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La prensa rosa en el franquismo

El término prensa rosa no empezó a usarse hasta los 60.

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El origen de la prensa rosa | Archivo

El término no empezó a utilizarse hasta bien avanzados los años 60, sin conocerse exactamente quién lo adjetivó: prensa rosa, prensa del corazón. Bien pudiera tratarse de algún sociólogo, o de algún estudioso del periodismo. Pero ¿acuñado en España o proveniente de otros países donde también existen publicaciones similares? Porque el periodismo vinculado a esos temas sobre asuntos sentimentales circuló primeramente sólo en la prensa escrita; en los otros medios, radio y televisión, llegó más tarde, década y media o dos después. Con el franquismo, a ese tipo de prensa se la etiquetaba como femenina, sin más, para diferenciarla de la de información general. Fue "Lecturas" la primera revista de ese género que, con periodicidad mensual apareció en los quioscos en 1921. Nada que ver con su segunda época, ya mediado el siglo XX hasta nuestros días. Pero ni Semana, que nació en 1940, ni ¡Hola!, en 1944, como tampoco Diez Minutos en 1951 pueden considerarse en puridad prensa rosa: incluían textos ligeros sobre vidas de personajes populares, junto a secciones de moda o de belleza, sin llegar al verdadero momento en el que puede situarse la eclosión de ese llamemos género.

Semana, cuando salió a la calle, informaba sobre la II Guerra Mundial abundantemente. Es mediados los años 60 cuando ya sus contenidos son decididamente, llamemos, de vida social. Las otras publicaciones citadas se ocuparon sobre todo del mundo del espectáculo en general y de otros acontecimientos como bodas regias o de ídolos del cine y la canción, sin olvidarnos, insistimos de las páginas imprescindibles dedicadas a la mujer. La principal destinataria de esos semanarios.

C. Polo, su hija Carmen y C. Martínez Bordiú | Corbis Images

Pero ¿qué es lo que insertaban en sus páginas en esas primeras décadas de aquel Régimen? La boda de Carmen Franco Polo, hija del Jefe del Estado, acaparó en aquellos primeros años 50 la atención de esa prensa. Había tenido un noviazgo fugaz con un hijo de los Condes de Argillo, terratenientes de Jaén. Y resulta que se cruzó por medio otro de sus vástagos, que literalmente "le quitó la novia" a su hermano. El afortunado era un atractivo caballero, médico de profesión, de carácter desenvuelto y frívolo llamado Cristóbal Martínez-Bordiú. A la pareja se les distinguiría con un título noble: el de Marqueses de Villaverde. Ni qué decir que la prensa de la época ocultó a sus lectores ese detalle de que la hija del Caudillo se había enamorado de dos hermanos y uno de ellos "le birló" su amor al otro.

Y es que los semanarios del corazón eran sumamente respetuosos, que para algo temían sus directores y empresarios la férrea censura franquista. Otra boda atrajo el interés informativo: la de Lola Flores y Antonio González "El Pescaílla" el año 1957. Pero resulta que o los reporteros de la época "no se comían una rosca" o que esta pareja farandulera fue muy lista para evitar que hubiera periodistas en su enlace. ¿Qué pasó? "La Faraona" se hallaba embarazada y como quería casarse por la Iglesia no era cuestión de tener el bebé (que resultaría ser Lolita) antes de escuchar la Epístola de San Pablo. Por otra parte, "El Pescaílla" temía que los familiares de una gitana catalana como él con la que venía roneando algún tiempo se presentaran a las puertas del templo, armaran una gresca y hasta hubiera cruce de navajas de por medio. Para evitar ambas circunstancias la pareja optó por casarse casi en la intimidad, sólo con la presencia de apenas una docena de familiares y amigos. A la prensa no la avisaron, claro. Y celebraron la ceremonia en El Escorial ¡a las siete de la mañana! Por cierto, cuando el novio llegó al hotel Felipe II camino de la "suite" nupcial quiso cumplir con el rito de llevar a la novia en brazos a las puertas de su habitación. O Lola pesaba lo suyo o él no calculó bien la jugada. El caso es que, ya en brazos de Antonio, los recién casados resbalaron, cayendo al suelo en una escena que no la hubiera mejorado ni Berlanga.

Personajes habituales de las revistas femeninas de primeros años 60 fueron Fabiola y Balduíno, los Príncipes Raniero y Gracia de Mónaco, la Emperatriz Soraya, su sustituta en el corazón del Shah, la joven estudiante iraní Farah Diba… La boda de la pareja citada en primer término fue fastuosa. El Rey de los belgas, ferviente católico, empedernido solterón, no encontraba la esposa adecuada; pidió consejo a su confesor, y de la consulta vino la sugerencia jesuítica de que conociera a una aristócrata de impecable moral, tan bella como recatada: doña Fabiola de Mora y Aragón, que habitaba en el palacete familiar de la madrileña calle de Zurbano, a espaldas de lo que hoy es la sede del Partido Popular. Se conocieron y en poco tiempo comieron perdices y fueron felices. El acontecimiento nupcial fue televisado por toda Europa y por vez primera Televisión Española echó el resto con una retransmisión como nunca se había conocido en la incipiente cadena 1. Cómo sería la cosa que en muchos establecimientos de electrodomésticos españoles se agotaron los receptores de televisión. Doña Carmen Polo de Franco se encargó del regalo a nuestra ya regia compatriota: una joya, en forma de corona, supuestamente de brillantes… que resultaron ser falsos. Pero de nuevo nuestros colegas de entonces estuvieron "in albis" y ni se enteraron. Bien pensado, de haber descubierto la burda ofrenda tampoco hubieran podido publicarla. Respecto a los príncipes monegascos celebraron sus esponsales en la capital del Principado, otro feliz acontecimiento publicitado en los semanarios del "cuore" a toda pastilla. Luego vinieron de vacaciones a España y pasaron parte de su luna de miel en Formentor, bien protegidos por policías franquistas para que ningún osado reportero pudiera tomar imágenes en bañador de la actriz norteamericana convertida en princesa. Acerca de Soraya, las revistas se pasaron semanas y semanas contando sus cuitas, al haber sido repudiada por su esposo, el Shah de Persia, que deseaba tener un hijo para asegurar la permanencia de la dinastía Pahlevi en el Trono del Pavo Real de su reino. Eso de ser una repudiada dio mucho juego periodístico. Y el Emperador buscó a una joven que pudiera darle descendencia: Farah Diba, a la que durante unos cuantos años la prensa rosa dedicó portadas y grandes reportajes, sobre todo cuando dio a luz al esperado heredero.

Muchos más personajes inundaron las páginas de aquellas revistas en la época del franquismo. Y de ello nos seguiremos ocupando en un segundo capítulo.

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