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Carmen Sevilla cumple 84 años en la soledad de un hospital

La actriz cumple 84 años en la soledad de un hospital.

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La actriz cumple 84 años en la soledad de un hospital.
Carmen Sevilla | Archivo

María del Carmen García Galisteo, Carmen Sevilla, cumple ochenta y cuatro años este 16 de octubre. En las enciclopedias de cine y en infinidad de otros textos figura la fecha de su nacimiento en Sevilla el año 1930, pero ella misma, insistimos, me aseguró haber nacido un año después. ¿El equívoco? Debido a que, para obtener en su día el carné del Sindicato necesario para ejercer su profesión, hubo de "aumentarse" un año.

El caso es que este cumpleaños lo pasará –sería inapropiado lo de celebrarlo- en la soledad de una residencia geriátrica situada en Aravaca, a las puertas de Madrid. Allí fue internada en el pasado abril, impotente su hijo Augusto de seguir manteniéndola en el piso del paseo de Rosales, frente al templo de Debod, ya sin reconocer ni siquiera a él, extraviada para siempre su memoria, vencida por el mal de Alzhéimer, que le fue diagnosticado en 2009. Sin recibir más visitas que las pocas que le filtra su hijo. Su hermano Pepe, enfermo de Párkinson con quien siempre estuvo muy unida, se lamentaba no haber podido verla últimamente. Y así, poco a poco, se va apagando la vida de quien fue una de las más populares estrellas de nuestro cine.

Al que accedió en 1947. Al año siguiente rodó la que se considera en realidad fue su verdadero debut junto al astro de la canción ranchera mexicana Jorge Negrete, Jalisco canta en Sevilla, papel por el que le pagaron una buena cantidad, quince mil pesetas, y los vestidos que lució en la película. Siempre puso de manifiesto su recato a la hora de rodar escenas amorosas. Recordaba aquellos tiempos: "Mis padres me habían inculcado la virginidad antes del matrimonio. Y yo era pero que muy estrecha con los hombres". Contaba, por ejemplo, que Paco Rabal, en el apogeo de su galanura, quería tocarle el culo a todas horas cuando coincidían, pero ella no se dejaba, advirtiéndole: "¡Que estás casado…, déjame en paz de una vez!".

La primera vez que recibió propuesta matrimonial fue siendo muy jovencita, con apenas veinte primaveras, y partió del torero azteca Carlos Arruza. Pero el diestro quería que se retirara del cine y ella no tragó. Más tarde el matador le reconoció: "Si te hubieras casado conmigo hubieras vivido en una jaula de oro". En 1953 se fue a México para formar pareja con otro popular actor-cantante charro, Pedro Infante en Gitana tenías que ser. Él aprovechó una de las secuencias más apasionadas de la cinta para sujetarla de la cintura con fuerza en su afán de propinarle un beso de los "de tornillo", defendiéndose la sevillana con un mordisco en los labios de su oponente, al que ya no le quedaron ganas de intentar de nuevo su conquista.

Filmando en París El amor de don Juan, el director John Berry la invitó a su casa, y nada más llegar se abalanzó sobre nuestra compatriota con claras intenciones de violarla. Incidente del que a duras penas pudo salir indemne, aunque el susto no se le fue de la cabeza en varios días. Eso sucedía en 1956. En 1971, Carmen volvería a conocer a un episodio parecido al mencionado antes de México, cuando Charlton Heston, en una escena de Marco Antonio y Cleopatra la sobó con auténtico denuedo, lo que según ella "no estaba explicitado en el guión". Así es que para salir del atolladero reincidió en su técnica disuasoria mordiendo el labio superior del confiado y musculoso donjuán americano, lo que produjo a éste un inesperado dolor seguido de un chorrito de sangre. "¡No te pongas así, Carmencita…!", vino a decirle, en son de paz.

Carmen Sevilla tuvo legión de pretendientes entre ricachones sudamericanos, que no consiguieron nada de ella, salvo algún aislado ósculo. Y Luis Mariano, a los tres años de conocerse y tras muchos regalos y halagos con invitaciones para ella y su familia en su casa parisina, le propuso seriamente casarse. Pero ella no picó. No le gustaban sus ademanes afeminados. Aunque, pícaro, él la llevó un día a cierto restaurante erótico. "Pero, Mariano…¿adónde me has traído a comer?" Pues la llevó a un local donde entre otras "delicatessen" servían piezas de pan en forma de pene y testículos.

Cuando Carmen Sevilla fue a Hollywood a rodar para la Paramount su papel de María Magdalena en Rey de Reyes, año 1961, tuvo oportunidad de ser galanteada por William Holden, "el más guapo de todos", según ella; a Marlon Brando lo veía desde los cristales de su "roulotte", sin atreverse a decirle nada "porque éste no echaba cuentas a nadie"; Yul Brynner "le tiraba los tejos" cuando se cruzaban en algún estudio, en tanto Frank Sinatra "se comportaba como un señor", aunque no disimulaba la atracción que sentía hacia la sevillana. Lo que venía de atrás, pues rodando en España Orgullo y pasión se conocieron en una fiesta y él no dejó de enviarle todos los días un ramo de rosas. Fuera de algún beso, no pasó nada más entre ellos. De igual modo que fueron inútiles los esfuerzos de Mario Moreno "Cantinflas" por conquistarla. "Nunca me acosté con él", nos dijo Carmen. Para el gran cómico mexicano fue una decepción; inútil toda la estrategia que empleó en ganarse su confianza, con ánimo incluso de llevarla al altar.

Ni invitaciones ni preseas hicieron mella en el ánimo de Carmen Sevilla, bastión inviolable, inexpugnable empresa. Cuando se vieron la primera vez él se quitó un brillante y lo dejó en manos de su admirada actriz. Embelesada con aquella joya millonaria escuchó a Lola Flores este consejo: "Tú eres aún mocita y si aceptas ese regalo te verás muy comprometida". Y le devolvió el brillante. Hasta su muerte en 1993, Mario aún mantuvo su amistad hacia Carmen, a quien llamó una semana antes de irse de este mundo desde su habitación de una clínica de Houston donde era tratado de su enfermedad cancerígena. "Me vuelvo a México dentro de unos días, a ver si volvemos a vernos…". "Cantinflas" nunca había olvidado a quien en el fondo de su corazón sentía como "el amor de su vida".

Ella confesaría haber tenido sólo dos : Augusto Algueró y Vicente Patuel. El primero le puso los cuernos cuantas veces quiso; el segundo, también, pero para entonces ella ya no era la ingenua que había llegado al matrimonio sin experiencia sexual, al punto de confesar que "en la noche de bodas no sentí nada". "Con cuarenta y tantoS años ya, al lado de Vicente, supe por fin todo sobre el sexo". Conoció entonces la verdadera dicha, rota cuando él murió, y ajena a toda realidad desde los últimos seis años. ¡Qué pena!

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