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Rosa Belmonte

El karakul y los coches de choque

El año 2002, el presidente afgano, Hamid Karzai, visitó Estados Unidos y deslumbró a los tontos.

Rosa Belmonte
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El año 2002, el presidente afgano, Hamid Karzai, visitó Estados Unidos y deslumbró a los tontos.
Karzai, detrás de Clinton y Gordon Brown en 2009 | Cordon Press

El año 2002, el presidente afgano, Hamid Karzai, visitó Estados Unidos y deslumbró a los tontos. Estaba el perfecto inglés, la capa de seda verde y el karakul (el tocado). Qué bien, Bush tenía un aliado fiel y elegante. Tom Ford dijo que era "el hombre más chic del planeta". Al diseñador texano le encantaban los trajes italianos con las capas bordadas y todo ese astracán en la cabeza. Aunque a veces era piel de cordero. Un experto en estudios islámicos declaraba al Daily News: "Al llevar el traje tradicional, Karzai está diciendo que se siente orgulloso de ser afgano y reivindica su rica herencia cultural". Lo más ridículo fueron las interpretaciones sobre todo lo que llevaba encima en su afán de unir Afganistán. Que si él era de Kandahar, pero el manto de Mazar-i-Sharif y el gorro de Kabul. Un afgano en Washington sostenía que mezclaba porque quería la paz entre los pastunes, los kabuli y los uzbecos. El propio Karzai se sumó a las interpretaciones: "Al profeta Mahoma le gustaba el color verde. Las banderas del islam son verdes, las cúpulas de las mezquitas son verdes". Como cantarían los Mojinos Escozíos, "verde como las ranas verdes, verde como los sapos, verde como los pepinos, verde como los lapos, verde como el blandi-blu, verde como los cojones del increíble Hulk".

Parece que Yolanda Díaz piensa en la rica herencia cultural de Karzai. Al exigir la inmediata acogida de 40.000 refugiados afganos ha dicho: "Es un deber moral y una oportunidad para enriquecernos culturalmente". Vale que sea una causa noble y obligada, pero prefiero enriquecerme culturalmente leyendo Mortadelo y Filemón. Si hay una masculinidad tóxica, también hay una multiculturalidad tóxica que, además, toca siempre a los pobres, a los que viven en los barrios menos ricos. Así se enriquecen. Anda, como esos bobos a los que, sin judíos al lado, les ha dado por ponerse sombreros judíos. Lástima que no el shtreimel, ese gigante de piel de los judíos jasídicos casados. No, sombreros más normales de los que hacen en Sevilla para los ortodoxos (el New York Times publicó un artículo sobre la empresa sevillana Isesa, que exporta a Nueva York y a Israel). La empresa también hace casquetes de nigerianos musulmanes, pero creo que esto todavía no es ninguna moda.

Macron ya ha anunciado una iniciativa europea para los flujos de inmigrantes que se desencadenarán. Ha avisado de que "Europa por sí sola no puede asumir las consecuencias de la situación actual". Con Merkel y con otros países van a poner en marcha una respuesta coordinada. De la "la solidaridad en el esfuerzo" habla. Y de la "armonización de los criterios de protección y la cooperación con los países de tránsito y de acogida". O sea, Pakistán, Turquía o Irán. Esta es la parte seria del éxodo previsto. Pero lo del enriquecimiento... Que dicen los talibanes que van a respetar los derechos de las mujeres dentro de la Sharía, que es como respetar los derechos de los cuellos dentro de la guillotina. "Estarán contentas de vivir bajo la Sharía", han dicho en esa amable rueda de prensa afirmando que el Emirato Islámico de Afganistán "no va a vengarse de nadie". Y que las mujeres van a poder trabajar y estudiar dentro del marco de la ley islámica. Por ejemplo, podrán trabajar en la sanidad y otros sectores donde se las necesite. Qué modernidad. Y qué ambigüedad. Un poco ‘lo vamos viendo’, aunque tendrán claro lo que van a hacer. A perpetrar. Lo van pensando subidos en los coches de choque. Se ríen de todos. Aunque tiene razón el talibán portavoz que, preguntado por la libertad de opinión, dijo que lo responda Facebook, que alega promoverla cuando la censura.

Pero lo del enriquecimiento mejor lo dejamos. También el mini-enriquecimiento allí del comercio. El precio del burka en Afganistán ha pasado de 500 afganis (3,8 euros) a no menos de 2.500 (18). Qué bonito, pagar a precio de oro la soga con la que te piensan ahorcar. Pero qué elegante era Karzai, qué feos los talibanes y qué Occidente echado a perder.

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