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La boda de Joaquín Sabina con Jimena, su compañera desde hace 20 años

Sabina se dispone a casarse con Jimena. Será la segunda boda de su vida.

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Sabina se dispone a casarse con Jimena. Será la segunda boda de su vida.
Joaquín Sabina y Jimena Coronado | Cordon Press

Joaquín Sabina se casa el próximo año: con Jimena Coronado, la mujer que lo ha acompañado durante dos décadas, quien ha estado junto a él en sus noches de vino y rosas, de triunfales conciertos, y también la que ha sufrido a su lado en momentos graves e inciertos, como cuando el cantautor ubetense sufrió un infarto cerebral, o la dura temporada de su depresión, ausente de los escenarios. El anuncio de su boda, que será la segunda en su vida ya de setentón, se produjo hace apenas un mes cuando en un programa de la televisión argentina su colega Joan Manuel Serrat desveló la feliz buenanueva, revelando que Joaquín Sabina se había arrodillado ante su enamorada, como en otros tiempos hacían un poco cursis nuestros antepasados, pidiéndole matrimonio, aprovechando que Jimena celebraba su medio siglo de vida, a la vez que colocaba en el dedo corazón de la mano izquierda de su prometida un anillo rematado con un valioso brillante.

A Sabina no le hizo mucha gracia que "el Nano" se fuera de la lengua, pero como bromista y provocador que siempre ha sido, aceptó al fin que se desvelara ese secreto. Sólo los más íntimos conocían tal deseo. Dada su idiosincrasia, esa ceremonia, que imaginamos será de carácter civil, tendrá lugar sin que ellos y por supuesto nadie de su entorno dé tres cuartos al pregonero: es decir, se casarán en la intimidad en mes, día y hora que sólo ellos decidirán, de acuerdo claro está con el juez que los case y fije la fecha. Es de imaginar que los "paparazzi", cuando "se huelan la movida", harán guardia mañana, tarde, noche y madrugada en las inmediaciones de la casa donde habita la pareja, las merindades del Rastro madrileño, alrededor de la plaza de Tirso de Molina, para que no se les escape la liebre del reportaje. Lo mismo, conociendo al protagonista, se disfraza con chaqué y sombrero de copa. Apostamos que el evento podría tener lugar después de febrero, cuando ya hayan regresado de su gira "No hay dos sin tres" por tierras hispanoamericanas, donde Serrat y Sabina han vuelto a llenar grandes recintos, como ocurrirá en Madrid: a los dos conciertos programados han tenido que añadir un par de ellos ante la avalancha de peticiones de localidades.

Joaquín Ramón Martínez Sabina ya estuvo casado con anterioridad, lo que no deja de sorprendernos. Pero conociendo por qué lo hizo, siendo refractario al matrimonio desde sus años jóvenes, se comprenderá mejor. Resulta que en Londres, adonde se marchó en 1970 huyendo de su tierra andaluza tras haber colocado un "cóctel molotov" en las oficinas de un banco, sabiendo que la policía iba tras él (su padre era inspector del Cuerpo y lo avisó), en sus días de bohemia y hambre, dio en conocer a una argentina llamada Lucía Inés Correa Martínez, con la que se enrolló. En la capital británica, con el nombre supuesto de Mariano Zugasti, el futuro compositor vivió siete años. Hasta que decidió volver, ya a las puertas de la Transición, fallecido Franco. Tenía que "hacer la mili". Y acabó en un cuartel de Palma de Mallorca, isla a la que se trajo a su novia argentina. No le fue del todo mal a Joaquín vistiendo el uniforme "caqui", pues consiguió un puesto de colaborador en el diario local Última Hora, lo que le permitía dar a conocer su pulsión por la escritura, foguearse como periodista encargado de las crónicas políticas internacionales, ganando de paso unos billetes mensuales que le venían de perlas para sus habituales vicios. Lo que le traía por la calle de la Amargura era la obligación de volver todos los días al cuartel para dormir. Hasta pasado el mediodía no le era permitido salir a la calle. Pero se enteró del medio para librarse de ese engorro: si se casaba obtendría el denominado "pase pernocta", salvoconducto para pasar tarde y noche junto a su amada Lucía Inés.

Así lo hizo tras haber contraído matrimonio eclesiástico con la mentada el 18 de febrero de 1977. Lucía no se quería casar; él, tampoco. Una vez cumplido el servicio militar de Joaquín, Lucía se estableció en Madrid, comenzó a trabajar en una oficina y nunca dijo nada de su estado civil a sus compañeros, actitud que asimismo tomó Joaquín, quien se quedó en Palma de Mallorca una temporada, hasta reunirse ambos en 1978. De aquella época evocándola más tarde es "Caballo de cartón", balada dedicada a su esposa, que incluyó en su álbum "Ruleta rusa", fechado en 1984. Al año siguiente la pareja se separó definitivamente. Doce años más tarde obtuvieron el divorcio. Antes de que tal cosa sucediera, Lucía se enrolló con Manolo Tena. Y a Sabina eso le supo "a cuerno quemado" y tuvo su consabida pelea con el recordado autor de "Sangre española".

Mujeres las tuvo a porrillo: en Londres, en Mallorca, en Madrid... Sórdida fue la historia que vivió en Logroño con una drogadicta, "hippy" que le inspiraría la canción "Princesa": se vieron en distintas ocasiones hasta que él perdió su pista. Dejando ya también en un lejano pasado su boda exprés con Lucía Inés, la mujer más importante de la vida de Joaquín Sabina resultaría ser la guapísima hija de un ministro de UCD, Alberto Oliart, que ostentó entre otras la cartera de Defensa, llamada Isabel, a quien conoció justo diez años después de su olvidado matrimonio, esto es, 1987. Fue en la sala "Elígeme", de la que fue copropietario junto a otros dos socios, situada en el barrio madrileño de Malasaña. Entre la apretada concurrencia destacaban tres jóvenes muy bonitas, que iban un poco "piripis". Con ellas, al concluir su actuación, se fue Sabina a la sala "El Sol", de gran ambiente en aquellos tiempos de "la movida". Isabel Oliart acabó la noche en casa de Joaquín Sabina. Y muchas noches más, hasta decidir que no podían vivir la una sin el otro. Tendrían dos preciosas hijas: Carmela Juliana y Rocío.

Isabel Oliart fue siempre muy comprensiva con su compañero, pues el propio cantante refería que se pasaba diez días sin volver a casa y, al regreso, ella nunca le echaba en cara su ausencia. Sabina tenía dos amiguitas con las que, mucho antes de que Isabel entrara en su vida, protagonizó episodios de pasión y drogas, de disputas y reencuentros de furia amorosa: Cristina y Sonia, a las que veía por separado, desde luego. Figuran, sin nombrarlas, en las letras de muchas de sus canciones. Le inspiraban mucho. Bueno, pues ya conviviendo con la hija del ministro, Sabina se iba con alguna de las dos, poniéndole los cuernos a la mujer que más amó, que más paciencia tuvo con él, la mentada Isabel Oliart. Con esa vida disparatada, esta pareja tenía forzosamente que separarse, aunque lo hicieran más o menos como buenos amigos. Más amores vivió Sabina; más historias para sí y para su repertorio. Este cantautor urbano se ha diferenciado siempre de la mayoría de sus colegas, entre otras cosas, porque cuenta casi siempre eso, historias, en tanto otros divagan con simples frases, sean o no poéticas. La mallorquina, Cristina Zubillaga, fue una locura sentimental para el de Úbeda. Es esa Cristina ya citada anteriormente, con la que se encontraba siempre que podía entre los años 1992 y 1998. En un viaje a Nueva York se metieron en la cabina del lavabo e hicieron el amor a quince mil metros de altura. Como en aquella película erótica de Sylvia Kristel, Enmanuelle. La sustituyó en Buenos Aires con la veinteañera Paula Seminara, que fue durante año y medio otro de sus líos de cama. Lo curioso es que ésta no se sentía atraída al principio hacía el cantante, tenía un novio, Ariel, con el que se había distanciado, y fue a un concierto de Sabina porque le regalaron una entrada, pero no era seguidora suya. Y luego, tras conocerse, vivieron una encendida pasión, que Joaquín reflejaría en su disco "Dieguitos y Mafaldas". Se dice también que le inspiró su conocidísima "19 días y 500 noches". Cuando rompieron, ella volvió a consolarse con Ariel.

Finalmente, la otra mujer clave en la vida de Joaquín Sabina iba a ser la fotógrafa peruana Jimena Coronado. El primer encuentro sucedió en 1999. Ella trabajaba para El Comercio, diario limeño. Subió a la habitación del hotel en el que pernoctaba en la capital peruana, tomó con su cámara un buen número de imágenes del cantante, quedaron luego en un bar. Y así surgió poco a poco una amistad y después la relación inquebrantable que los ha unido durante veinte años. Es la "Rosa de Lima" inmortalizada por Joaquín en una de sus mejores canciones.

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