su aportación a la rumba, de la que sería durante más de cuatro décadas su mayor difusor, quien popularizó más temas de tal ritmo. Nacido en Mataró, vivió su infancia en la capital catalana, en el barrio del Raval. En una comunidad gitana, donde aprendió entre otras cosas a familiarizarse con el folclore de los calés. Curiosamente formó un dúo infantil con una prima suya, Pepita Becas, anunciados con un nombre extraño para su etnia, completamente inventado: Hermanos Montenegro. Peret me recordaba su debut en un festival infantil en el barcelonés teatro Tívoli, en junio de 1947, al que asistió la primera dama argentina Eva Duarte de Perón. No pensaba de jovencito ser artista, pues ayudaba a su padre a vender ropa de puerta en puerta, pero de manera accidental, acompañando a un amigo a un estudio de grabación, improvisó de repente la rumba, "Ana María Lola", llamando la atención del directivo de una casa discográfica. Fue el comienzo de una carrera artística que, a día de hoy, duró casi medio siglo.

Peret llevó a la rumba un cierto pellizco rockero, llevado por su admiración lejana hacia Elvis Presley, pero también un toque emparentado con los mambos de Pérez Prado. Otro elemento importante fue la inclusión de palmas de acompañamiento, con un cierre abrochando cada canción. Todo ello con acusado ritmo. Y ese desenfadado estilo dio en bautizarlo como "El ventilador". Con esos palmeros de fondo, Peret tomó parte en una película magistral, "Los Tarantos". Eso sucedía en 1962. El despegue de Peret sucedería a partir de 1965, que es cuando grabó "La fiesta no es para feos", "El muerto vivo", "Don Toribio", "Belén, Belén" y tantas otras divertidas rumbas. De 1968 era "Una lágrima". A Bobby Capó le tomó prestado el bolero "El negro Bembón" transformándolo en "El gitano Antón". Siempre con un aire festero, a base de letras sencillas y música pegadiza. "Borriquito" es de 1971, donde criticaba el esnobismo imperante en España hacia las canciones extranjeras. Y defendiendo siempre lo español representaba a RTVE en el Festival de Eurovisión de 1974. Tardaría muchos años el cantante en revelar que por entonces recibió anónimos amenazantes y hubo de ser discretamente protegido por varios números policiales cuando acudió al mencionado certamen, sospechándose que podía ser objeto de algún atentado por algún grupo extremista que discrepaba de la política franquista, muy en concreto de los juicios sumarísimos que tuvieron lugar en los estertores del Antiguo Régimen.

Recordemos que en 1982 decidió retirarse para abrazar el culto de la Iglesia Evangélica de Filadelfia, a la que perteneció durante nueve años en calidad de predicador. Me permitió, excepcionalmente, que acudiera a una de aquellas reuniones que se celebraban en un modestísimo local de la barcelonesa calle de las Carretas. "Peret ya no existe, ahora soy el hermano Pedro –me reveló-, antes no era creyente, ni siquiera conocía la Biblia". Predicaba a diario para gentes de su etnia, con la presencia de Santa, su mujer, sus dos hijos y varios nietos. Recuerdo los cánticos de los reunidos, las insistentes alabanzas al Señor y expresiones "del padre Pedro" coreadas por sus parroquianos: "¡Gloria a Dios! ¡Aleluya!". Las repetían durante un cuarto de hora, en tanto el culto duraba hora y media.

Peret había abandonando sus negocios (era concesionario de coches, tenía talleres de confección, poseía ganado), renunciando a una gira por los Estados Unidos y la grabación de un disco, que dejó a medias. Se desengañó, ya decimos nueve años después, casi arruinado. Y hubo de empezar desde cero. En el verano de 1992 fue una de las figuras en los fastos de los Juegos Olímpicos de Barcelona. En 2007 dejaba traslucir su cabeza rapada, con recortada barba y bigote de tonos cenicientos. En la primavera de 2008 actuó improvisadamente, como un maletilla de la canción, en el Festival Viña Rock, en Villarrobledo (Albacete). Y sintiéndose más joven que nunca se emparejaba con una chavala cincuenta años más joven, tras separarse de Fuensanta Escudero, "su Santa de toda la vida". Ahora que mantenía sus ilusiones de seguir "rumbeando", casi octogenario, le ha apartado para siempre un maldito cáncer.

Fue un buen tipo, bienhumorado, lleno de vitalidad. Y una figura importante de la historia de la canción española.

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