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Marisol, la Cenicienta del cine español

La Academia de Cine otorga este año el Goya de Honor a Marisol, un icono de nuestro cine.

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La Academia de Cine otorga este año el Goya de Honor a Marisol, un icono de nuestro cine.
Homenaje a Marisol en Málaga, que este año acoge los Goya | Cordon Press

La incógnita, este sábado, 25 de enero en el transcurso de la trigésimo cuarta edición de los Premios Goya, es si Marisol acudirá a recoger el galardón que se le otorga en una gala retransmistida en directo por Televisión Española desde el Palacio de los Deportes de Málaga. Un merecido Goya de Honor que se le ha otorgado demasiado tarde: casi sesenta años después de que rodara su primera película, Un rayo de luz.

Se han publicado hasta la extenuación miles de páginas sobre ella. Yo mismo puedo presumir de haberla entrevistado buen número de ocasiones. ¿Puede decirse algo nuevo sobre este mito, que ya ha resistido el paso del tiempo a lo largo de tres generaciones? Lo dudo, pero intentaré reflejar no sus éxitos en la pantalla y en sus discos, sino su drama, la razón del por qué se retiró en 1985 tras rodar su última película, Caso cerrado.

Su familia era pobre. Vivían en una especie de corrala malagueña un centenar de vecinos que usaban la misma letrina. Pueden figurarse cómo serían las pocas habitaciones que habitaban medio hacinados. Como quiera que Josefa, (Pepa) Flores González cantiñeaba desde muy niña sus padres la embarcaron en un espectáculo llamado Los Joselitos del cante, aludiendo a la figura de un niño prodigio de Jaén que, a mediados de los 50, se dio a conocer con su voz portentosa, José Jiménez, Joselito. Quien, andando el tiempo, ya siendo conocida Marisol, se enamoró de ella, aunque de forma platónica pues no llegaron a mayores tras conocerse.

Todavía no era Marisol, sino Pepa Flores, la que en aquella modesta compañía recorría España con sus jovencísimos artistas. La amante del empresario, llamada Encarna, tomó tirria a Pepa y le daba unas tundas como para dejarla paralítica. "Me tenía ojeriza, no sé por qué", confesaría la malagueña. Terminó regresando a Málaga, aunque continuaría cantando por los pueblecitos cercanos. Se le daban muy bien las coplas y el flamenco. Enrolada en el grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina es cuando en 1960 recala en Madrid, la entrevista Tico Medina para TVE, llama la atención del empresario cinematográfico Manuel J. Goyanes, yerno de uno de los pioneros de nuestro cine, Benito Perojo, quien la contrata indefinidamente.

Arranca ahí la carrera de quien fue bautizada como Marisol. Pero pagando un alto precio: lejos de su querida Málaga, de su pobre padre, al que no le dieron voz ni voto en es aventura de su hija, y viviendo en casa ajena, la del mentado Goyanes. Marisol fue conminada a estudiar cultura general con un profesor particular, recibiendo clases de flamenco de Fosforito, de baile, canto, dicción, arte dramático, inglés, equitación… También soportó que le tiñeran los cabellos, más rubios y que la operaran de la nariz. Y todo ello, sin rechistar. Con lo poco que le pagaron por Un rayo de luz, ayudó a sus padres y hermanos a salir de la miseria. Goyanes se hizo rico con las películas de su pupila. Y ella, con emolumentos y porcentajes muy modestos con respecto a las ganancias que reportaban sus trabajos en la pantalla y en los discos, hubo de conformarse. Tuvo un aborto, se asegura. Nunca se supo de quién. Su productor, al darse cuenta de que en casa tenía un diamante, que fue puliendo eso sí, no quería perderla. Hizo todo lo posible para que su hijo Carlos la enamorara. Y la pareja acabó casándose, pero ni Goyanes hijo la quería de verdad ni a su vez Pepa. Y se divorciaron llegado el momento. Carlos Goyanes de quien estaba prendado es de Cary Lapique, una simpática aristócrata, con la que formaría su nuevo y definitivo hogar. Marisol, entre tanto, vivió un apasionado romance con el bailarín Antonio Gades, con el que celebró una boda en La Habana ante Fidel Castro, sin validez legal alguna. Tres hijas coronaron aquella unión. Y cuando el seductor coreógrafo se cansó, fue en busca de otras faldas en las que cobijarse dejando a Marisol sola, con sus retoños.

En sus últimos días en Madrid, en una casa que había adquirido cerca de la Plaza de Castilla, tapizada de un intenso azul oscuro, la vi un par de veces, rota, sin ganas de seguir actuando. Pero tuvo que hacer frente a un contrato con su casa de discos. Y cumplió con lo pactado. Aquellas entrevistas las aceptaba Marisol con la mayor profesionalidad posible, con su encanto. Bien sabíamos los dos que esos encuentros periodísticos no eran de su gusto, de ahí la gentileza y afabilidad que la malagueña siempre nos demostró.

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Marisol y Antonio Gades

Gades le había lavado el cerebro, como se dice coloquialmente. La muchacha ingenua, cariñosa y simpática, a la que llevaban al Palacio de El Pardo para jugar con las nietas de Franco, acabó por ser una activa militante radical de un partido a la izquierda del PCE. Marisol, o ya Pepa Flores, en realidad a mí siempre me pareció que pasaba de la política, pero aparte de la influencia que recibió de Antonio Gades, expresaba su rabia, sus años en los que soportó agravios, desdenes, abusos por quienes regían su vida en aquellas manifestaciones donde se la veía puño en alto.

Alejada del padre de sus hijas, encontró en Joan Manuel Serrat un compañero tierno y comprensivo. Pepa Flores había albergado desde su juventud tener un hogar tranquilo, ser madre, vivir fuera de las luces del espectáculo. Pero el "Noi", aparte de cariño, no le ofrecía otro futuro. Y aquel amor urgente no resistió nada más que unos meses. Supe de ello cuando vivían en un apartamento cercano al campo de fútbol del Barça. A Pepa Flores le fastidió que yo lo contara, pero me perdonó eso y una nota que eché bajo la puerta del nido en el que dormía junto al creador de Mediterráneo. Tiempo después, me dio un abrazo en público. Y más adelante, paseando por Argüelles una tarde oscura y apenas sin luz, vino hacia mí cuando iba camino del apartamento de su hija mayor, saludándome con esa cordialidad, sencillez y simpatía que han sido siempre sus señas de identidad. Lo mismo que perdonó lo que le hizo el gran fotógrafo César Lucas facilitando a Interviú el reportaje que le hizo, desnuda, para una sesión privada, tras la que le pagaron cumplidamente su trabajo. César cedió a las presiones de Antonio Asensio, editor de aquel semanario, lucrándose éste y obteniendo aquel una notoriedad que no necesitaba y que lo llevaría ante un juez. Y Pepa otra vez demostró su generosidad, al olvidar la trastada de la que había sido objeto, cuando Lucas exhibió en una galería malagueña parte de aquel erótico material gráfico.

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Marisol, tranquila por las calles de Málaga

Había posado para intentar un giro a su carrera, en la creencia de que iba a compartir protagonismo en una película con Alain Delon. Que nunca se rodó. Pero las que sí rodaron muchos años serían aquellas imágenes con su cuerpo desnudo acariciando entre sus pechos una rosa. Con ninguna otra artista española ha ocurrido algo semejante en un medio de comunicación. Era como cebarse siempre con las misma imágenes, por exhibir con cierto morbo y apetito económico el bello cuerpo de un símbolo del cine, sin tener para nada en cuenta los sentimientos de una callada Marisol quien, por otra parte ¿qué podía hacer? Puede que en la intimidad maldijo alguna vez por qué cedió a las presiones de Carlos Goyanes, para que posara en cueros. Pero ¿no tenía derecho a que ese material gráfico, ya pagado al fotógrafo, no se exhibiera como se hizo?

Todo eso ya es pasado lejano, aunque no haya caído el olvido sobre Marisol. La pregunta que muchos que la admiramos y queremos es si acudirá o no este sábado a recoger su Goya de Honor o lo harán sus hijas o alguna de ellas. Me temo esto último. Celia Flores actuará en esa gala recreando algunos éxitos de su madre. En cualquier caso, Marisol ya es leyenda. Y Pepa Flores González es, por fin, la mujer que hace ya unos años encontró la paz y felicidad que buscaba en un rincón de su Málaga del alma. Por eso nada quiere pasar de aquel ayer que le produjo fama y dinero, pero a un precio demasiado caro.

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Exposición dedicada a Marisol en la calle Alcazabilla de Málaga

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