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Margarita de Dinamarca cumple 77 años y no renuncia al trono

La reina, que cumple 77 años, ya ha dispuesto cómo serán sus funerales.

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Es Margarita de Dinamarca la segunda soberana europea, después naturalmente de Isabel II de Inglaterra. Cumple este domingo, 16 de abril, setenta y siete años. No ha sido fácil para ella alcanzar la felicidad íntima y la de su reinado. Porque su matrimonio con el príncipe Henri de Montpezat, del que siempre ha confesado estar muy enamorada, ha atravesado infinidad de críticos momentos que han hecho peligrar el matrimonio. Y todo ello porque el actual Rey consorte danés, su marido, nunca ha estado contento con el papel que le corresponde en la Corte, y se considera poco menos que un jarrón de adorno. Tampoco sus hijos parecen llevarse bien, por culpa de sus esposas. Todo ello, qué duda cabe, han significado dolores de cabeza, preocupaciones casi constantes para Margarita de Dinamarca.

La verdad es que su esposo no ha resultado ser un hombre consecuente para aceptar que, si bien contrajo matrimonio con una princesa, debía suponer que si ésta heredaba el trono danés, su título de rey o príncipe consorte lo llevaría a una posición incómoda, como figura decorativa. Debía haberse fijado en Felipe de Edimburgo, marido de la reina británica, quien nunca se ha entrometido en los deberes de su cónyuge, aceptando ser únicamente un personaje de la realeza sin precisos cometidos, y sólo protocolarios. Yendo a su aire, con bastante libertad, ya es sabido que no ha perdido el tiempo enamorando a damas inglesas de toda condición. En cambio Henri de Montpezat, quitando los primeros años de su matrimonio, ha llevado una vida triste y aburrida, la de un hombre que no ha encontrado su lugar en esta vida, como si estuviera siempre "de prestado". Sumémosle a ello un dato sobre su nacimiento que, cuando estuvo en edad de saberlo, contribuyó a que se acentuase más en él una melancolía crónica. Y es que Henri, que vino al mundo seis años antes que la princesa, era hijo de una pareja que no estaba casada, André Laborde Montpezat y Renata Dousenot, pues esta señora resulta que ya había contraído anteriormente matrimonio con un sacerdote secularizado, quien luego, sabedor de que le ponían los cuernos, se negó rotundamente a conceder el divorcio a su prójima. En esas circunstancias, el hijo que tuvieron André y Renata debía haber llevado los apellidos de ella en última instancia, aunque al seguir legalmente casada le correspondía el del cura burlado. En esas cuitas el llamado André Laborde Montpezat resolvió registrar al niño como hijo suyo (que lo era biológicamente), pero de madre desconocida. Con lo cual, el varón usaría esos apellidos paternos, aunque sólo utilizó el segundo, Montpezat.

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Margarita y Henri, en 1967 | Cordon Press

Creció en esa familia de agricultores, de ascendencia francesa pero radicada en lo que entonces era Indochina. Una vez acabada la II Guerra Mundial, los Montpezat regresaron al país galo. Pasando por alto otros datos biográficos, digamos que Henri estudió en la Escuela Diplomática, siendo nombrado secretario de la embajada francesa en Londres, donde en el transcurso de una recepción conocería a la joven, rubia y altísima princesa Margarita de Dinamarca. Se enamoraron. Pero el rey Federico IX no "tragaba" a aquel apuesto joven francés, sin título alguno, al que se le hizo pasar por falso conde. Lo consideraba un cazador de dotes. Medió la reina Ingrid al ver que Margarita, la princesa heredera, estaba loquita de amor por Henri. Y se casaron. El 10 de junio de 1967, una vez que el Parlamento de Dinamarca autorizó el enlace. Y entonces, el diplomático francés se convirtió en príncipe, en príncipe consorte, y su nombre mutó en Henrik, que es en Dinamarca como se llaman los que en España son Enrique. Él se esforzó, desde luego, y aprendió un idioma tan enrevesado como el de su mujer. Y poco a poco, viéndose sin una misión concreta con la que "matar el tiempo" tuvo que dedicarse al deporte, a pintar, a tocar el piano, a leer y hasta escribir versos, algunos dirigidos a su enamorada esposa.

Llegó el primer hijo, va a hacer ahora cuarenta y nueve años, al que impusieron el nombre del abuelo materno, el rey Federico. Lo que supuso un gran júbilo en la Corte danesa al celebrarse que un varón se convertía en heredero, aunque con anterioridad, la madre de éste, la princesa Margarita, ya obtuvo ese privilegio de poder reinar algún día porque en 1958 se reformó la Constitución del país, en el que hasta entonces nunca podía subir al trono una mujer. Y eso pudo ya ocurrir cuando el 15 de enero de 1972 murió el viejo monarca y Margarita II se convirtió en Soberana de los daneses. No cabe duda que el príncipe Henrik celebró el acontecimiento pero en adelante todavía se sintió más amargado, en su diario nada quehacer en la Corte. Con el chusco agravante de que cuando el heredero, Federico, iba cumpliendo años, recibía más atenciones que su propio progenitor. La llegada al mundo de otro hijo, Joaquín, no cambió para nada el papel de Henrik, que en uno de sus más violentos episodios depresivos decidió marcharse a Francia, a la campiña, donde su familia cuidaba de unos viñedos. Ni que decir que la prensa danesa intensificó sus ataques contra "el príncipe consorte extranjero", afeándole su actitud, impropia de un hombre maduro que no se comportaba con la responsabilidad que le otorgaba ser marido de la Reina.

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Federico de Dinamarca y Mary Donaldson | Cordon Press

Peor fue unos años después cuando huyó a la Martinica. Esta vez, muy preocupada, Margarita de Dinamarca viajó hasta aquellos parajes y consoló a Henrik de sus males, sus celos, complejos, sus encontrados sentimientos de culpabilidad. Fueron unas vacaciones no programadas que reafirmaron el amor que la Reina seguía teniendo hacia su esposo. Quien poco a poco, ya de regreso a la Corte, fue mejorando, aunque ha sido quizás el paso de los años la razón por la que su carácter se haya ido apaciguando.

Margarita de Dinamarca celebra su setenta y siete aniversario sin que haya decidido imitar a su colega, la reina Beatriz de Holanda, quien decidió abdicar del trono al cumplir sus setenta y cinco años, lo que en España hemos vivido con don Juan Carlos, por otras cuestiones harto ya divulgadas. La familia danesa ha crecido mucho. El heredero se casó con la australiana Mary Donaldson, que es muy querida en el país, donde van creciendo sus cuatro retoños. El otro príncipe, Joaquín, contrajo matrimonio con la francesa Marie. Hay rumores sobre las dos cuñadas: no se soportan, al punto de que se haya publicado no hace mucho que coincidieron en un restaurante y cada una miró hacia otro lado para no saludarse. La Reina, inmediatamente, desmintió esa información pero ya se sabe que cuando el río suena…

Ha llamado más atención en Dinamarca que la reina Margarita haya intervenido en un documental donde deja ordenado que, cuando fallezca, desea que sus restos mortales descansen en un sarcófago y sean enterrados en el panteón de la catedral de Roskilde, muy cerca de la capital, Copenhague, y que cuando le llegue la última hora a su esposo también repose a su lado. Como se advierte, muy previsora en ese siempre temido pero inevitable trance. Sobre ese asunto, quien no se ha pronunciado ha sido el consorte.

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