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Así ha superado sus deudas Concha Velasco

Concha Velasco respira, tras haber cancelado su deuda de 600 millones de pesetas.

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Así ha superado sus deudas Concha Velasco
Concha Velasco | Gtres

Alcanza Concha Velasco los setenta y nueve años este jueves, 29 de noviembre, tras superar su último "yuyu", una neumonía causada por un mal cuidado catarro que le sobrevino en Bilbao mientras representaba su actual función teatral. Al llegar a La Coruña para proseguir su gira se vio en la obligación de suspender tres días, volvió a Madrid y su médico de confianza le aconsejó se tomara un necesario descanso.

No ha sido Concha Velasco una mujer proclive a abandonar sus contratos por enfermedad alguna, salvo en el pasado septiembre y en muy pocas otras ocasiones. Tuvo, sí, la seria intervención oftalmológica cuando la serie Teresa de Jesús. Y algunos otros arrechuchos. Pero, cumplidora como pocas, lleva hasta las últimas consecuencias aquello de "la función debe continuar". Pero tenía sus días malos al comienzo de este otoño: "Creí que no llegaba a mi cumpleaños". Pues, sí: los festeja. Y además, como tiene firmado con su productor que la actual comedia, El funeral, escrita por el mayor de sus hijos, Manuel, ha de representarla durante dos años piensa que en 2019, por estas fechas, eche el telón en Melilla, ciudad tan querida por ella por el tiempo que vivió allí con sus padres, al ser su progenitor militar y estar destinado en esa plaza. Luego de retirada, de momento es algo que no contempla. Y octogenaria, acaso decida continuar.

Por su notoriedad, su presencia continua en los medios, las biografías que de ella se han publicado, es difícil escribir algo nuevo o menos conocido de nuestros lectores. Intentaremos solventar esa cuestión.

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Concha Velasco en el Teatro La Latina | Cordon Press

Cuando llegó al medio siglo de vida, como muchas mujeres, atravesó un periodo crítico. Me contó que se miraba al espejo, encontrándose fea. Y eso que, a los treinta y dos hubo de engordar exageradamente por exigencias de su papel en la película Tormento. "Descubrí a los 50 que no me aceptaba y ni siquiera podía repasar mis álbumes fotográficos". Total: recurrió a un psiquiatra. "Pero mi crisis duró dos años, ¿eh?" No, no era un capricho de la vallisoletana. Que también cuando discutía tan a menudo con su último marido, Paco Marsó, se fue un día de casa: "Sí, pedí habitación en un hotel pero no pude aguantar allí ni diez minutos, el tiempo que estuve en el vestíbulo. Y volví a casa".

Echa mano de la memoria, con su privilegiada mente: "Desde que era una niña no he dejado de trabajar. ¿Y sabes por qué hube de hacerlo? Porque mi familia se quedó en la calle. Y lo único que yo sabía era bailar. Le pedí trabajo a Celia Gámez. Y me lo dio. Comía bocadillos en la plaza de Oriente, me iba a hacer mis dos funciones al teatro, volvía a casa de madrugada y mi madre me esperaba con un balde con agua y sal para que se deshincharan mis pies. Luego me daba un vaso de leche y nos íbamos a dormir". Y para trabajar en las revistas musicales, Concha Velasco hubo de falsificar su pasaporte, porque no tenía la edad mínima exigida por el Sindicato correspondiente, con el consiguiente riesgo de que las autoridades se enteraran. Pero nadie la denunció ni se supo esa treta de la quien es hoy la actrriz española más veterana y reconocida.

Hay una faceta apenas sabida de Concha: escribe muy a menudo. Desde que era jovencita. No el clásico diario, sino artículos, impresiones, notas sueltas, bocetos de un libro que jamás se atrevió a darle publicidad. Cuando la trató su psiquiatra, se sorprendió gratamente: "Si eso era precisamente lo que yo iba a sugerirte que hicieras, escribir sus pensamientos, tus vivencias..." Su madre madre sí que escribía diarios. Y una novela, que publicó con el título Media de cristal, firmada como María Emilia Chacón, aunque realmente se llamaba Concepción Emilia. Concha llevó un día al director Ángel Fernández Montesinos una comedia inédita de aquella, La madre de la artista. Y de ahí surgió la función que con tanto éxito llevó a los escenarios Concha Velasco: "¡Mamá, quiero ser artista!"

De tanto apasionarse con muchos personajes dramáticos que le ha tocado en suerte representar, Concha tuvo problemas cardíacos: "Se manifestaron en "Buenas noches, madre", que hice junto a Mary Carrillo, me vi en la necesidad de dejar la función cuando había colas diarias allí donde íbamos. Tanto me involucré con mi personaje que tuvieron que colocarme un aparato para controlar mis emociones".

Quiso mucho a sus padres. Lloró con amargura la desaparición de su madre. Y cuando su padre viudo le comentó un día a Concha qué le parecía si se casaba de nuevo, ella le negó esa posibilidad: "Me acordaba mucho de lo felices que habían sido mis padres y no supe decirle que sí".

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Concha Velasco, en la actualidad | Archivo

El teatro ha sido siempre su refugio. Más que el cine y la televisión. Por eso en las temporadas que trabaja y hace giras llega a su camarín con dos horas de antelación. Teme que si no lo hiciera así pudiera llegar tarde alguna vez, por el tráfico, por ejemplo. Y no se lo perdonaría. Comentándole a Julia Gutiérrez Caba esa costumbre ambas coincidieron en lo mismo, en que no conciben la vida sin su profesión. Porque "¿qué íbamos a hacer a las cinco de la tarde sin la obligación de irnos a hacer todos los días nuestra función?" Y al terminar el día, tampoco Concha sale inmediatamente corriendo. Así es que alguna vez se quedó encerrada porque el encargado de echar el cierre al teatro no se percató de que la primera actriz continuaba en su camarín, con las luces encendidas, vistiéndose para salir, sin prisas.

Ha sabido Concha Velasco programar sus espectáculos de manera que si representaba un papel dramático el siguiente debía ser cómico. Le sucedió, por ejemplo, tras concluir la serie Teresa de Jesús. Justo al día siguiente, cuando la santa escritora moría en la ficción del último capítulo, la actriz vallisoletana estrenaba El águila de fuego, bajando las escaleras del escenario, llena de plumas y luciendo sus espléndidas piernas. Cambiar de registro llaman eso en el argot de la farándula.

Le queda poco por hacer en la escena o la pantalla que no haya probado. Me refiero a géneros artísticos. Sólo los clásicos. No ha tenido ocasión de ello. Y siempre se ha arriesgado como empresaria y productora, ganando muchos millones, perdiéndolos también hasta arruinarse en tres ocasiones. Eso sí: pagando hasta el último céntimo a sus acreedores, empezando por sus compañeros de función. Se embargó en ¡Hello, Dolly!, costosísima aventura que si bien le proporcionó buenas críticas en cambio no consiguió enjugar los gastos, aunque llenara diariamente. Lo que le supuso, al verse obligada a cortar la temporada, unas pérdidas cifradas en seiscientos millones de pesetas. El pago de las últimas facturas las ha satisfecho recientemente. Ya no debe nada a nadie. Cuando las cosas le vinieron mal recurrió a alternar varios trabajos, como presentar programas en televisión, protagonizar algunas series y prestar su cara en campañas publicitarias. Echa de menos aquel bonito chalé, que yo conocí, en La Moraleja, que se vio obligada a vender ante las amenazas de deshaucio. A sus aventuras fallidas en el teatro hubo de hacer frente a las deudas de juego que contrajo quien fuera su marido, Paco Marsó, el que luego dejó a Concha por una cubana, para morir en un hotel de Málaga en penosas circunstancias. Concha Velasco ha tenido muchos triunfos pero su vida está llena de dolorosos episodios. Quiso a Paco, pero éste le causó mucho daño.

Los amores de Concha Velasco siempre fueron públicos y notorios, salvo uno: con un acreditado director de fotografía. Tal vez fue el gran amor de su vida, pero estaba casado y nunca quiso romper su matrimonio. Ahora, en la frontera con los ochenta años, Concha Velasco, contempla la vida, sin querer jubilarse, con la serenidad que otorga el paso del tiempo, sabiéndose querida por la gente, admirada, respetada por la prensa. No alberga rencores, al contrario: tiene la conciencia tranquila. Una maravillosa mujer que puede mirarse limpiamente en el espejo todas las mañanas. Guapa por fuera y lo que es mejor: también por dentro. ¡Felicidades, queridísima Concha!

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