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Nana Mouskouri, la dulce griega que se hartó de la dictadura

Está considerada la mujer que ha superado todos los récords como vendedora de discos, más de trescientos cincuenta millones de ejemplares.

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Nana Mouskouri | Archivo

Acaba de cumplir ochenta y tres años. Vive retirada en Atenas, su país. Todavía, si quisiera, tendría fuerzas, y sobre todo voz, para continuar recorriendo el mundo con su maravillosa voz. Pero es consciente de que su tiempo ya ha pasado, que rebasó cumplidamente su medio siglo como cantante. De hecho, estuvo tres años despidiéndose en un montón de países y concluyó la gira en 2008. "Pero me encontraba deprimida, triste, por aquella retirada. Por eso volví unos años después". Sí, por poco tiempo, entre 2012 y 2014 reapareció, no sólo porque necesita de nuevo continuar los aplausos del público: es que los empresarios seguían reclamándola. Pero ya, no. Nana Mouskouri he dicho definitivamente adiós a la música, que ha sido la gran pasión de su vida. Y sus dos maridos, desde luego y los dos hijos que tuvo con el primero de ellos.

¿Por qué esta mujer está considerada una de las más grandes intérpretes de la música popular? Sin duda por su maravillosa, dulce voz. Cuando le ha sido necesario ha demostrado interpretar fragmentos de óperas conocidas, caso por ejemplo del coro de esclavos, del "Nabucco", de Giuseppe Verdi. Su versatilidad no admite reparos: con una educación musical clásica, de Conservatorio, pasó por clubs de jazz, y sucesivamente, a partir de los años 60, fue grabando éxitos de melodías del momento. Dada la ingente cantidad de grabaciones –cerca de dos mil- nos parece innecesario citar aquí algunos de sus títulos. Puede asegurarse que las canciones más conocidas, sobre todo románticas, del último medio siglo, han tenido en la voz de esta griega universal su personalísima versión. Pongamos un ejemplo, el de la banda sonora de "Nunca en domingo", filme que protagonizó su buena amiga y compatriota, Melina Mercouri. O la de otra película inolvidable, "Los paraguas de Cherburgo", que le brindó su autor, Michel Legrand. Con España ha estado muy relacionada: ganó el primer festival de la Canción del Mediterráneo, celebrado en Barcelona en 1960 y ha actuado en otras capitales españolas, amén de sus apariciones televisivas. Y junto a Julio Iglesias registró un dueto con "La paloma", la célebre composición del vitoriano Iradier. Interpretando en un castellano perfecto. Es políglota y domina un montón de idiomas. Eso, lógicamente, le ha reportado notoriedad en múltiples países.

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De familia modesta, nació en La Canea, pueblecito griego, desde donde sus padres la llevaron a Atenas. Su progenitor se ganaba la vida como proyeccionista de cine. Eso, de niña, alimentó sus sueños artísticos. La música sería siempre su compañera. En sus primeros tiempos alternaba cantando en clubs de jazz, lo que le creó ciertos problemas con sus profesores de Conservatorio, afeándole esa dedicación. A cambio, en uno de tales locales conoció a Harry Belafonte, el gran creador del calypso, quien impresionado por sus condiciones vocales prometió ayudarla. Y en años sucesivos, siendo grandes amigos, llegó a cantar en su orquesta, en giras por los Estados Unidos y otros países. En una de esas "tournées" iba también su marido, el músico Yorgos Petsilas. Se habían conocido en la capital griega, formando parte del trío Los Atenienses. De las canciones de amor pasaron al noviazgo. La boda la celebraron en 1961. Tuvieron dos hijos, Helena y Nicolás. Pero la vida del matrimonio se fue enfriando poco a poco y aunque hasta 1975 no se separaron formalmente, el caso es que se iban distanciando cada vez más.

Nana, que en griego no tiene la misma equivalencia que en otras lenguas, viene de Ioanna. Un apelativo familiar, cariñoso. Ella lo es: dulce, muy sensible. Fiel a un físico por el que ha sido siempre fácil ser reconocida: su melena de cabellos negros, peinada por lo corriente siempre igual. Y desde luego con un signo característico del que no podía prescindir: sus gafas de concha, de un modelo que nos parece jamás cambió. Y si lo hizo alguna vez no era muy diferente del anterior.

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Desengañada de su primer marido encontró en André Chapelle, productor de sus discos, el apoyo sentimental que estaba buscando. Llevan conviviendo más de treinta años, aunque esperaron a 2003 para contraer matrimonio. La pareja ha vivido en París, Ginebra y Londres. Actualmente, como dijimos, residen en Atenas. Y no lo hicieron antes sencillamente porque Nana Mouskouri había tenido problemas con el régimen de los coroneles griegos y decidió marcharse del país, al que no volvió hasta veinte años después. Entró en política afiliada al Partido Popular Europeo, harta de la dictadura griega y estuvo varios años como diputada en el Parlamento Europeo, renunciando a la pensión que le correspondía como tal, para dar ejemplo de honradez y dignidad, en momentos difíciles para su país, entre 1994 y 1999.

Con absoluta modestia y alejada de cualquier señal de coquetería, Nana Mouskouri hace recuento de su vida artística con estas palabras: "Yo no fui nunca nada atractiva… pero llegué a vender más discos que Madonna". En efecto: está considerada la mujer que ha superado todos los récords como vendedora de discos, más de trescientos cincuenta millones de ejemplares. Quien fuera su Rey, ya derrocado, Constantino de Grecia, le pidió en cierta ocasión, estando ambos en Londres, que acudiera a cantar a la mansión que habitaba, con motivo del cumpleaños de su esposa, la Reina Ana María. Y Nana Mouskouri acudió, solícita, para ir desgranando en su lengua griega, hermosas canciones, que emocionaron a sus regios compatriotas. También tuvo el honor de actuar ante la Reina Isabel de Inglaterra. Nada de ello le hizo nunca perder su sencillez. El encanto que siempre ha emanado con su bellísima voz.

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