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Marisa Paredes, una mujer enamoradiza que nunca quiso casarse

Marisa Paredes es una gran actriz que nunca tuvo un Goya... pero ahora le dan el de Honor. 

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Marisa Paredes en La flor de mi secreto | Cordon Press

Gran noche la de este sábado, 3 de febrero, para Marisa Paredes, una de nuestras más importantes actrices, que en dos ocasiones estuvo a punto de ganar un Goya de interpretación (por Cara de acelga, en 1992, y por La flor de mi secreto, cuatro años después) y que ahora, felizmente, es reconocida con el Goya de Honor. Premiada por la Academia del Cine Español, que ella presidió fugazmente entre el 2002 y el 2003. Mujer elegante siempre, con un especial atractivo cuando siendo todavía joven lucía sus cabellos encanecidos, pero que en ella quedaban bien, como si llevara hebras plateadas. Tiempos también en los que acudía a algunas tertulias fumando en pipa como si fuera un novelesco comisario de policía. La "chica Almodóvar", en cuya factoría cinematográfica rodó títulos emblemáticos del manchego: Entre tinieblas, Tacones lejanos, el ya citado La piel de mi secreto, Todo sobre mi madre y La piel que habito. Y también, por supuesto, protagonista, actriz de otros magníficos realizadores: Arturo Ripstein, Guillermo del Toro, Roberto Benigni, Agustín Villaronga, Martínez-Lázaro, Jaime de Armiñán…

Yo la entrevisté frecuentemente cuando a mitad de los años 60 y la siguiente década iba mucho por Prado del Rey a intervenir en telenovelas y aquellos recordados Estudio 1. Alternaba ya con sus apariciones teatrales para, finalmente ir dejando ya la pequeña pantalla, centrándose en los escenarios y en el cine. Completa en cualquiera de las tres facetas. Estaba incluso dispuesta a cantar en público, no lo hace mal, pero Pedro Almodóvar prefirió que Luz Casal la doblara en "Piensa en mí" cuando Marisa fue la sensacional Becky del Páramo en Tacones lejanos, lo que a ella le supuso cierta desilusión. Otro tanto le ocurrió cuando estaba a punto de grabar un disco con canciones de Luis Eduardo Aute, proyecto que se fue al garete.

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No le ha importado nunca rodar escenas subidas de tono, ni mostrar algunos de sus encantos físicos. En la revista Fotogramas solía aparecer de vez en cuando en imágenes rozando el erotismo. Pero en ningún caso se sirvió nunca de reportajes en las revistas rosas. Tenida por rebelde y contestataria durante los años anteriores a la Transición y posteriores, no desentonaba en otros ambientes, en gran parte debido a como apuntábamos antes que cuidaba su presencia. Pero en lo que ha sido siempre implacable es en reservar detalles sobre su vida privada. De ahí que se desconozcan bastantes pormenores sentimentales. Y eso a pesar de que en algunas entrevistas haya repetido que es muy enamoradiza y que ha vivido suficientes romances como para sentirse satisfecha, ahora que en abril cumplirá setenta y dos años. Ocurre que ella no le ha puesto nombres a sus amantes y sólo se conocen apenas los de tres o cuatro. Se recuerda un comentario de Marisa, según aportaba el comentarista cinematográfico Juan Francia, respecto a lo mucho que le fascinaba a la actriz "hacer el amor", con un hombre que le gustase, en algún hotel de lujo, y decía haber vivido varias experiencias así, una de ellas en el madrileño hotel Ritz, regodeándose porque ese establecimiento, ahora por cierto cerrado temporalmente, donde no dejaban alojarse a los actores ni a nadie del mundo de la farándula.

Hija de la portera del número l3 de la casa de la madrileña plaza de Santa Ana, de padre empleado en la fábrica de cervezas "El Águila", pasaba de niña y adolescente por la fachada del teatro Español, e imaginaba ser algún día actriz como aquellas a las que veía algunas veces por la entrada de artistas. No muy lejos de su domicilio se encontraba, tal y como hoy, otro teatro, el Reina Victoria, donde un día se atrevió a pedirle a José Bódalo un autógrafo. Era una niña imaginativa, que en su primera juventud ya tuvo sus primeros sueños amorosos. Cerca de su barrio, además de una cafetería donde se reunían los actores, había un bar, centro de reunión de algunas figuras del toreo. Conoció a dos hermanos, futuros matadores de toros, Faustino y José Manuel Inchausti, apodados "Tinín". Al mayor le amputaron una pierna tras una cornada y el segundo tuvo mejor suerte, pues llegó a ser figura del toreo y luego estuvo con Camilo Sesto como ayudante del "mánager". Pero si aquellos paseos con uno y otro becerrista entonces no tuvieron mayor progresión amorosa, el hombre que deslumbró a Marisa Paredes, cuando sólo tenía ella dieciséis años, fue Fernando Fernán-Gómez, del que mucho aprendió. Él era ya un actor consagrado y ella una principiante en la compañía teatral de Conchita Montes.

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Marisa Paredes ha sostenido siempre que en la mayoría de los novios que ha tenido tuvo más en cuenta su inteligencia, su cultura, que el físico. Pero también, acabada la pasión, nunca ha tenido problemas en despedir al amante de turno y esperar una mejor ocasión. De los guapos, supimos que vivió una aventura con un actor de fotonovelas que luego también dio cierto juego en el cine erótico que dirigía Iquino, J.A. Mayáns. Y, más adelante, Marisa tuvo quizás la relación más prolongada y estable de su biografía sentimental: con el director y productor catalán Antonio Isasi-Isasmendi, que le llevaba casi veinte años de diferencia. En él encontró a un hombre ya hecho y derecho, que con pocos estudios había adquirido una sólida cultura. Los sorprendí en Ibiza, verano de 1977, donde Antonio tenía una casa de su familia. La pareja se deshizo, creo, a los seis años de convivencia. Ella no dio ninguna razón y él se despachó con esta frase: "Nuestra convivencia era cada vez más difícil". En alguna parte figuraron como marido y mujer. Pero no estaban casados. Marisa nunca ha querido desposarse con ninguno de sus amantes. Isasi-Isasmendi falleció en septiembre pasado, a los noventa años. Sólo dirigió, que recordemos, una sola película a Marisa: El perro. Donde la madrileña, por cierto, apenas hablaba. Tuvieron en noviembre de 1975 una hija que ha seguido las huellas artísticas de su madre, María Isasi, que entre otros trabajos figuró en la serie Amar en tiempos revueltos.

Marisa acudió con parte del equipo de la película Entre tinieblas al Festival de Venecia. Y allí quiso conocer a un gran director, que mucho admiraba: Bernardo Bertolucci. Se lo presentó quien dirigía la Filmoteca Nacional, José María Prado. Lo contaba el autor de una amena biografía de la actriz, Juan Francia. No puedo asegurarlo, pero el italiano y nuestra compatriota simpatizaron enseguida. Si hubo más que piropos recíprocos es algo que queda en el recuerdo de Marisa. Quien sí, más adelante, se reencontró con Chema Prado, que es su último amor y con quien felizmente continúa conviviendo… pero sin pensar ni remotamente pasar por la vicaría.

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