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Dictó su propio epitafio: "Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió"

La duquesa expresó su deseo de que depositaran sus cenizas bajo el Cristo de los Gitanos.

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La duquesa expresó su deseo de que depositaran sus cenizas bajo el Cristo de los Gitanos.
Cayetana de Alba, rodeada de cuadros

Desde jovencita siempre tuvo miedo a la muerte, asunto sobre el que no solía hablar con nadie. No existen, que sepamos, comentarios suyos al respecto. Salvo una referencia que encontré en una bella biografía que le escribió Tico Medina en 1972, donde la duquesa supone que, llegada la hora final, será enterrada en el panteón familiar. Diría: "Allí están todos y yo prefiero estar con ellos". Aunque también recogemos un deseo posterior, en un momento de exaltación sevillana, de que sus cenizas se depositaran debajo de la imagen de una de sus Cofradías predilectas, la del Cristo de los Gitanos. Y en su tumba, este epitafio: "Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió".

Vino al mundo el 28 de marzo de 1926. En el Palacio de Liria, que se alza en la madrileña calle de la Princesa, cerca de la Plaza de España. Su padre, don Jacobo Fitz-James Stuart, tenía organizada para esa fecha una cena con tres grandes personalidades de la cultura: el doctor Marañón, el filósofo Ortega y Gasset y el novelista Pérez de Ayala. El parto de la madre, doña María del Rosario Silva y Guturbay, se adelantó unas horas, pero la velada no se canceló.

La niñez y adolescencia de Cayetana de Alba estuvieron marcadas por una extraordinaria rigidez, por eso procuró educar a sus hijos con la mayor libertad. "Para que no fueran tan infelices como yo". Con cuatro años navegaba con el rey Alfonso XIII, su padrino. Hasta cumplir su primera juventud pasó unas temporadas en Inglaterra, jugando con la princesa Margarita y acompañando a la hermana de ésta, la futura reina Isabel.

Por títulos nobiliarios, ganaba nuestra aristócrata compatriota. Dado que las relaciones entre la Casa de Alba y el general Franco eran tensas y algo distantes no quiso complacer a doña Carmen Polo de Franco, quien pretendía que su hija, la futura marquesa de Villaverde, frecuentase las fiestas del palacio de Liria y se relacionara con Cayetana y sus invitados. En tan lujosa e histórica residencia vivió alguna temporada el príncipe Juan Carlos.

La primera decepción sentimental de Cayetana, después de que se rompiera su relación con Beltrán de Osorio, duque de Alburquerque, fue cuando, de nuevo su padre, cortó sus impulsos amatorios juveniles impidiéndole prolongar su íntima amistad con el matador de toros Pepe Luis Vázquez: "Mi vida se derrumbó ante aquel amor imposible. Me volví loca de pasión".

Tenía varios pretendientes, y en razón de ello sus amistades la motejaron como "La bombilla". Por los "moscones" que se le acercaban. Finalmente se casó en 1947 con el ingeniero agrícola Luis Martínez de Irujo. Una boda por todo lo alto; fastos que supusieron para la Casa de Alba una auténtica fortuna: ¡veinte millones de pesetas! Su prolongada luna de miel los llevó a Estados Unidos. A Cayetana le hizo mucha ilusión fotografiarse en Hollywood con grandes estrellas del cine, como Bing Crosby y Cary Grant.

En 1953 murió su padre, lo que la convierte en la décimo octava duquesa de Alba. Tenía entonces veintisiete años y dos hijos, en espera del tercero. Llegaría a ser madre de seis. Cayetana continuó siendo, aun ya casada y madre, centro de admiración por su atractiva personalidad. Dícese que el príncipe Alí Khan (el que se casó con Rita Hayworth, padre del actual Aga Khan) trató de conquistarla en 1959, sin posibilidad alguna. Asimismo se relaciona a la duquesa con Miguel Primo de Rivera (sobrino del Fundador de la Falange) y el matador de toros sevillano Manolo González.

Le enseñó a bailar una gitana, pero perfeccionó su arte en la academia de Enrique el Cojo. En el palacio de Liria tenía un salón para practicarlo y hasta en Sevilla compartió un día escenario con Juanita Reina y Lola Flores, de quienes era admiradora y amiga. Aprendió tempranamente a montar a caballo, también a rejonear tras las lecciones que le impartió la gran Conchita Cintrón, participaba en capeas, tentaderos y varias corridas goyescas. "He nacido en Madrid pero me siento sevillana hasta el fondo de mi alma", decía Cayetana.

Sus comidas preferidas eran la paella y la tortilla española, pero no se excedía. Era abstemia. Hipotensa. Otra de sus aficiones, hasta que los dolores de un brazo se lo impidieron, fue pintar. Sabido es que Picasso quiso retratarla… ¡desnuda! A ella le pareció bien, pero no a su primer esposo, que se lo prohibió. Publicaron unas fotos suyas en "top-less" mientras veraneaba en Ibiza en los años 80. Su entonces marido, Jesús Aguirre, trató de impedir su publicación, incluso ofreciendo dinero a cambio pero el director de aquel impúdico semanario, ya desaparecido, Indiscreta, no accedió. Ella lo tomó con filosofía: "Soy partidaria del nudismo, pero también del respeto a la vida privada".

La eligieron Lady España en 1987. La banda del título honorífico se la impuso la anterior depositaria del mismo, la baronesa Carmen Thyssen. A la fiesta se negaron a asistir importantes personajes de la vida social. Fue un desaire que Cayetana encajó difícilmente. Tal vez amistades que no le habían perdonado su boda en 1978 con quien fuera sacerdote, "el cura Aguirre", a quien por cierto ella, al conocerlo, le cayó fatal: "Parece un papel secante". Pero sería su gran amor.

Por el Palacio de Liria desfilarían, en interesantes veladas, desde Felipe González, a Enrique Tierno Galván, Fernando Morán, Javier Pradera y muchos otros políticos e intelectuales de izquierdas. Parece que, atraída por ellos, cuando el PSOE llegó al poder la duquesa les votó. A lo que nunca renunció, claro está, es a su filiación monárquica, inherente a su genealogía. Con la prensa fue casi siempre cordial, aunque por experiencia propia –la entrevisté en varias ocasiones, dos de ellas en Liria y Las Dueñas- exigía revisar tanto el texto como las fotografías antes de publicarse.

Siempre plena de vitalidad contagiosa, que quiso extender a su tercer marido, Alfonso Diez, en los tres años que ha durado el matrimonio, apurando al máximo su existencia en viajes por España y el extranjero.

¿Cuál era su fortuna? Difícil cuestión de cifrar. Teniendo en cuenta que ya hizo en vida testamento y reparto para sus hijos, se especulaba que amén de sus cuatro palacios, dos castillos, la fabulosa colección de arte y otras propiedades inmobiliarias, podría estimarse en cuatro mil millones de euros. Siempre demostró ser insobornablemente independiente. Hizo lo que le dio la gana. Una dama fascinante. Hereda su título su primogénito Carlos, duque de Huéscar, nacido el 2 de octubre de 1948, el único de sus descendientes que invirtió el orden de sus apellidos, por expreso deseo de la duquesa, para que se perpetúen los Fitz-James Stuart.

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